SOBERBIA.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ya quedan unos pocos meses para la consagración de la parroquia, el edificio ya está casi acabado y ahora queda ponerse a mirar todos los remates y detalles. Eso se acabará pronto y comienza lo difícil, que se llene de gente que busque a Dios y lo encuentre. Un edificio se tarda un tiempo en hacer, muchísimo más en pagarlo, pero sería inútil si está vacío. Pido a Dios que dentro de unos años, cuando el Obispo me cambie de parroquia o si Dios quiere siga envejeciendo, me libre de decir: “Yo construí tal parroquia.” Primero porque la parroquia auténtica la construye el Espíritu Santo y el edificio lo pensó el arquitecto, lo llevaron a cabo los trabajadores y lo pagan las suscripciones de los fieles…, yo bien poca cosa he hecho. Además si hay que presumir de algo no me gustaría presumir en pasado sino de lo que Dios hace en cada momento. Hay grandes obras que ahora son ruinas o edificios vacíos. Nos encontramos por las calles con grandes monumentos a la soberbia que hoy se están cayendo o acumulan toneladas de basura en su interior. Mi primer párroco (al que por cierto nunca han dejado construir y lleva 25 años en un bajo de 30 metros cuadrados) me decía: “Al que acerques a Dios, ese se acordará de ti… el resto no importa.”

«Levántate, vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí. »

Fui al Éufrates, cavé, y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.

Entonces me vino la siguiente palabra del Señor:

-«Así dice el Señor: De este modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adoración, será como ese cinturón, que ya no sirve para nada.

Como se adhiere el cinturón a la cintura del hombre, así me adherí la casa de Judá y la casa de Israel -oráculo del Señor-, para que ellas fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, mi ornamento; pero no me escucharon.» Preciosa “parábola en acción” que llaman los biblistas. Hoy cuando uno compra un ordenador, o una lavadora o una televisión sabes que va a durar X años (siendo X un número cada vez más pequeño), y luego se estropeará y tendrás que comprar otro. Y muchas veces nuestras obras también las hacemos con obsolescencia programada, para que duren poco. Grandes obras con caducidad anunciada. Los santos fundadores no han sido así, han pensado que lo que Dios les pedía era para servir a la Iglesia y al mundo, luego superaban su vida, su época y durarían lo que Dios quisiera que duraran. Por eso da tanta lástima ver tantas fundaciones religiosas que se van vaciando no porque no tenga sentido su carisma, sino porque se ha dejado de pensar en la acción de Dios para llevar a cabo grandes acciones, muy sonoras y muy vacías. En el fondo todo es soberbia: “Lo que yo hago” y no dejamos hacer a Dios. “Despreciaste a la Roca que te engendró, y olvidaste al Dios que te dio a luz”. Las cosas que se hacen sin Dios suelen ser efímeras. Esas cosas suelen dar poco fruto, sirven para poco o para nada. Son un gran fuego de artificio que deslumbran mucho y acaban en la obscuridad más absoluta después de cegarte. Así es la soberbia.

«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.» Las cosas de Dios suelen empezar con cosas pequeñas, casi inapreciables, escondidas. Los niños nacen pequeñitos y cabezones, digo muchas veces. Cuando alguien me viene con el plan infalible para la evangelización, o para llenar la parroquia o para convertir a media humanidad y necesita muchísimos medios no me lo suelo creer y le dejo que haga el experimento en otra parte. Lo pequeño que hace esa viejecita con bastones, ese niño insoportable, ese marido entregado, esa esposa generosa, esa religiosa fiel, ese sacerdote humilde…, esas son las cosas que construyen y edifican la Iglesia sobre la roca firme que es Cristo… y las que perduran.

El silencio de la casa de la Virgen durante la anunciación es un canto a la humildad: “Hágase en mi según tu Palabra” … y la soberbia murió.

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