Domingo de la 28ª semana de Tiempo Ordinario – 14/10/2012

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Comentario Pastoral
SABIDURÍA Y DESPRENDIMIENTO

Dos grandes temas de profundo valor teológico se nos proponen a nuestra consideración en este vigésimo octavo domingo ordinario: ¿en qué consiste la verdadera sabiduría ¿qué hay que hacer para seguir verdaderamente a Cristo?

La primera lectura de la Misa es el elogio que el rey Salomón hace de la sabiduría, obtenida a través de la plegaria, Es un don mayor que toda riqueza, más que los cetros y los tronos, más que la salud, la belleza y la luz del día, En la Biblia la sabiduría no es la acumulación de conocimientos adquiridos con la experiencia de la vida, el estudio y el trato con los hombres sabios, Tiene una dimensión religiosa, es fruto de la cercanía a Dios, el Sumo Sabio, y se expresa en la piedad y en la observancia de la ley.

En el mundo de hoy, ¿se puede llamar sabio al hombre espiritual? Evidentemente que sí. Porque el hombre sabio es el que intenta ver y juzgar las cosas y los acontecimientos como los juzga Dios: guiado por el Espíritu de la Sabiduría y ayudado por la fe traspasa las apariencias y trata de llegar hasta el interior. La verdadera sabiduría, hoy como siempre, no es principalmente un acto de la inteligencia, sino del corazón, es decir, de toda la persona. La sabiduría espiritual es gustar y ver qué bueno es el Señor.

El segundo tema es el desprendimiento, dejar lo que se tiene para seguir a Cristo. El joven que se acercó a Jesús había cumplido los mandamientos desde pequeño, y estaba lleno de ideales más altos y de aspiraciones más grandes. Porque era bueno y bien intencionado, quería superar la simple observancia de la ley, para no quedarse en una religión de obligaciones cumplidas.

De repente, Jesús le propone, con mucho amor, algo nuevo, impensado. Es llamado a un radicalismo para seguirle. Para emprender la aventura del Espíritu hay que ser capaz de dejar todo: riquezas, relaciones útiles, buen puesto en la sociedad. Vender los bienes materiales es adquirir la libertad interior, superar ataduras terrenas, abandonar privilegios confortables, para alcanzar la disponibilidad del corazón que hace al hombre pobre de espíritu y rico en Dios.

El joven rico del evangelio (y nosotros también) es invitado a vivir un “ éxodo” pasando del “tener” al “se” del poseer” seguridades materiales al “ser” discípulo de Jesús. Es necesario descubrir a Dios como el gran tesoro, el sumo bien, la plena felicidad, para no hacer las riquezas terrenas un “dios”, al que se rinde culto a cualquier precio. Lo que pide Cristo es valentía para saber dejar cosas y recibir el evangelio, hacerse pobre en el presente para ser rico en el futuro.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 7, 7 11 Sal 89, 12-13. 14-15. 16-17
Hebreos 4, 12-13 san Marcos 10, 17-30

Comprender la Palabra

Este domingo escuchamos del libro de la Sabiduría, las reflexiones de un rey ideal (Salomón). El espíritu de Sabiduría, dice, vale más que todas las riquezas. No hay hombre sensato, que, en su escala de valores, no ponga alguno por encima del dinero (por ejemplo, la salud, el amor auténtico, etc). El evangelio nos dirá que en la cumbre de todos los valores está el de seguir a Cristo, y que es ganancia al ciento por uno, dejarlo todo por él.

La Sabiduría es entendida como una realidad de origen divino, análoga al Espíritu de Dios, y frecuentemente puesta en relación con éste, y al final se identifica prácticamente con él. De este modo la Sabiduría de la que nos habla la Escritura, es la conjunción armoniosa de un don de Dios, gratuito y generoso, y una aportación reflexiva del hombre que interpreta e ilumina la experiencia. Este don se recibe como fruto de la oración. Hoy como ayer, el hombre necesita la luz de la verdadera Sabiduría para sopesar los bienes temporales, sin perder la esperanza de los venideros que le ayudarán a realizarse plenamente.

La segunda lectura de la Carta a los Hebreos, concluye con una exhortación de fidelidad, docilidad u obediencia a la Palabra de Dios. La más compleja intimidad del hombre le es trasparente como el aire a la luz del sol. Nuestra actitud ante ella es dilema de vida o muerte escatológica. El amplio contexto anterior (3,7-4,11) es una homilía en torno a aquella advertencia: “Hoy, si oyes su voz, no le cierres tu corazón…”. La Palabra de Dios ilumina y mueve. Pero sobre todo es dinámica y transformadora. La Palabra de Dios entra en la intimidad del hombre, provoca un juicio y una toma de postura. Esta Palabra le permite sopesar en su justa medida todos los valores que el hombre posee y colocarlos en su justo plano. Esta Palabra sigue siendo hoy imprescindible para que el discípulo de Jesús, el creyente, pueda realizar su tarea en medio del mundo.

En el evangelio, Marcos, pone en labios del Maestro, de paso hacia Jerusalén, una lección sobre los bienes temporales con la vida eterna. Para los que creemos en Cristo, nuestra sabiduría es su Evangelio. A él debemos subordinarlo todo. Cuando se presenta un inevitable dilema entre perder la vida o renunciar a la posesión de determinados bienes materiales, el hombre sensato no duda en escoger la vida y perder lo demás. Las riquezas proporcionan un bienestar temporal, pero no trasciende los límites del tiempo. Jesús advierte del peligro de las riquezas, señalando, a la vez, la recompensa del desprendimiento. Jesús hace ver a sus discípulos que la vida eterna no se asegura añadiendo, sino más bien restando, viviendo, dando, hasta quedar totalmente despojado, aligerado y libre para el seguimiento.

Los discípulos de Jesús no pueden desentenderse de las realidades terrenas, cierto. No solamente no deben desentenderse, sino que han de asumir su propio compromiso temporal en medio del mundo. Pero están en medio de él como una instancia crítica que ha de hacerse visible y creíble. El equilibrio entre compromiso y esperanza superior y trascendente es una de las grandes tareas de la comunidad cristiana en medio del mundo. Al final hay un consuelo y una recompensa: para Dios nada hay imposible, y quien sabe situar y explotar los bienes en su plano y utilizarlos en la medida adecuada, se abre a la vida eterna como recompensa final.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


La Comunión (14)

La comunión bajo las dos especies

El Concilio Vaticano II, en 1963, adoptó la decisión de recuperar el cáliz para la comunión de los fieles, sobre todo en la ordenación presbiteral, la profesión religiosa y el bautismo de adultos. O sea, los clérigos, los religiosos y los laicos en sus celebraciones más características.

Pablo VI, en el Proemio del Misal del año 1970, describe el motivo de este cambio: “…la comunión bajo ambas especies, siempre que por esta más clara manifestación del signo sacramental los fieles tengan ocasión de captar mejor el misterio del que participan”.

Los criterios y las motivaciones han quedado plasmados en el nuevo Misal: la participación de los fieles en el cáliz expresa más plenamente lo que hizo Jesús en la última Cena (aspecto memorial), manifiesta más abiertamente el sentido de la Eucaristía como sagrado banquete -aspecto convivival-, muestra también más claramente el carácter de la Misa como memorial del sacrificio de la cruz (aspecto sacrificial), y relaciona mejor la eucaristía con el banquete escatológico del Reino y su vino nuevo -aspecto escatológico- (cf. OGMR, 281).

La comunión bajo las dos especies no se hace para solemnizar la celebración, sino para darle expresividad sacramental y ha de hacerse, además de los casos expuestos en los libros rituales, en aquellas situaciones que determine el Obispo diocesano.


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 15:
Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora. Fiesta

Eclo 15,1-6. Lo llena de sabiduría e inteligencia.

Mt 11,25-30. Soy manso y humilde de corazón.
Martes 16:
Gálatas 5. 1-6. Da lo mismo circuncidado o no; lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor.

Lucas 11,37-41. Dad limosna, y lo tendréis todo limpio
Miércoles 17:
San Ignacio de Antioquía (+107), obispo, condenado a las fieras. mártir.

Gál 5,18-25. Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus pasiones.

Lc 11,42-46. ¡Ay de vosotros, fariseos! ¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley!
Jueves 18:
San Lucas, evangelista, compañero de San Pablo en sus correrías apostólicas.

2 Timoteo 4,9-17a. Sólo Lucas está conmigo.

Lucas 10,1-12.17-20. La mies es abundante y los obreros pocos.
Viernes 19:
Efesios 1,11-14. Ya esperábamos en Cristo, y también vosotros habéis sido marcados con el Espíritu Santo.

Lucas 12,1-7. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados
Sábado 20:
Efesios 1.15-23. Dio a Cristo como cabeza, sobre todo, a la Ig1esia, que es su cuerpo.

Lucas 12,8-12. El Espíritu os enseñará en aquel momento lo que tenéis que recibir.

 

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