Rogad para que envíe obreros a su mies

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

2Tim 4,9-17a; Sal 144; Lc 10,1-9

Frase que solo puede tener un sujeto, el Señor, solo él, quien puede enviar obreros a su mies. Cosa suya la iniciativa en cada uno de los elegidos. ¿Publicidad empeñada en el hacer de las escuelas de negocios? Sirve, con problemas, cuando estamos en crisis de epulonidad, como acontece ahora, para comprar y vender, para el comercio, para la búsqueda de novedades y de invenciones, cosa decisiva en nuestra sociedad. ¿Por qué nosotros no tendríamos la astucia y el cacumen que se emplea en esos menesteres? Pero, cuidado, no te engañes. Aunque sí puede estar tu trabajo, es evidente, ahí no está la solución. Se encuentra en nuestros ruegos continuados al dueño de la mies. ¿Nos cruzaremos de brazos, pues, desentendiéndonos de toda acción? No, es obvio. ¿Quién dice, además, que, por nuestra parte, la oración no es una acción resplandeciente, la mejor y más eficaz? Poniendo nosotros todos nuestros esfuerzos, nunca podremos olvidar que una y otra vez tenemos que rogar al Señor que sea él quien envíe obreros a su mies. ¿Que tu dedicas una parte importante de la acción de tu vida en campañas para las vocaciones? Bien está, muy bien. Bendito seas. Pero ¿quién te dice que la pequeña oración de la viejecita, seguramente en estado de viudedad y de pobreza, que ora con humildad para que aumenten las vocaciones, no contribuye con esa su pequeña oración al eslogan eficaz con el que el Señor nos marca el camino: Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies?

Una vez más nos encontramos dando vueltas a la fe y las obras, siempre en el meollo de nuestra vida y acción. El Señor nos pide la fe a manera de humilde ruego. Parecería que pondríamos bien poco por nuestra parte, pero no es así. Lo ponemos todo, pues ponemos en sus manos la acción presente y futura de la Iglesia. Así, el eslogan de Jesús se convierte en modo de acción en ella. Yo no elijo. Yo no dirijo. Pero, atención, tú tampoco, y ninguno de nosotros ni de ellos. Elige el Señor. Conduce el Señor. Por medio de nosotros, posiblemente, de ti y de mí, de nuestra oración, del débil ejemplo de nuestras vidas, del resplandor sacramental de la Iglesia. No te puedes quitar de en medio, porque tu ejemplo puede ser, quizá, camino de elección para otros. Cuántas veces te encuentras a un joven sacerdote o religioso o religiosa o consagrado o consagrada que te dice: el ejemplo de fulanito o de zutanita, un viejo y pequeño sacerdote o religioso, una religiosa dedicada por entero a su labor de Marta y de María, la consagración gozosa de un grupo de laicos entregados, fue para mí y para ti ocasión de la elección. Quién sabe. La pequeñez de mi fe y de la tuya se me da en el ruego incesante porque sigas eligiendo, Señor, con la libertad que siempre es la tuya. Pero también, con tu ayuda, Señor, quizá en mi ejemplo, qué digo, mejor en el ejemplo de esa fe que es la tuya, mi hermano, mi hermana. Por añadidura, de la fe nacen obras, acciones, ejemplos, nuevas vidas de entrega. No fe sin obras. Pero siempre fe. Lo único que donamos por entero, siempre, faltaría más, con la ayuda decisiva del Señor, si no, ¿de qué? Con nuestra fe están nuestros ruegos, casi hipidos en los momentos que estamos viviendo, para que, entre nosotros, el Señor envíe obreros a su mies.

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