Domingo de la 31ª semana de Tiempo Ordinario – 04/11/2012

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Comentario Pastoral
AMOR A DOS CARAS

¿Cual es la verdadera religión? En el torbellino de ideologías y de religiones que se entrecruzan y atropellan en nuestro tiempo es preciso ver claro y alcanzar la virtud que nos mueve a dar a Dios el culto debido. Vivir en la religión auténtica es ver la estrella que ilumina la existencia y encontrar el camino recto y bueno.

El evangelio de este domingo resplandece como una luz en medio de la oscuridad de los interrogantes y de las perplejidades modernas. Invita a la vivencia total del amor, que se manifiesta en dos rostros inseparables.

Ante todo, Dios es el amor absoluto, infinitivo, total, que merece ser amado. Él es el principio de la vida y a la vez el que da sentido a esta vida. La razón de que amemos a Dios es que él nos ha amado primero; este pensamiento debe mover toda nuestra existencia, el corazón y la mente. La aventura del amor de Dios es un viaje a la eternidad, que comienza aquí abajo y se consumará en el paraíso. Este es el regalo más sublime y más exigente, al que podemos corresponder amando, aunque sea desde nuestra desconcertante debilidad y pobreza.

Pero Dios quiere darse a conocer en lo concreto del mundo y de nuestra vida. La otra cara de la medalla tiene multitud innumerable de rostros. Son todos los hombres, imágenes vivas de Dios, a los que se debe reconocer como hermanos y querer. No les hemos escogido nosotros; ha sido Dios quien los ha colocado en nuestro camino, para que les amemos como él, gratuitamente, incansablemente.

Nunca se pueden separar las dos caras de un único amor. Dios y los hombres son lo mismo; no se puede optar o preferir uno sobre los otros. Querer amar a Dios sin amar al prójimo es un egoísmo camuflado en la vivencia de una religión hipócrita y una caricatura de la caridad evangélica.

Las dos caras del amor están unidas para siempre. Amar es ver la imagen de Dios en el corazón del hombre, es mirar al hermano que revela a Dios. En Cristo lo divino y lo humano se hacen unidad. Amando a Cristo, amamos a Dios y a todos los hombres, pues en su corazón todos están presentes y nadie excluido. Por eso el cristianismo es la religión del amor. Solamente podremos ser felices si amamos vertical y horizontalmente.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Lectura del libro del Deuteronomio 6. 2-6 Sal 17, 2 3a. 3bc 4. 47 y 5lab
Hebreos 7. 23-28 san Marcos 12, 28b-34

Comprender la Palabra

El pasaje del Deuteronomio, que citará Jesús en el evangelio, ha sido siempre para los israelitas su texto fundamental de fe, esperanza y amor, centrando la atención en los grandes elementos de la fe de Israel. El primero de ellos corresponde al fragmento de hoy: sólo hay un Dios al que hay que reconocer, adorar y amar. Escrito en las “filacterias” de su frente y en la “mezuzá” a la puerta de sus casas, era la oración diaria para todos, y además, para muchos, en la hora del martirio. La fe monoteísta y la dedicación total a Dios conllevan concretamente el cumplimiento fiel y meticuloso de las cláusulas de la alianza. Israel es llamado a manifestar al mundo el verdadero rostro de su Dios, como Dios de la vida y de la libertad. Sólo amándole sobre todo es posible este signo ante los pueblos. Cuando el texto habla de amarle con todo el corazón, quiere decir con toda su intimidad (inteligencia, voluntad y los más profundos sentimientos); cuando afirma que hay que amarle con toda el alma, quiere decir durante toda la vida, sin fisuras; cuando afirma que hay que amarle con todas las fuerzas, significa con todo lo que el hombre posee exterior a él: familia, riquezas, etc. Pero el trasfondo es siempre que ese Dios le ha liberado de la esclavitud de Egipto y se compromete a acompañarlo y defenderlo siempre.

La Carta a los Hebreos vuelve a presentar a Cristo como sacerdote eterno, único, perfecto; en contraste con la caducidad, multiplicidad y limitaciones del antiguo sacerdocio hebreo. El motivo de estas reflexiones es fomentar más y más una absoluta confianza en la eficacia salvadora de su intercesión (sobre todo para aquellos lectores de la carta, desalentados por el cansancio y la persecución, a quienes tentaba la vuelta al judaísmo).

El diálogo que leemos en el evangelio forma parte de una amplia “controversia” entre Jesús y algunos representantes religiosos del pueblo judío. Se desarrolla en uno de los atrios del templo de Jerusalén, dos o tres días antes de la Pasión. Marcos presenta la buena voluntad del interlocutor de Jesús, pues pregunta sinceramente la opinión del Maestro. Tanto la persona misma de Jesús como su misión garantizan la validez permanente de las palabras de la Escritura. Jesús nos revela definitivamente el rostro de Dios, el Padre que está en los cielos al enseñarnos: os ama a través de mi persona, de mi revelación y de mi actuación. Escuchar a Dios es escuchar a Jesús, escuchar a Jesús es escuchar a Dios. Pero esta escucha se realiza a través de la Encarnación, es decir, Dios personalmente presente en medio de los hombres en un hombre llamado Jesús. Y amar a Dios sobre todas las cosas es hacerlo a través de Él y gracias a Él. Es decir, el mandamiento veterotestamentario se ha convertido, en labios de Jesús, en un mandamiento cristiano.

En Jesús se hace presente el Reino. La realización del Reino se lleva a feliz término caminando como Él caminó y se camina por el mismo camino de Jesús cuando reflejamos el amor misericordioso del Padre en el amor misericordioso por el hombre de cualquier condición. Los contemporáneos de Jesús no alcanzaron a comprender la presencia del verdadero amor a Dios, puesto que era objeto de duras críticas por parte de los fariseos y letrados. Y, precisamente, por ser un testigo del verdadero rostro amoroso de Dios, fue condenado y crucificado. Por eso sólo en la Cruz de Jesús descubrimos el verdadero rostro de Dios, que manifiesta su omnipotencia con el perdón y la misericordia. El Reino verdadero de Dios es una plasmación concreta y universal del amor de Dios revelado en la persona de Jesús, en sus palabras y actuaciones.

Ángel Fontcuberta

 

mejorar la celebración de la Eucaristía


La incensación

La incensación es un rito no obligatorio (a no ser en la Misa estacional) sino de solemnidad; sin embargo, usada correctamente, puede ser una ayuda valiosa para jerarquizar la mayor o menor importancia de las diversas celebraciones y de los diversos días. La normativa postconciliar ha significado y modificado significativamente algunos detalles de este rito. Entre los nuevos detalles de la incensación cabe subrayar:

a) puede haber incensación en todas las modalidades de misa (episcopal, cantada con o sin ministros e incluso rezada, etc.), mientras que según la normativa anterior solo podía haber incienso -y era obligatorio- en la misa pontifical y en la solemne con ministros;

b) puede haber incensación o bien en cinco momentos de la misa (procesión de entrada, inicio de la misa, evangelio, preparación de los dones y consagración) o bien en alguno de ellos. En la misa estacional del obispo debe haber incienso en los cinco momentos.

En conformidad con la simplificación de ritos decretada por el Concilio Vaticano II (SC, 34), se han variado también algunos detalles en el modo de realizar el rito, sobre todo en referencia a la incensación del altar, de los dones y de las personas. El Misal (3ª edición, IGMR 235-236) y el Ceremonial de obispos (nn. 84-98) describen la nueva normativa y la Congregación del Culto ha recordado que las variaciones son obligatorias y que no se pueden conservar los modos que figuran en el Misal de san Pío V (cf. Notitiae XIV (1978) 301-302).

Las principales variaciones en el modo de incensar son:

a) en cuanto a la incensación de los dones: el celebrante los inciensa con tres golpes (al centro, a la izquierda y a la derecha) de la misma manera que se inciensa el Evangeliario (debe omitirse, por tanto, los círculos y las cruces que se hacían sobre la oblata);

b) en cuanto a la incensación del altar: la cruz se inciensa antes de la mesa, si está en el centro del mismo o cuando se pasa antes, si está en otro lugar;

c) la mesa se va incensando de modo continuado mientras se rodea dicha mesa sin diferenciar entre los lados y la superficie de la misma; las imágenes y reliquias únicamente se inciensan al comienzo de la misa, pero no de nuevo cuando se inciensa el altar y los dones como se hacía según el antiguo misal;

d) en cuanto a las personas: los concelebrantes se inciensan todos a la vez; la asamblea (coro y demás fieles) se inciensan como un solo cuerpo (a no ser que el coro se halle en un lugar separado) y sin distinguir a ningún coral, aunque sea obispo. Únicamente se inciensa por separado (después del celebrante y concelebrantes) al obispo que revestido preside la liturgia de la Palabra pero no celebra la Eucaristía y al Jefe de la nación.


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 5:
Filipenses 2,1-4. Dadme esta gran alegría: manteneos unánimes.

Lucas 14,12-14. No invites a tus amigos, sino a los pobres y lisiados.
Martes 6:
Filipenses 2,8-11. Se rebajó, por eso Dios lo levantó.

Lucas 14.15-24. Sal por los caminos y senderos e insiste hasta que entren y se me llene la casa
Miércoles 7:
Filipenses 2,12-18. Seguir actuando vuestra salvación, porque es Dios quien actúa en vosotros el querer y la
actividad.

Lucas 14,25-33. El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.
Jueves 8:
En Madrid: La Dedicación de la Basílica de Letrán, la Catedral del Papa, se conmemora desde el siglo XI.

Ezequiel 47,1-2.8-9.12. Vi que manaba agua del lado derecho del templo y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

1 Corintios 3,9c-11.16-17. Sois templo de Dios.

Juan 2,13-22. Hablaba de templo de su cuerpo.
Viernes 9:
En Madrid: Nuestra Señora de la Almudena. Una imagen de la Virgen, que el pueblo de Madrid ha venerado con singular devoción.

Zacarias 2,14-17. Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo.

Apocalipsis 21,3-5a. Vi la nueva Jerusalén, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.

Juan 19,25-27. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.
Sábado 10:
San León Magno (+461), papa y doctor

Filipenses 4.10-19. Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Lucas 16,9-15. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?

 

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