Martín de Tours, obispo (c. a. 315-397)

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Santos: Martín de Tours, Verano, obispos; Valentín, Feliciano, Victorino, Atenodoro, mártires; Antonio, Bartolomé, Bertuino, Dubán, confesores; Mennas, anacoreta; Teodoro Studita, abad; Inés de Baviera, y María Maravillas de Jesús, vírgenes (beatas).

Los acérrimos fixistas de la historia no se cansan de afirmar que hay mucho de literatura en los relatos de su vida; no les falta razón. Los empedernidos enamorados del genio dan por hechos todos los puntos que se cuentan alineándose con quienes se refugian en la posibilidad de la continua intervención divina para obrar de modo sobrenatural y portentoso cuantas veces lo considere oportuno, pero esto va en detrimento del modo providencial ordinario divino. Posiblemente, el punto medio entre ambos extremos nos acerque la verdad de lo que fue el paso de Martín.

Rotundamente cierto es que fue el santo más popularmente conocido de su siglo en Europa. Está presente en leyendas, poemas y cantares, en la representación de los misterios, en boca de los juglares, en los sermones y en los oficios litúrgicos. La literatura poética de Paulino de Perigueux y de Venancio Fortunato se ocuparon de plasmar su vida, que antes había cantado Sulpicio Severo, contemporáneo del santo. De hecho, habría que contar por miles los templos que llevan su nombre y las parroquias que están puestas bajo su protección.

Parece ser que Martín nació en Panonia (Szombatheley), la Hungría actual. Se educó en Pavía. Pensó ser anacoreta y se vio obligado a enrolarse en el ejército. Fue siempre un hombre vivo para la caridad con los necesitados hasta llegar a limpiar las botas de su esclavo ordenanza en el ejército y a partir en dos su capa, en Amiens, para dar la mitad a un pobre y aliviar su frío en una gélida noche de invierno, cuando aún era catecúmeno. Relatará una de las leyendas doradas en torno a su figura que aquella noche el mendigo se le apareció, envuelto en luz, porque fue con Cristo con quien había compartido sin saberlo su prenda. Recibió el bautismo y se unió a los discípulos de san Hilario de Poitiers. Fundó un monasterio en Ligugé, el primer monasterio de la Galia. Con Hilario tuvo que exilarse a Oriente en el año 356 por culpa de las polémicas con los arrianos que, además de teológicas, tenían también muchas implicaciones políticas.

En Milán ensayó la vida monástica, pero como aquello terminó con su expulsión por el poder y mandato de un obispo arriano, decidió regresar a la Galia atravesando su tierra natal donde convirtió y bautizó a su madre.

Quedó vacante la sede de Tours y con artimañas, trampas, trucos y tapujos lo mandaron llamar; lo consagraron obispo en cuanto pudieron echarle mano a pesar de su protesta por no merecer aquella dignidad y porque el episcopado no venía a pelo con su proyecto de vida alejada, pobre, austera y penitente. Pero no pudo negarse y sus fieles pudieron disfrutar de un obispo que vivía más orante que el mejor de los monjes y era más asceta que el más penitente de los anacoretas. Sus correrías misioneras para predicar el Evangelio le brindaron repetidas ocasiones de derribar árboles sagrados y aniquilar ídolos, al tiempo que adquiría fama de taumaturgo por sus repetidos milagros.

En Marmoutiers fundó otro monasterio.

No le faltaron sinsabores. Dos obispos españoles, crueles e intrigantes, llevaron el caso de Prisciliano al emperador que lo mandó matar. Martín se encaminó a la corte de Tréveris para hacer patente su indignación, porque no es la violencia el modo de combatir la herejía. Posiblemente, este hecho fue utilizado por sus detractores para tacharlo de priscilianista; y posteriormente algún autor quiso hacer caer sobre él esta misma sospecha, afirmando que el obispo de Tours, Martín, fue miembro del clan de Prisciliano y que adquirió su fama a costa de la buena pluma de su biógrafo, cosa que se ocupó de desmentir bien probadamente Delehaye, principal de los bolandistas.

Asumiendo el pensamiento de Ambrosio, coopera con él en la lucha por defender la libertad de la Iglesia frente a los abusos e intromisiones del poder civil. Su prestigio, como no es infrecuente entre los eclesiásticos, no supieron asimilarlo algunos colegas en el episcopado, que eran afectuosos amigos del lujo y buscadores afanosos del poder temporal; le llamaron hipócrita cuando no pudieron negar su evidente estilo amante de la pobreza y su permanente disposición a servir a los demás. Como estos eran más señores que pastores, se mostraron incapaces de aceptarlo y no fueron parcos en mostrarle su enemistad.

Murió en Candes, octogenario, y en un lecho de cenizas. Pero el dato iconográfico más común entre los artistas es la representación de Martín rajando su manto para compartirlo con el mendigo.

A raíz de su muerte se suscitó un auténtico movimiento de veneración y culto con continuas peregrinaciones de la gente a su sepulcro. Es el primer santo venerado sin ser mártir. La fama de sus milagros llegó a ser tan grande que san Gregorio de Tours († 594) necesitó cuatro libros en folio para escribirlos. Claro está que muchos de estos episodios recopilados no resistirían hoy la crítica para clasificarlos como hechos que no admitieran una explicación natural.

La vida de este obispo que fue hombre de oración, asceta, predicador y apóstol dejó un notabilísimo influjo en la espiritualidad medieval.

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