Isabel de Hungría, reina (1207-1231)

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Santos: Santa Isabel de Hungría, patrona de Bellas Artes y de la Asociación Nacional de Manicuras. Gregorio Taumaturgo, Dionisio, Hugo, Aniano, Gregorio de Tours, obispos; Acisclo, Victoria, Amón, Alfeo, Zaqueo, Diófilo, Matrona, Tecla, Heraclia, mártires; Eugenio, diácono; Ilda, abadesa; Salomé de Galitzia, reina.

Sin que toda su vida llegara al cuarto de siglo, dio para mucho. Reina, esposa y madre de cuatro hijos. Su principal bandera, la dedicación a los enfermos. En el Hospital de la Caridad de Sevilla se conserva un Murillo que la representa atendiendo delicadamente con sus propias manos a la limpieza y atención sacrificada a los enfermos y pobres. No en vano es la principal patrona de la Orden Tercera Franciscana y de las obras caritativas católicas. Es una de las santas más populares de Alemania. Nació en Bratislava (hoy Eslovaquia), en Pressburgo, el año 1207, hija de Andrés II, rey de Hungría, y de Gertrudis de Merania. Fue sobrina de santa Eduvigis y, siguiendo las costumbres del siglo XIII, la prometieron en matrimonio –con solo cuatro años– a Luis (futuro Luis IV), hijo del landgrave de Turingia, Hernán I.

Aunque con toda lógica la boda se celebraría bastante tiempo más adelante, la enviaron a Turingia para educarse cerca de su futuro esposo al castillo de Wartbourg donde ya dio los primeros signos de humildad, pobreza y mortificación.

La boda real se celebró en 1221, cuando tenía catorce años; a la salida de la ceremonia, al tropezar sus ojos se encontraron con un Cristo doliente, tuvo la imprevista reacción de destocarse, porque «no permita Dios que yo tenga el valor de ponerme una rica corona de pedrería sobre mi cabeza en la presencia de mi Dios coronado de espinas y enclavado en una cruz por mi amor».

Del matrimonio nacieron cuatro hijos.

Parecía que estaba unida a los pobres por un extraño parentesco; era incapaz de pasar de largo de un menesteroso sin socorrerlo y alguna vez, sin tener más posibilidades al alcance, entregó su manto a un pordiosero. Toda su dote la empleó en ayudarles; y, si había alguna predilección especial, era la que mostraba con los leprosos, a los que lavaba con sus propias manos, llegando ella misma a desear que la consideraran como uno de ellos.

Al difundirse por Alemania la Tercera Orden franciscana, la gente de Turingia la aceptó con verdadera fruición; Isabel es la primera terciaria alemana. Parte de culpa en su santidad la tuvieron sus confesores. El primero, fray Rodingher, murió pronto; pero el predicador de fama universal que era Conrado de Marburgo la sometió a una rígida disciplina espiritual.

En 1227 enviudó por la muerte de Luis, enrolado en la cruzada de Federico II; murió en Otranto (Calabria). Su cuñado Enrique, que se había comprometido bajo juramento a cuidarse de ella y de sus hijos, la traicionó, tomando parte en la conjura cortesana –argumentó que estaba derrochando las rentas de sus propiedades en limosnas–, impidió la legítima sucesión del primogénito de Isabel y expulsó a la familia real de palacio. No es la nobleza y la lealtad patrimonio común y menos, cuando hay intereses de poder y de dinero por medio.

Ella y sus hijos tienen que depender algún tiempo de la caridad de su tía, la abadesa de Kitzingen y de su tío materno, el obispo de Mamberg. Marcha a Marburgo por consejo de Conrado, su confesor. Allí comenzó la construcción de un hospital para enfermos pobres; ella ocupó una miserable casucha de arcilla y tablas donde comenzó a proyectar su futuro de renuncia total al mundo, pero no sin dar la batalla por defender los derechos de la familia; cuando recuperó la regencia de Turingia aceptó la herencia del principado para su hijo, pero renunció a su propio poder como regente.

En esta época se produce una elevación de su vida de oración con éxtasis, revelaciones, coloquios sobrenaturales que tienen como testigo excepcional la criada Isentrudis.

Murió el 16 de noviembre de 1231, cuando solo contaba 24 años.

Su vida está llena de circunstancias extraordinarias que pudieran parecer resultado de la imaginación o exponente de un excesivo fervor. En este caso, no es así. Nadie ha puesto en duda su autenticidad histórica porque hasta los más mínimos detalles de sus milagros fueron registrados por historiadores dignos de fe a raíz de su muerte; y, como hacían falta milagros para canonizar a la reina de Turingia, el rígido Conrado –a quien modernamente se considera dotado de «una deplorable insensibilidad» por haber permitido y aconsejado el modo de vivir de Isabel en el último tramo de su vida, cuando solo comía yerbas o legumbres cocidas con agua y mendrugos de pan duro, vistiendo de tela tosca, remendada y sin ceñir, con la intención de favorecer en ella el desprendimiento de todo lo material– anotó los centenares de hechos sobrenaturales extraordinarios que se sucedieron junto a sus restos en la catedral de Marburgo. Se cuentan quince resurrecciones de muertos y centenares de enfermos curados, aparte de innumerables conversiones. Conrado los puso en conocimiento del papa Gregorio IX, quien mandó comenzar el proceso de canonización; con escrupulosidad modélica lo realizaron el arzobispo de Hildesheim y los abades Herman de Georgenthal y Raimundo de Herford.

Fue canonizada en 1235, a tan solo cuatro años de su muerte, por el papa Gregorio IX.

Se ve que tomarse en serio y hasta las últimas consecuencias la pobreza evangélica da resultado. Quizá en nuestro mundo haya muchos pobres descreídos porque haya algunos ricos que afirman tener fe.

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