Tomás Becket, arzobispo y mártir (1118-1170)

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Santos: Tomás Becket, obispo y mártir; Trófimo, Alberto, confesores; Calixto, Félix, Bonifacio, Domingo, Víctor, Primiano, Liboso, Saturnino, Secundo, Honorato, mártires; Crescente, Catrense, obispos; Trófimo, obispo y mártir; Ebrulfo, Giraldo o Giraud, Vidal, Marcelo, abades; David, rey y profeta.

El 29 de diciembre de 1170 murió asesinado el arzobispo de Canterbury; la noticia recorrió la cristiandad provocando asombro y estupor. El rey Enrique de Plantagenet fue el enemigo mortal y, con toda probabilidad, el instigador del crimen de Estado. El papa Alejandro III elevó a Tomás a los altares solo a dos años de su muerte.

Nació en Londres en 1118 de burgueses padres normandos y los canónigos regulares de Merton se encargaron de iniciarlo en los libros. Reveses económicos de la familia le llevan a trabajar al servicio de un pariente londinense y, con veinticuatro años, a servir al arzobispo Teobaldo de Canterbury. Es ahí cuando comienza su carrera eclesiástica acumulando beneficios y prebendas antes de montarse en el arcedianato. Varias veces es enviado con encargos al Vaticano y adquiere el hábil manejo de un diplomático, llegando incluso a inclinar al papa Eugenio III a favor de Matilde, la madre de Enrique Plantagenet.

El rey es descrito como un hombre de estatura corta, ancho de espaldas, cabeza redonda, enérgico, hábil diplomático, organizador nato y con frecuentes arrebatos de cólera. Eligió a Tomás Becket como brazo derecho suyo; lo hace Canciller –después del rey, la primera autoridad del reino ampliado a media Francia por la dote de Leonor, su mujer, que aporta Aquitania–. Becket es alto, delgado, pálido, de nariz larga y porte noble. Entre los dos se da una profunda y seria amistad.

Bien difícil era descubrir en él al clérigo. Becket, el consumado político, negociador y apasionado de la caza como deporte, conquistó el condado de Toulouse, mostrándose en el campo de la pelea como un consumado estratega, soldado valiente que sobresale por su arrojo frente al enemigo. Pero no todo es la apariencia; hubo también días largos y tranquilos de retiro para cuidar el espíritu en Merton, donde se oían los chasquidos de las disciplinas sobre su cuerpo y se conocían sus vigilias nocturnas pasadas en oración. Ah, y cosa importante, nunca se le pudo poner un pero a su comportamiento moral en la corte.

El año 1162 marca una época nueva con la muerte del arzobispo Teobaldo. Enrique II ve la ocasión para tener en sus manos la Iglesia y el Estado juntos; bastará con nombrar para la sede de Cantorbery a su Canciller. Ante semejantes planes, Tomás le contesta: «Pronto perdería yo el favor de Vuestra Majestad y el aprecio con que me honráis se cambiaría en odio. Porque yo no podría acceder a vuestras exigencias en punto a derechos de la Iglesia». Se mostró tan rotundo e intransigente el amigo Canciller al acoso del rey que hizo necesaria la intervención del legado Enrique de Pisa para acabar con la resistencia. Inmediatamente lo ordenan sacerdote y lo consagran obispo.

Como primera autoridad eclesiástica debe ahora intervenir en los asuntos propios de su cargo anteponiéndolos a su afición personal y a los compromisos de sus antiguas amistades. Se pone sobre el tapete aquello de los tributos injustos tanto tiempo soportados por el pueblo, y el problema de los tribunales competentes para juzgar las faltas de los clérigos; también hay que dar fortaleza y claridad a los prelados débiles. Y sí que sale el monje, el riguroso asceta que vive pobreza para sí y derroche para los pobres; renuncia al cargo de Canciller provocando una reacción de disgusto en el rey, y comienzan a barruntarse tormentas más que borrascas porque el propio Enrique se ve tan acorralado por su antiguo servidor que recurre a la petición de restablecer las «antiguas costumbres».

Tira y afloja con la real conclusión verbal de admitir componendas con la redacción de un documento que firmará Tomás con la cláusula de salvar los «derechos de la Iglesia». Pero los dieciséis artículos que el rey presenta suponen un total sometimiento de la Iglesia a Enrique y llevan a la separación de Roma; el Arzobispo no estampará su sello. Está firme en su decisión y comenzará la represalia del rey apoyada por algunos obispos que medran o son débiles. Es la ocasión de la célebre frase del arzobispo al rey: «Después de Dios, mi único juez es el papa». Y claro que el papa tuvo que intervenir cuando Tomás se escapó camuflado de fraile desde Sandwich a Francia para pasar destierro por seis años que dieron tiempo suficiente para ser admirado por Luis VII y el papa Alejandro III en cuyas manos puso su anillo en señal de renuncia a la sede que, por supuesto, no fue aceptada.

El monasterio cisterciense de Pontgny lo conoció orante, sacrificado y dedicado a la expiación. Desde allí mandó cartas claras a los amigos y conocidos –al mismo papa por considerar algunas de sus actuaciones demasiado condescendientes– clarificando la situación personal y la de Inglaterra. Pero el rey no desiste de su intento denigratorio atacando a los familiares, amigos y deudos con confiscación de bienes y destierro al tiempo que amenaza con apoderarse de todos los monasterios cistercienses si sigue el actual dando cobijo a su ilustre súbdito.

Nombrado legado, se ve en la necesidad de excomulgar a los obispos que se pasaron al rey inglés. Hay movimiento diplomático por ambas partes; la mala fe de Enrique es conocida por el papa, que se plantea si lanzar o no la pena de entredicho sobre el reino, medida que provoca el miedo real y culmina con una ceremonia teatral en Normandía, el 1170, con el aparente arrepentimiento del rey y la posibilidad de la vuelta a su sede de Tomás entre la aclamación del pueblo, la intriga de los obispos excomulgados, los nobles sin las posesiones tomadas a la Iglesia y el rey limitado a los asuntos civiles sin dominar al clero y sin poseer los bienes eclesiásticos. En medio de este clima caliente, fue asesinado por un grupo de nobles del rey entre el altar de la Virgen y de San Benito en la catedral de Canterbury.

Se le considera como uno de los hombres que supo mantener la lealtad a su rey soberano y ser, al mismo tiempo, campeón de los derechos de la Iglesia y del honor de Dios. Cuando recuerdo la figura distante en el tiempo de Sir Thomas Moro, veo que no es infrecuente este raro producto en el pueblo inglés. La tumba de Becket fue centro de atracción de peregrinaciones durante toda la Edad Media e, incluso después de la Reforma, nunca dejaron los ingleses de admirar a este mártir inglés coherente con sus compromisos hasta la muerte, terco, impasible, testarudo y puntilloso con su deber; quizá sea porque de algún modo se sientan reflejados en su flema.

¿Por qué razón el rey Enrique VIII mandaría arrojar al Támesis las cenizas de Tomás Becket después de decapitar a Moro?

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