Aquí estoy, mándame

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Is 6,1-2a.3-8; Sal 138; 1Co 15,1-11; Lc 5,1-11

La lectura de Isaías es una de las más grandiosas de todo el AT. Vemos al Seños sentado en su trono, y  los serafines gritando: santo, santo, santo. Su gloria llena el templo. ¿Quién es su templo?, ¿dónde está? En el Señor del Evangelio que Pablo nos proclama. La gloria del Señor la conservamos en nuestra adhesión a la fe que él nos transmitió, tal como él la había recibido, y que nosotros, a nuestra vez, transmitimos a quienes se lo proclamamos, si es que no malogramos esa transmisión. Ahora, es en nosotros, en nuestras interioridades, donde los serafines gritan el santo, santo, santo. No que nosotros lo seamos, sino es por la gracia de Dios recibida en la cruz en la que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, y luego fue sepultado, resucitando al tercer día, según las Escrituras. Ahí tenemos, delante de nuestros ojos, el gran Misterio de Dios, que se hace visible, por Cristo Jesús, en nuestras propias internalidades. ¿A quién mandaré?, ¿quién irá por mí?, dice la misma voz del Señor de los ejércitos. Y nosotros, como el profeta Isaías —como Jesús, el Hijo—, nos atrevemos a decir: aquí estoy, mándame. Pues el Señor resucitado, tras una larga serie de nombres excelsos, como el último de la fila, se me ha aparecido también a mí.

Dime quién eres Señor, dime quién eres para que eso sea posible, para que el Misterio de Dios se haga visibilidad luminosa en mí. No por mis fuerzas o méritos, es verdad, sino por la gracia alcanzada en el sacrificio de la cruz, nunca puedo olvidarlo; pero es el caso que puedo decir con gozo: aquí estoy, mándame. No ha de ser, seguramente, a grandes cosas, sino en aquello que parecerá pequeño hasta dejarle a uno confuso, pues pequeño soy, pequeño eres tú, ¿cómo lo habríamos de olvidar?, pero el Misterio de Dios se hace visible en ese envío. Por eso, como Pablo, diremos que por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. ¿Seguro que no? Conociéndome como me conozco, ¿cómo puedo tener esa certeza?, ¿puede ser algo más que una pura certidumbre de deseo? Su gracia todo lo hace posible en mí. Esto es lo que, con Pablo, predicamos, y esto es lo que otros, por nuestro medio —misterio asombroso—, creen.

¿Cómo me atrevo a decir esto?, ¿a decírtelo? ¿Acaso me he atontado? ¿Tantos años y todavía no me conozca? No, no te mires en el espejo diciéndote: mecachis que guapo soy, que guapa soy. Eres, y soy, persona corriente, pequeña, frágil, demasiadas veces tan pecadora. No importa. Mándame, le decimos a Jesús, porque él nos da su fuerza; porque el Espíritu vienen a nosotros para llenarnos de la gloria que dentro de nosotros grita: Abba, Padre. No me llamo a engaño de lo que soy, tampoco de lo que he sido y sigo siendo; mas circunvalado por su gracia echaré, echaremos las redes, cansados de que nada recojan, y, ¡pásmate!, llenamos las dos barcas, que casi se hunden.

Estamos inmersos en el Misterio de Dios. Aquí estoy, mándame. Y dejándolo todo, lo seguimos. ¿A dónde iremos?, a donde tú os lleves. ¿Con quién iremos?, contigo y con quienes tu ser providente quiera ponernos al lado: mi mujer, mi marido, mis hijos e hijas, mis padres, mis amigos y amigas, mis compañeros y compañeras de trabajo, mis hermanos y hermanas, los que me circunvalan, todo esa gente humilde como yo que tú me das.

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