Cuando hace unos meses tuve la posibilidad de viajar otra vez a Tierra Santa pasamos una mañana en Cafarnaún, junto a la casa de Pedro y viendo las ruinas de la sinagoga. Viendo las columnas me imagino que los habitantes de Cafarnaún se sentirían orgullosos de su sinagoga y jamás pensarían que hoy simplemente son unas ruinas. Los edificios hechos por hombres tienden a irse ajando y estropeando y, o tienen mucho mantenimiento, o al final se hunden. Hasta en la parroquia que es nueva no hacen más que aparecer humedales y pequeños y grandes defectos. Y lo que pasa en el interior de los templos también suele ser bastante misterioso. en un de los pueblos que estuve hace unos años encontramos unas fotos de los años 40, el presbiterio tenía un retablo de piedra e imágenes de santos. A pesar de preguntar a los más mayores nadie se acordaba ni cómo era, ni que sacerdote quitó todo eso ni qué pasó con las imágenes. todo un misterio. Lo que se edifica sobre el suelo, puede caerse, lo que se edifica sobre la roca que es Cristo, tiende a mantenerse.

“Os aseguro que sí no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros…”” esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún”.   Hoy mucha gente, me pasa a mi muchas veces, construimos nuestra vida sobre cimientos falsos: prestigio, poder, riqueza, respeto… Y cuando conseguimos algo pensamos que nuestra vida está segura, que nada ni nadie lo podrá derribar. Curiosamente el hombre tiende a hacer del presenté la eternidad y a olvidar la eternidad en el presente. Lo más impresionante de la sinagoga de Cafarnaún no son las columnas, es lo que allí pasó. La piedra, poco a poco, se deshace, la Palabra de Dios perdura.

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Lo más impresionante de Saulo no fue la caída, de la que no nos consta que le quedase ni un mal chichón, sino la Palabra que Jesús le dirige y el Espíritu que recibe. Es cierto que la belleza acerca a Dios, pero Dios puede hablarte desde la más humilde choza a la más impresionante catedral. una Eucaristía celebrada puede ser más. O menos bonita estéticamente, pero confeccionada con fidelidad a la Iglesia siempre está presente Cristo y, ante eso, ante él, dejemos de discutir sí está me gusta más o menos. La conversión de Pablo nos enseña que Dios se puede hacer presente en cualquier momento y en cualquier situación, desde las más placenteras a las más complicadas. Incluso cuando se tiene el corazón cerrado a Cristo puede presentarse.

Como la vida da vida, cada vez que nos acerquemos a comulgar que pidamos por los que no creen, por los indiferentes o los que son enemigos de Dios y de su Iglesia. Tal vez el Señor les toque el corazón.

María, madre mía, te pido por los que no creen, por los que creemos mal y por los que se han acostumbrado a estar con tu Hijo, ábrenos los ojos.