Sin duda alguna una de las dificultades más grandes de una parroquia no es pagarla (eso ya veremos cómo lo hacemos o acabaremos en la cárcel), sino conseguir que no se formen grupitos y, siendo cada uno diferente, remar todos en la misma dirección. Y es que somos muy dados a las divisiones, si tú eres de A y yo de B, ese otro es de C y aquél otro también de A. Pero en ocasiones uno puede aprender de los grupos más curiosos. Por ejemplo el coro que se está formando en la parroquia. Esta parroquia uno la definió como “nunca vi un grupo tan grande de gente que cantasen todos tan mal”. Ciertamente lo mío no es la música y desde que pierdo oído entono aún peor que antes. Los otros sacerdotes de la parroquia tampoco han sido llamados a ser los tres tenores. Pero encontré a alguien que supiese de música y le gustase cantar entre todos los feligreses y le propuse hacer una coral. Se anunció y varias personas se interesaron. Muchos no sabían qué era eso de una coral, pero les interesaba…, y empezaron a ensayar. Su debut público fue en la Misa de dedicación del templo y se llevaron muchas alabanzas. Eso los anima a seguir y a ir cantando en más Misas. Allí no se pregunta si eres de A, de B, de C o de la W, sólo se pregunta si quieres cantar, ni tan siquiera si sabes cantar. Y se apasionan tanto en los ensayos como en los días que cantan en Misa. Ven que cada día están más acompasados y suenan mejor. No se tiene envidia de la voz de la salmista sino que se sienten orgullosos de que esté en su grupo y todos hacen caso al director, aunque sea arquitecto y no Andrea Bocelli. Hay un bien mayor que ellos, cantar bien y cantar para Cristo.

“Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: -« ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» Jesús lo oyó y dijo: -«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» Ser católico es encontrarse con Cristo en su Iglesia. Por ello no hay nada peor que intentar que uno se encuentre con una moral, con unas costumbres, con una forma de ser o de vestir que se ponen por encima de Cristo. Ya os he dicho algunas veces que en la parroquia se confiesa bastante y frecuentemente a gente de varios años sin confesarse. ¿Os imagináis que hubiese un guardia de seguridad en la puerta impidiendo el paso a los que no estén confesados? Poco a poco la parroquia iría quedándose vacía, o con quince que se creen justos (en este caso se es más justo cuanto más amigo se es del párroco), revoloteando por todas partes. No, la Iglesia abre sus puertas con misericordia a todos los que quieran acercarse y nosotros no somos nadie para poner obstáculos a los que sinceramente buscan. Mateo no sería el candidato estrella para ser Evangelista y mucho menos Apóstol…, pero Cristo se acercó a él y le sanó.

No pongamos obstáculos en nuestra Iglesia, seamos verdaderamente católicos. Los que se acerquen por interés propio o por simple curiosidad ya se irán, a los que haya tocado el corazón el Espíritu Santo Dios irá haciendo en ellos para gloria de toda la Iglesia.

Que María, madre de la Iglesia, nos ayude a abrir las puertas a Cristo, y a Cristo en el hermano, sin echar a nadie porque no sea “de los nuestros”. Si es de Cristo nos vale.