Matilde (1242-1299) y Gertrudis (1256-1302), vírgenes

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Santos: Margarita de Escocia, reina; Matilde, Inés, vírgenes; Balsamia, Elpidio, Marcelo, Emilión, Eustoquio, confesores; Euquerio, Fidencio, Edmundo, obispos; Marino, Segundo, Frontón, Rufino, Marcos, Valerio, Roque González y compañeros mártires; Otmaro, abad; Patrocinio, eremita.

En el siglo XIII se produce entre los nobles un buen deseo de promocionarse a través de la cultura; hay una verdadera aspiración de saber. Los principales comienzan a enviar a sus hijas a los monasterios desde muy pequeñitas para procurarles la instrucción básica que ellos mismos no tenían, la cortesía francesa y, de camino, facilitarles la consecución del cielo. Por parte del monasterio, vieron las monjas en la entrada de aquellas niñas una buena oportunidad para llenar las despensas –a veces tan vacías– con las dotes aportadas, y otro asunto no menos importante era la protección de que comenzaron a gozar por parte de los padres de aquellas lindezas que llegaban a sus manos. No importaba mucho, es verdad, la disposición para el claustro que se llama vulgarmente vocación; claro que ésta podría llegar con el paso del tiempo, y quizá ayudara el hecho de que esas niñas ya crecían habituadas a la vida recoleta. Pero aquella situación tenía sus riesgos. Una de las consecuencias que pronto se dejaron notar fue el progresivo movimiento de relajación de los monasterios; poco a poco fueron perdiendo los hábitos contemplativos, entró por la puerta el olor mundano y se fue al traste la observancia de las monjas.

Por aquella época hubo dos hombres providenciales que suscitaron entre el mundo monacal una verdadera revolución para bien de la Iglesia. Uno de ellos era el español Domingo de Guzmán, el otro nació en Italia y era Francisco, el enamorado de la dama pobreza.

Los dominicos llegaron a Helfta donde se asentaron con la ilusión y esperanza de comenzar una era nueva y llegaron a influir muy positivamente en el monasterio femenino que allí encontraron.

La abadesa del convento cisterciense se llamaba Gertrudis de Hackeborn –tan frecuentemente confundida por la identidad de nombre, el convento y la época con la otra Gertrudis, nacida posiblemente en Eisleben, cuya vida comentaré–. Estuvo al mando de su monasterio cuarenta años. Cuentan que fue una mujer recia y fuerte, con cualidades humanas poco comunes, enamorada de su vocación, y en permanente vigilancia para dar ejemplo y ánimos a sus monjas en el seguimiento del Señor. Pero también le llegó la moda de recibir niñas ofrecidas por sus padres para que crecieran en el ambiente monacal, y pasó por ella. Su propia hermana Matilde entró allí con siete años; otra llegó algunos años después, pero aún era más pequeña, de origen desconocido, y solo tenía cinco años de edad, se llamaba Gertrudis. Son estas las dos personas de las que hablaremos.

Matilde tenía veinte años cuando llegó Gertrudis a la casa con cinco; recibió el encargo de dirigir los estudios de Gertrudis y fue descubriendo, junto con la abadesa, los dones del cielo derramados con abundancia en aquella pequeña; juzgan acertadamente de sus aptitudes y la maestra se vuelca en darle con esmero conocimientos de arte, de escritura y de la ciencia de Dios. Gertrudis terminará siendo la amanuense de su maestra y gracias a ella nos han llegado noticias directas y personales de sus almas. No tuvo ningún cargo importante; se limitó a una estricta observancia, a vivir con sencillez su llamada frente al desmedido aprecio de lo portentoso, sin ningún signo externo digno de mención especial.

Hasta los veinticinco años, Gertrudis se mostró ávida del conocimiento de la ciencia de su tiempo, ansiosa de adquirir cultura filosófica. A partir de sus visiones, el enamoramiento del Señor le ocupó toda su capacidad adentrándose en la lectura asidua de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres de la Iglesia y la Liturgia. Abandonó el saber humano por el conocimiento superior que le llevaba a la contemplación.

Puso por escrito las íntimas confidencias extraordinarias entre Jesucristo y su maestra Matilde, durante los años de su larga enfermedad, dejando consignadas las revelaciones sobrenaturales que recibió Matilde, con visiones y experiencias místicas, en el Libro de la gracia especial. También ella misma fue favorecida con dones sobrenaturales que por obediencia dejó escritos en El embajador de la divina piedad. Allí se contienen descritas sus visiones.

El mensaje común de lo alto a las dos monjas consistió en el descubrimiento que les hizo Cristo sobre el centro de la verdadera piedad para llegar al Padre: la Humanidad Santísima del Señor, o de otro modo: Dios hecho hombre. La endémica flojera en el monasterio se vigorizó por la proximidad de los corazones: el de Jesús y el humano. Fue como un adelanto anticipado de la devoción al Corazón de Jesús que cobró cuerpo en el mundo católico. Las monjas Matilde y Gertrudis supieron gozar de él, irradiarlo a su alrededor, y transmitirlo a las almas más allá de los muros del monasterio. Las Revelaciones de Gertrudis y otros escritos suyos merecieron que comenzaran a llamarle La Grande, y tuvieron importante influencia en la teología y mística alemana posterior.

La iconografía pintó a Gertrudis con la figura de Jesús Niño, asentado en el centro de su corazón en llamas, con la leyenda «In corde Gertrudis invenietis me».

¿Precursoras de la santa francesa Margarita María de Alacoque, difusora por el mundo de la devoción al Corazón de Jesús? Puede ser; pero, al fin y al cabo, es lo genuino del Evangelio. Ya antes Pablo había escrito a los de Éfeso como deseo vivo para ellos «descubrir la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de este misterio» y, aún antes, lo había saboreado Juan recostando su cabeza sobre el pecho del Maestro.

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