UN DIFUNTO LLAMADO JESÚS

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hechos de los apóstoles 25, 13-21

Sal 102, 1-2. 11-12. 19-20ab

san Juan 21, 15-19

 En esta “ola de secularismo que nos invade” uno se va acostumbrando a hablar con indiferentes, es decir, personas que preparan su boda, bautizo o su celebración religiosa desde una cierta distancia, a los que hay que dar vueltas y revueltas para llegar a una conversación mínimamente espiritual, o sea, que se empiece a hablar de Dios y se dejen a un lado los adornos. Jesús se ha convertido en un difunto, del que de vez en cuando nos acordamos. Cuando alguien te plantea que quiere conocer a Cristo y bautizarse te llena de ilusión, está dispuesto a comenzar un catecumenado y, cuando llegue el momento, a bautizarse. Cristo sigue vivo y el Espíritu Santo sigue tocando el corazón de los hombres, aunque a veces, nosotros mismos, no queramos creérnoslo.

 “Pero, cuando los acusadores tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave de los que yo suponía; se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo.” Festo tiene mucha razón. Muchas de las discusiones que se provocan sobre al Iglesia no son de ningún “cargo grave.” ¿Que en la Iglesia hay pecadores? Si lo anunciamos desde el bautismo. ¿Que en la Iglesia hay divisiones? Comenzamos el año pidiendo a Dios por la unidad pues, realmente, nos duele. ¿Que en la Iglesia …? Seguramente sí, nada nos pilla de sorpresa. Vivimos con, entre y, desgraciadamente muchas veces, desde el pecado. Lo más triste, y en esto sigue teniendo razón Festo, es que hablamos como si Cristo estuviese muerto. A un cadáver se le recuerda, tal vez se añora la época en que estaba vivo, se le puede convertir en un mito, pero no se le quiere. Se habla desde la desafección, desde la distancia, desde la falta de fe y de cariño.

 «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Jesús no es un difunto. A un cadáver no se le quiere ni pide cariño. Los pastores (en sentido amplio: sacerdotes, padres de familia, amigos,…), no actuamos desde una doctrina o desde unas directrices, actuamos desde el amor a Dios y, desde el, el amor a los demás. El amor que Dios nos tiene, y al que podemos corresponder, es el que perdona los pecados, alienta en las luchas, anima en las pruebas y nos ayuda a aceptar y superar los retos. Si los cristianos no hablásemos desde la distancia, como si ni sintiésemos ni padeciésemos el amor de Dios sino sólo desde la soberbia o la prepotencia personales, las cosas serían muy distintas.

 Nos acercamos a Pentecostés. El Espíritu Santo es el que nos hace conocer el amor de Dios y corresponderle. Tenemos que, como Pedro, caer de rodillas y con humildad responder: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»

 La Virgen nos muestra el amor más puro a Dios uno y trino. Que ella nos anime a volver al amor apasionado por Dios y a saber apasionar a los demás.

 

 

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