Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. La Exaltación de la Santa Cruz – 14/09/2014

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Comentario Pastoral
LA EXALTACIÓN DE LA CRUZ

Hoy se hace un paréntesis en el camino de los domingos ordinarios, para celebrar la exaltación de la Santa Cruz. Esta fiesta indica la centralidad de un signo que es símbolo de todo un misterio: el amor misericordioso del Padre que para salvar al hombre permite el sacrificio del Hijo en la cruz.

En el calendario de la Iglesia es de las fiestas más venerables y antiguas, pues comienza a celebrarse en el año 335, en que se dedican dos iglesias en Jerusalén, erigidas en los lugares de la Muerte y de la Resurrección de Cristo: la basílica del Martyrium y la rotonda de la Anastasis.

Tras la crucifixión de Cristo la cruz cambia de sentido y simboliza el triunfo sobre la muerte y, en sentido más lato, el triunfo sobre las cosas mundanas. No es de extrañar que durante 2.000 años haya sido el inconfundible signo cristiano, con importante influjo en la vida y en el pensamiento: las iglesias se construyen normalmente siguiendo un plan cruciforme; la cruz es la figura más común de la heráldica; la señal de la cruz forma parte del ritual cristiano y de la vida corriente de las gentes.

Es paradójico que la cruz nos resulte tan familiar, que no despierte preguntas, que no sea crítica radical a todo triunfalismo fácil. Reivindicar el valor perenne de la cruz no es defender una ascética dolorista, que exalta el sufrimiento por el sufrimiento. La proliferación de cruces en todas partes, en iglesias, casas y campos, no debe significar una dulcificación de su mensaje. Porque una cosa son las cruces que adornan nuestros cuellos o condecoran nuestros pechos y otra cosa es la cruz desnuda y atroz de Cristo.

Creer en el crucificado significa apostar por la vida, no ser causa de muerte para nadie, aliviar con esperanza pascual el dolor de los hermanos, liberar de sufrimientos al que camina a nuestro lado. Al trazar devotamente el triple signo de la cruz, debemos pensar que signamos nuestras frentes para mejorar los pensamientos, nuestros labios para que no pronuncien palabras que martiricen, nuestro corazón para que de él no broten nunca deseos de venganza y odio.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Números 21, 4b-9 Sal 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38
Filipenses 2, 6-11 san Juan 3, 13-17

Comprender la Palabra

La primera lectura tomada del libro de los Números se enmarca en el contexto narrativo que podría denominarse “del Sinaí a Moab” (Nm 10,11-21,35). Dios quiere llevar a su pueblo a la libertad, pero el pueblo no entiende la forma y el proyecto de Dios. La confianza, requerida y solicitada una y otra vez, fracasa frente a la dura realidad. El relato revela una situación a la vez descarnada y dura y, por otra, la promesa de Dios manifestada en signos convincentes que garantizan su presencia y su actuación. El Dios bondadoso y poderoso se hace presente en la historia de los hombres con fidelidad y eficacia. La historia de la salvación es un proyecto que debe encarnarse en la historia de los hombres, contando con ellos y su realidad. Dios no se aleja de los hombres, al contrario, se hace más presente que nunca aunque de forma misteriosa. Y respeta de tal modo la libertad del hombre que es, en definitiva éste, el responsable de las situaciones gravísimas por las que ha pasado y pasa la humanidad.

La segunda lectura tomada de la Carta de Pablo a los Filipenses es un himno que el apóstol ha tomado de la liturgia cristiana primitiva con algunas adicciones que introdujo él. El texto trata de dar respuesta a las dificultades por las que pasa la comunidad para realizar su programa de fraternidad, de mutuo y generoso servicio, y su tarea de evangelización en medio del mundo hostil en que se encuentra comprometida.

Nuestro mundo necesita un encuentro con el mensaje de la Cruz, aunque en un primer instante pueda producir rechazo. Sólo ahí (iluminada por la Resurrección y por el Espíritu) encuentra el hombre actual su sentido y la respuesta a sus interrogantes. La Cruz está presente en la vida diaria de todos, por tanto es necesario contemplarla como la expresión del amor de un Dios, fiel, santo y misericordioso que no defrauda en sus promesas.

El texto del evangelio de san Juan se centra en describir que con Jesús todo comienza de nuevo por el agua y el Espíritu. La posibilidad de este nuevo nacimiento se producirá cuando Cristo sea elevado sobre la tierra; y la causa activa es el amor de Dios enviando a su Hijo al mundo. Es necesario nacer de nuevo o de lo alto para entrar en el Reino de Dios, para conseguir la salvación. La fuerza regeneradora para conseguirla está en la Cruz de Jesús. El acontecimiento de la Cruz es presentado como la realización plena de aquella figura. La Cruz es el lugar donde Dios ofrece a la humanidad la salvación definitiva. Pero es necesaria la aportación del hombre: creer en que en el aparente escándalo de la Cruz, Dios está ofreciendo al mundo la verdadera salvación.

Según le dice Jesús a Nicodemo las condiciones para entrar en la vida eterna son: escuchar y a acoger la Palabra de Jesús, nuevo y definitivo Moisés y renacer del agua y del Espíritu. Esto sólo es posible cuando el hombre descubre por la fe en el exaltado (como la serpiente de bronce en el desierto que era signo salvador para cuantos la miraban) al propio Jesús como Hijo del Hombre. El origen y la raíz profunda que hace posible todo este proceso es el amor incondicional y gratuito de Dios enviando a su Único Hijo como Salvador y no como Juez. Aceptar la oferta de este amor de ambos por todos es entrar en el camino de la vida eterna que ya comienza en este mundo. Y este amor es universal, sin fronteras: se ofrece a todo el mundo, a todos los hombres.

El Dios que se mueve sólo por amor enviando a su Hijo quiere que todos se salven y nadie perezca. ¡He ahí la singularidad de nuestra fe cristiana!.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

 

Hasta que en 1960 se publica el Código de Rúbricas, el Calendario litúrgico celebraba dos fiestas en honor de la Santa Cruz. La primera el día 3 de mayo, la Invención (Hallazgo) de la Santa Cruz, y la segunda el 14 de septiembre, la Exaltación de la Santa Cruz. Ambas se remontan a la liturgia jerosolimitana en torno a la Basílica constantiniana del Martyrium (el lugar de la Cruz) dedicada el año 335. No obstante se desconoce la fecha exacta. Egeria menciona el día de la Dedicación de la Basílica y de la Anástasis (Santo Sepulcro) relacionándolo con el hallazgo de la
Cruz y con la antigua fiesta judía de las Encenias, pero tampoco da una fecha.

A partir del siglo VII la fiesta del 14 de septiembre se extiende a las Iglesias de Oriente y Occidente, estando presente en los Calendarios litúrgicos, al menos, como conmemoración.

La celebración litúrgica de este día nos transporta al Calvario para abrazarnos a la Cruz o mejor para dejarnos abrazar por ella, de modo que imprima su marca en nosotros, pues la Cruz es el signo y la señal del cristiano. La Cruz nos identifica como discípulos del Crucificado, resucitado por el poder de Dios. La Exaltación de la Santa Cruz, al ponernos en el centro de la memoria y contemplación el significado redentor de este árbol de vida, nos invita a la alabanza y a la adoración, los dos ejes de la liturgia de esta fiesta.

La gloria de la Cruz del Señor, pon de manifiesto el amor del Padre, la obediencia filial de Jesucristo y la vida en el Espíritu, anunciada ya en el signo de la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto (cf. Jn 3,13-17; Núm 21,4-9 y Flp 2,6-11). Así mismo la Cruz de Cristo es presentada como antítesis del árbol de Paraíso (cf. Prefacio de la Exaltación de la Cruz).


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 15:
Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores.

Hebreos 5,7-9. Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.

Sal 30: Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Juan 19,25-27. Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena.

Martes 16:
Santos Cornelio, papa y Cipriano, obispo, mártires en el destierro, en el 253 y en la persecución de Valeriano en el 258, respectivamente

lCorintios 12,12-14.27-31a. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.

Sal 99. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Lucas 7,11-17. ¡Muchacho, a ti te digo, levántate!
Miércoles 17:
lCorintios 12,31-13,13. Quedan la fe, la esperanza, el amor. La más grande es el amor.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió
como heredad

Lucas 7,31-35. Tocamos y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.
Jueves 18:
lCorintios 15,1-11. Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Lucas 7,36-50. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.
Viernes 19:
San Alonso de Orozco, presbítero.

I Corintios 15,12.20. Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no tiene sentido.

Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Lucas 8,1-3. Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes.
Sábado 20:
San Andrés Kim Taegon y San Pablo Chong Hasang, mártires de Corea a principios del siglo XIX. En este siglo hubo 103 mártires de toda edad y condición social.

lCorintios 15,35-37.42-49. Se siembra corruptible, renueva incorruptible.

Sal 55. Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.

Lucas 8,4-15. Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando.

 

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