NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA, Patrona de la archidiócesis de Madrid – Solemnidad – 09/11/2014

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Comentario Pastoral
LA FIESTA DE NUESTRA PATRONA

Celebramos hoy la solemnidad de la patrona de la Iglesia diocesana de Madrid: Nuestra Señora de la Almudena. Esta advocación nos remonta a los orígenes de la cristianización de Madrid antes del tiempo en que la imagen estuvo oculta en la muralla de la “almudaina” y nos remite a la vivencia de fe católica en los cristianos madrileños desde aquel “reencuentro” al derrumbarse el muro, la fe en Cristo que tiene por referencia insustituible a la Virgen María, que sostiene a su Hijo y nos lo presenta en sus brazos.

Los Padres de la Iglesia reconocen a Santa María como la mujer nueva, la “nueva Eva”, asociada e inserta desde el primer momento a la Historia de la Salvación por su aceptación de la voluntad de Dios para ser la Madre del Salvador, Jesucristo, el único Redentor del mundo. También en nuestro tiempo el Concilio Vaticano II nos ha propuesto a Santa María como “imagen”, “tipo” y “modelo” de la Iglesia. Así, pues, santa María es la imagen de la mujer nueva en la Historia de la Salvación, también para este tiempo, justamente en el comienzo de una etapa nueva en la historia. Bien podemos exclamar: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”.

La Virgen María, junto a la cruz, nos enseña a ser fieles. Con Ella estaban el discípulo fiel y las mujeres fieles, que no huyeron ni se acobardaron y nos fue dada como Madre desde la cruz. Permaneció fiel durante toda su vida al plan de Dios, desde la Anunciación y la Encarnación del Verbo hasta el Calvario. La fidelidad de María a Dios es columna de fidelidad para la Iglesia.

Los que permanecieron fieles en esta Iglesia en Madrid en el primer milenio guardaron su fidelidad invocando a la Santísima Virgen María y en el segundo ya con la advocación de Nuestra Señora de la Almudena. San Isidro, y su esposa Santa María de la Cabeza, aprendieron a orar y a trabajar, a ser cristianos en el correr ordinario de los días y en la entrega matrimonial y familiar de la caridad cristiana en su apostolado, junto a la imagen y la luz que le acompaña siempre a un lado y otro la imagen de Santa María la Real de la Almudena. Los fieles que comenzaron este tercer milenio volvemos nuestros ojos a Santa María para invocar, en su fidelidad, la nuestra.

Santa María, que amparó bajo su manto a la Iglesia naciente para que no se dispersara y permaneciera fiel en la oración para el apostolado, hoy también nos protege para que, sólo con mirarla, mostremos la disposición para mantener nuestra fidelidad y, después con su protección, la prolonguemos en cada generación.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Zacarías 2,14-17 Salmo responsorial Jdt 13,18bcde.19
Apocalipsis 21,3-5a San Juan 19,25-27

Comprender la Palabra

“Alégrate y goza, hija de Sión…” Estas palabras del profeta Zacarías las recoge Lucas para introducir el saludo del ángel en la Anunciación. estas palabras se cumplirán cuando irrumpa en la historia el Verbo eterno de Dios, hecho realmente hombre, en el seno de María, y constituyen la puerta de la etapa del cumplimiento. Dios se hace presente en la modesta figura humana de su Mesías naciendo de una madre virgen y recostado en un pesebre, pero sin dejar la gloria de su divinidad. Las apariencias desmienten, a veces, la realidad. ¡Dios es así y actúa así! Los hombres estamos invitados a asumir la forma paradójica del actuar de Dios. Pablo recordará que la fuerza se realiza debilidad (2Cor 12,8-9), en la forma de siervo (Jesús) y de esclava (María).

Gracias a la disponibilidad de María, Dios ha acampado entre nosotros. Ella es la “morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3). Gracias al Sí generoso de María la humanidad se convierte en el pueblo de Dios, y Dios estará con ellos y será su Dios. Ella es la imagen de la nueva Jerusalén, arreglada como una novia para su esposo, ciudad en la que “ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado” (Ap 21,4). María es el orgullo de nuestra raza, ella con su entrega al plan salvador de Dios, hace posible el nacimiento de Cristo, nuestro Mediador y Salvador.

Y por decisión de Jesús en la Cruz, María se convierte en madre nuestra. Madre de gracia y de Misericordia que intercede por todos sus hijos. Por eso la alabanza está siempre en la boca de aquellos que recuerdan la poderosa obra de la salvación de Dios realizada gracias a la total disponibilidad de María, cuyo nombre ha sido glorificado de tal modo que merce siempre nuestra veneración.

“Ahí tienes a tu hijo…. Ahí tienes a tu madre” …. “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Desde el año 1085 los madrileños han recibido en sus casas a la Virgen María bajo su advocación Nuestra Señora de la Almudena. La maternidad de María es espiritual, pero no por ello menos real y menos perceptible que la maternidad física. Más aún, esa maternidad divino-humana de la Madre de Jesucristo, que nos la entregó en la persona del discípulo amado Juan, al pie de la Cruz, es la que confiere a la maternidad de nuestras madres la hondura del amor, propia y característica de la unión del esposo y de la esposa, que se convierte, sellada sacramentalmente, en una fuente de vida nueva y de nueva humanidad, dando vida y educación cristiana a la prole.

La Virgen nunca ha estado lejos de los habitantes de Madrid. Tampoco está lejos ahora, en las circunstancias tan difíciles, dolorosas y sacrificadas de un presente incierto que nos envuelve a todos, incluso más allá de nuestras fronteras. Su Fiesta hoy es una muestra suya para que no vacilemos en acudir a Ella con la confianza de los hijos que se fían de su amor y de su protección maternal, oyendo la Palabra de su Hijo, celebrando el Sacramento del sacrificio y del banquete eucarísticos de su Cuerpo y de su Sangre, e implorándole su intercesión ante el Padre de las misericordias y dador de todo consuelo en esta hora tan crítica de la crisis económica y social que nos está tocando vivir. Urge pedir fervorosamente a la Virgen que nos ayude a encontrar sin tardanza una solución justa, equitativa y solidaria a los problemas de los madrileños y de toda España.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


El Espíritu es Médico y Medicina del cuerpo y del alma.

Hay un bálsamo en la Iglesia que cura los espíritus abatidos y las almas enfermas por el pecado, que derrite los corazones de piedra: el Espíritu Santo que viene a nosotros a través de la palabra, los sacramentos y la oración.

El Espíritu es nuestra mejor medicina. Sirve para toda clase de heridas y enfermedades. Es una medicina natural y generosa. El espíritu es aceite que santifica, que llena de gracia y empapa las entrañas de amor. Aceite que cura las heridas, las del cuerpo y las del alma. Importa la salud del cuerpo, pero importa más la salud del alma. El aceite sirve para suavizar nuestras durezas y ablandar el corazón.

El Espíritu purifica por su presencia y le infunde fuerza, viveza y ardor por Dios. El espíritu preserva de caer en la tibieza y, si por casualidad ya se ha caído en ella o se está cayendo, libera de la misma. De la tibieza no se sale sin una nueva y decisiva intervención de este mal “oscuro” de la vida espiritual que es la tibieza. Si nos encontramos apagados, tibios, apáticos, insatisfechos de nosotros mismos, el remedio existe y es infalible: el Espíritu Santo.

El Espíritu es Fuego

El Espíritu Santo es hoguera trinitaria, que al bautizarnos con su fuego, enciende en amores los apagados carbones de nuestra oscura existencia, convirtiéndonos en luceros.

El Espíritu es calor de vida, soplo y aliento de existencia. Ni el hielo, ni la estepa, ni la muerte, ni el hambre, ni la desnudez, ni el pecado, podrán más que el amor de Dios, que se nos da a través del soplo y aliento del Espíritu Santo, hálito vivificante y calor de vida, que hace que exista y subsista toda la creación, y que se renueve, constantemente, la faz de la tierra.

El Espíritu es el amor eterno consumado y el amor eternamente derramado, es, como decía San Juan de la Cruz: “llama de amor viva, que tiernamente hiere”.

 


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 10:
San León Magno, papa y doctor.

Tit 1,1-9. Establece presbíteros, siguiendo las instrucciones que te di.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lc 17,1-6. Si siete veces vuelve a decirte: “lo siento”, lo perdonarás.
Martes 11:
San Martín de Tours, obispo

Tit 2,1-8.11-14. Llevemos una vida religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición del Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.

Lc 17,7-10. Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Miércoles 12:
San Josafat, obispo y mártir

Tit 3,1-7. Íbamos fuera de camino, pero según su propia misericordia nos ha salvado.

Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lc 17,11-19. ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?.
Jueves 13:
Flm 7,20.Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.

Sal 145. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

Lc 17,20-25. El Reino de Dios está dentro de vosotros.
Viernes 14:
2Jn 4-9. Quien permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Lc 17,26-37. El día que se manifiesta el Hijo del hombre
Sábado 15:
3Jn 5-8. Debemos sostener a los hermanos, cooperando así en la propagación de la verdad.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Lc 18,1-8. Dios hará justicia a sus elegidos.

 

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