Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Jesucristo Rey del Universo – 23/11/2014

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Comentario Pastoral
REALEZA CRISTIANA

El tema “real” es una de las analogías más comunes en toda la teología del Antiguo Oriente para representar el misterio de Dios que, sobre los tronos de los cielos, guía y gobierna el universo entero. Se trata de un modo de pensar que debe actualizarse acomodándose según las coordenadas culturales y sociales. Este simbolismo está presente en todas las lecturas de esta solemnidad reciente, instituida por Pío XI en 1925, y está también en la base de una categoría esencial de la predicación de Jesús: el Reino de Dios.

La señoría de Dios sobre el universo contiene muy sintéticamente estas tres afirmaciones: la trascendencia absoluta de Dios, que no es objeto manipulable por los hombres; su inmanencia o presencia en la creación y en la historia, que nosotros llamamos salvífica; el sentido escatológico de la realidad, delineado por Dios según un proyecto unitario.

Es evidente que la cultura contemporánea, fuertemente antropocéntrica, no favorece la celebración de esta solemnidad, ya que desde instancias diferentes se predica el silencio de Dios o el absurdo de un mundo sin esperanza, lleno de dolores y crímenes.

El creyente es invitado hoy a recuperar el sentido profundo de la historia y de la materia a través de la revelación que se nos ofrece de Dios como “pastor”, que da su vida por el rebaño, y que, al final de los tiempos, actuará como juez que separará “las ovejas de las cabras”.

En el solemne escenario en que el evangelista Mateo sitúa el juicio final, que será un examen total sobre el amor al prójimo, Dios se identifica y encarna en los pobres, en los hambrientos, en los forasteros, en los enfermos, en los encarcelados. El discípulo de Jesús lo sabe y actúa consecuentemente, conformando su vida a las exigencias del Reino. En el amor gratuito y universal hacia los más pequeños y pobres se vive la relación vital, con Cristo, que es lo más específico de la fe cristiana. Los actos de amor durante la existencia terrena son garantía de vida eterna.

Contra los desequilibrios devocionales, por encima de las supersticiones, frente a una creencia teórica y desencarnada, hay que buscar siempre la autenticidad de la fe en la centralidad del misterio de Cristo celebrado en la liturgia, en la aceptación del evangelio, en el bien obrar.

La clausura del año litúrgico se hace patente en esta solemnidad de Cristo Rey, que es semejante a un ábside dominado por la figura del Pantocrator. Delante de su mirada somos invitados a hacer un balance de nuestra existencia, a un examen de nuestras miserias y de nuestros esplendores, a un juicio sobre nuestras obras o nuestras omisiones.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Ezequiel 34, 11-12. 15-17 Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6
san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28 san Mateo 25, 31-46

Comprender la Palabra

La lectura de Ezequiel forma parte de un conjunto de oráculos y comparaciones que intentan buscar una explicación al desastre de la destrucción de Jerusalén y atisbar signos de esperanza. Un día al final de los tiempos, toda la humanidad será de nuevo reunificada en el reino de la paz, de la vida, de la comunión y de la felicidad sin fin. Esta gran esperanza se apoya en la experiencia salvadora del pueblo de Dios y en la actitud de Dios que es fiel a su palabra y a su proyecto. El destino de la humanidad no es la disgregación sino la comunión en el amor y en la vida. Al final de los tiempos el Pastor discernirá con justicia entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío. En la visión de Ezequiel esta tarea de Pastor y Juez la realiza Dios mismo. En el Nuevo Testamento esta doble misión se le entrega al Hijo que será el Buen Pastor (Jn 10) y el Juez universal (Mt 25).

En la segunda lectura tomada de la primera Carta a los Corintios, Pablo, al igual que los demás apóstoles, proclama que la verdad central de la fe es la Resurrección de Jesús como fruto y manifestación del poder de Dios. La comunidad de Corinto ha nacido por la aceptación de esta proclamación e incorporación a Cristo por los sacramentos que actualizan su muerte y resurrección. Pero han de vivir esa fe en medio de las gentes que les rodean para quienes la resurrección no tiene valor ni sentido alguno. La presencia de Jesús en la historia de los hombres
tiene como finalidad mostrar que el proyecto del Dios de la vida sigue vigente. Todos somos invitados a vivir en la esperanza firme de un final definitivamente feliz para todos. Dios ha actuado de modo definitivo en su Hijo a favor de la humanidad cumpliendo su promesa y resucitando a Jesús de entre los muertos (Hch 13,32-37). Al final, el Dios de la vida lo será todo para todos. Al final, cuando todo le esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

El texto del evangelio revela, bajo una forma narrativa muy viva y sugerente, lo que sucederá al final de los tiempos. La perspectiva escatológica y de futuro invade todo el relato. El fin se compone de tres elementos esenciales y consecutivos: resurrección, juicio, posesión de la gloria para siempre. De una manera plástica se presenta ante el hombre qué debe hacer para ser colocado a la derecha del Juez, es decir, para poseer y disfrutar con él la gloria: se le invitó a interesarse eficazmente por todos aquellos necesitados del amor misericordioso de Dios, móvil principal de la salvación. Jesús se esconde en cada ser humano necesitado del amor del Padre. La urgencia y la fuerza de este Evangelio es más necesaria hoy más que nunca. Hoy debemos hacer visible entre los hombres la admirable escenificación del final. Se nos invita a estar un día a la derecha de Jesús. Hagamos visible el programa del examen final cuando Dios lo será todo para todos y en todos.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


EL TIEMPO DE ADVIENTO (1)

El tiempo de Adviento es propio de las liturgias occidentales, pero con visibles diferencias entre ellas en cuanto a los contenidos y a la duración. Las primeras referencias son de finales del siglo IV en España y la Galia, y hacen referencia a un tiempo de preparación de la Navidad con un carácter ascético que duraba seis semanas, como sigue durando actualmente el Adviento en las liturgias ambrosiana e hispano-mozárabe. En nombre las primeras referencias a este tiempo litúrgico son del siglo VII. Los formularios de las misas de los antiguos Sacramentarios no estaban destinados tanto a preparar la Navidad, cuanto a recordar la última venida de Cristo a final de los tiempos, un tema idóneo para el final del año.

Adviento (del latín adventus) significa “venida”, “llegada” pero con un cierto matiz de presencia (en griego: parusía) y manifestación o epifanía (cf Mt 24,27). Así pues, el Adviento, antes de ser un tiempo de preparación para la Navidad, ha conmemorado la Parusía). Por eso en los Sacramentarios el Año litúrgico comienza el día de Navidad y termina justamente en los domingos de Adviento. Es posible que la cercanía de la solemnidad del nacimiento del Señor terminase por impregnar de su contenido a las semanas previas.

Pero a pesar de la imprecisión de los orígenes del Adviento, este tiempo litúrgico ha llegado hasta nosotros formando una unidad con Navidad y Epifanía. El Adviento culmina en la solemnidad del Nacimiento del Señor, que abre, a su vez, el tiempo de Navidad- Epifanía. Adviento, Navidad y Epifanía están unidos en torno al misterio de la manifestación del Señor en nuestra condición humana. El tiempo de Adviento que nos ofrece el Misal actual precisa bien el doble sentido del Adviento en cuanto espera de la última venida de Cristo y la preparación de la Navidad: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es, a la vez, el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la nueva expectativa de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones, el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (NUALC 39).

Esta expectación alegre se desarrolla a lo largo de cuatro semanas en la liturgia romana: en las dos primeras semanas el acento se pone en la espera escatológica, y una más fuerte atención a la Navidad en las dos restantes, especialmente a partir del 17 de diciembre.

 


Ángel Fonrcuberta

 

Para la Semana

Lunes 23:
San Andrés Dunglac y compañeros, mártires. Memoria.

Ap 14,1-3.4b-5. Llevaban grabado en la frente el nombre de Cristo y el de su Padre.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lc 21,1-4. Vio una viuda pobre que echaba dos reales
Martes 25:
Ap 14,14-19. Ha llegado la hora de la siega, pues la mies de la tierra está más que madura.

Sal 95. El Señor llega a regir la tierra.

Lc 21,5-11. No quedará piedra sobre piedra.
Miércoles 26:
Ap 15,1-4. Cantaban el cántico de Moisés y el cántico del Cordero.

Sal 97. Grandes y maravillosos son tus obras, Señor, Dios Omnipotente.

Lc 21,12-19. Todos os odiarán por causa mía, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.
Jueves 27:
Ap 18,1-2.21-23.19,1-3.9a. ¡Cayó Babilonia!

Sal 99. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Lc 21,20-28. Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora.
Viernes 28:
Ap 20,1-4.11-21,2. Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén, que descendía desde el cielo.

Sal 83. Esta es la morada de Dios con los hombres.

Lc 21,29-33. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios.
Sábado 29:
Ap 22,1-7. Ya no habrá más noche, porque el Señor irradiará luz sobre ellos.

Sal 94. Marana tha. Ven, Señor Jesús.

Lc 21,34-36. Estad siempre despiertos, para escapar de todo lo que está por venir.

 

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