Domingo de la 4ª semana de Adviento – 21/12/2014

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Comentario Pastoral
EL ADVIENTO DE MARÍA

La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. Los afanes no pueden reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, turrones y christmas. Es también necesaria una preparación interior con sensibilidad espiritual, activa; este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos viviendo.

El primer y mejor Adviento de la historia fue vivido por María durante nueve meses en expectación del parto del Salvador. Por obra del Espíritu la Palabra fué creciendo en sus entrañas hasta la gran manifestación de la Navidad. A ejemplo de María hay que vivir consecuentemente en Adviento, en expectación, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios
que obra maravillas en el interior.

María nos encubre a Dios en Adviento para descubrirnoslo en la realidad pletórica y nueva de la Navidad. El “sí” de María hizo posible la primera venida del Salvador; por eso ella es la que siempre le precede. ¡Qué consolador es saber que Dios viene siempre a través de María!

La Virgen del Adviento es la virgen joven de la anunciación, que se estremece ante el mensaje del ángel. Es la joven madre que aprende a amar a su hijo sintiéndole crecer dentro de sí. Es la creyente dócil que acepta los planes de Dios y encarna dentro de sí la Palabra por obra del Espíritu. Es la mujer, de la esperanza que, desde el silencio de Nazaret, se prepara a entregar al mundo la salvación, hecha carne en Jesús.

Cuando aguardamos la venida del Redentor levantamos los ojos hacia su Madre para llenarnos de gozo y de gratitud sincera. María es la puerta del cielo y la estrella del Adviento. Ella es claridad eterna que ilumina con luz de estrella prodigiosa las tinieblas de nuestro desconcierto.

Por eso desde hace mil años la Iglesia Universal en estos días canta esta antífona, que es una de las más conmovedoras plegarias: “Madre del Redentor, virgen fecunda / puerta del cielo siempre abierta, / estrella del mar / ven a librar al pueblo que tropieza / y quiere levantarse. / Ante la admiración de cielo y tierra, / engendraste a tu santo Creador, / y permaneces siempre virgen. / Recibe el saludo del ángel Gabriel,/ y ten piedad de nosotros, pecadores”.

María nos abre las puertas de la Navidad, preparadas por Isaías y el Bautista. Esperemos como ella la venida del Señor: con alegría y sobre todo con gracia.

Andrés Pardo

 


 

Palabra de Dios:

Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16 Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29
san Pablo a los Romanos 16, 25-27 san Lucas 1,26-38

Comprender la Palabra

El capítulo siete del segundo libro de Samuel refiere la profecía de Natrán. Era el texto fundamental en que se aprobaba en Israel la esperanza de un Mesías “hijo de David”. La primera lectura nos da un extracto de dicha profecía: David pensaba levantar una “casa” (templo) para Dios, quien rehusando el obsequio, le promete una casa (dinastía) para siempre.

En su conclusión de su carta a los Romanos, el apóstol Pablo da gloria al Padre que los ha hecho fuertes por el Evangelio. El Evangelio es la manifestación al mundo del plan o “misterio” eterno de Dios en orden a la salvación de todos los pueblos por la fe en Jesucristo.

Último domingo de Adviento y víspera de Navidad. El camino de Adviento nos ha llevado a la vista de Belén. “El Señor está cerca”: vamos a adorarle. En el Evangelio de Lucas la Anunciación a María sirve de preludio al Nacimiento de Jesús. El anuncio de Gabriel a María es un típico relato bíblico de vocación. Se llama “vocación” al momento en que Dios manifiesta a cada persona, lo que sobre la misión y destino de su vida tiene pensado desde toda la eternidad. Desde la eternidad Dios eligió a María de Nazaret por Madre de Jesús. En el momento central de la historia, se lo comunicó a través de su ángel en diálogo interior. Inspirado por el Espíritu Santo, el evangelista Lucas, que conocía por transparencia el alma de María, resumió este diálogo divino con las palabras que escuchamos hoy. La Anunciación a María es su vocación a la Maternidad, al servicio de la misión salvadora de su Hijo. Para que el lector perciba con mayor realce la grandeza del mensaje a María, Lucas le antepone el del mismo ángel a Zacarías, padre de Juan Bautista en el Templo de Jerusalén (1,5-25). Comparando paso a paso el texto paralelo de ambas anunciaciones, destaca en la de María la humildad del ambiente, la preeminencia de la madre, la trascendencia del Hijo. La historia del pueblo de Dios fue “tiempo de adviento” hasta que llegó la hora del Mesías. Con la Encarnación, la esperanza empezó a ser también Presencia.

A la vocación, María opone un reparo. Es típico en las vocaciones bíblicas que, cuando Dios elige a alguien para una misión extraordinaria, estos manifiesten su conciencia de incapacidad. La respuesta de Dios suele ser: yo estaré contigo. En el ejercicio de una auténtica vocación, todo es gracia. La dificultad de María es singular: su virginidad. Precisamente ello dará más relieve a la profecía del Emmanuel. La respuesta del ángel se eleva a la más alta teología: su maternidad será misteriosamente virginal, bajo la acción del Espíritu de Dios que la cubrirá con su sombra, como reposaba la Nube sobre el Arca de la Alianza en el Tabernáculo, para significar en ella la Presencia divina. Porque el Niño será verdaderamente el Hijo de Dios. Y la concepción virginal de María será para la fe un signo de su filiación divina.

Mensajero de la vocación más excelsa, Gabriel saluda a María con el título que mejor la define: “llena-de-gracia”. Inmaculada: impregnada de la santidad de Dios, toda luz sin sombra. La primera palabra que la dirige tiene sabor de evangelio: “¡Alégrate!”. Arquetipo de toda perfección, la Virgen llamada a ser Madre, Arca de la nueva Alianza de Dios con su Pueblo, acepta la vocación con el consentimiento activo, en espíritu de servicio generoso, que no sabe responder al Señor y a su ángel más que con una palabra, la más breve y hermosa: “Sí”. Gracias a ella, el Adviento se hace Navidad.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Esta solemnidad fue la primera fiesta mariana del calendario litúrgico de la Iglesia occidental. Su origen parece estar en la Dedicación, el día 1 de enero, de la basílica de Santa María la antigua, en el Foro romano.

El rito romano celebra el día 1 de enero la octava de Navidad, conmemorando la Circuncisión del Niño Jesús. Esta antigua fiesta desapareció hasta que el papa Pío XI en 1931, con ocasión de XV centenario del Concilio de Éfeso, instituyó la fiesta de la Maternidad Divina de María el día 11 de octubre. La reforma litúrgica a raíz de la celebración del Concilio Vaticano II, ha trasladado esta celebración al día 1 de enero, y de este modo se ha recuperado la antiquísima celebración de Santa María Madre de Dios, “destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre santa, por la cual recibimos al autor de la vida” (Pablo VI exhortación Marialis cultus, 5). Esta celebración mariana tiene en cuenta también los aspectos navideños de la octaba de la Natividad del Señor, la Circuncisión y la Imposición del Nombre de Jesús (cf. Mt 2,21; Lc 1,31;2,21). Estos aspectos están presentes en la lectura del evangelio de esta solemnidad (Lc 2,16-21) y en la primera lectura tomada del Libro de los Números (6,22-27).

La Iglesia mira agradecida a la Virgen María, consciente de haber recibido por ella al Salvador Jesucristo. María con su Hijo en brazos aparece como trono de la Sabiduría (cf. Lc 2,16-21). Jesús “nació de una mujer, bajo la ley; para redimir a los que estaban bajo la ley” (cf. Gál 1,4-7; 2ª lectura). Esta mujer es “la Madre santa, la Virgen Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra” (Antífona de entrada). Por ella “Dios entregó a los hombres los bienes de la salvación” (oración colecta), cuyo comienzo celebramos en María (cf. Oración sobre las ofrendas).

María aparece no sólo como Madre de Cristo, Cabeza de la Iglesia, sino de la totalidad de su Cuerpo. En la oración después de la comunión pedimos: que los sacramentos del cielo que los miembros del Cuerpo de Cristo hemos recibido, “nos ayuden para la vida eterna a cuantos proclamamos a María Madre de su Hijo y Madre de la Iglesia”.


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 22:
1S 1,24-28. Ana da gracias por el nacimiento de Samuel.

Sal 1S 2,1-8. Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador.

Lc 1,46-56. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Martes 23:
Mal 3,1-4.23-24. Os enviaré a Elías antes de que llegue el día del Señor.

Sal 24. Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.

Lc 1,57-66. El nacimiento de Juan Bautista.
Miércoles 24:
2S 7,1-5.8b-12.14a.16. El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Lc 1,67-79. Nos visitará el sol que nace de lo alto.

Después de la hora nona Solemnidad de la Natividad del Señor

Misa vespertina de la Vigilia.
Is 62,1-5. El Señor te prefiere a ti.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Hch 13,16-17.22-25. Testimonio de Pablo sobre Cristo, hijo de David.

Mt 1,1-25. Genealogía de Jesucristo, hijo de David.

Jueves 25:
Natividad del Señor. Solemnidad.

Misa de medianoche.
Is 9,1-3.5-6. Un hijo se nos ha dado.
Sal 95. Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.
Tit 2,11-14. Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres.
Lc 2,1-14. Hoy os ha nacido un Salvador.

Misa a la aurora.

Is 62,11-12. Mira a tu Salvador que llega.
Sal 96. Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor.
Tit 3,4-7. Según su propia misericordia nos ha salvado.
Lc 2,15-20. Los pastores encontraron a María y a José, y al niño.

Misa del día.
Is 53.7-10. Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.
Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Heb 1,1-6. Dios nos ha hablado por el Hijo.
Jn 1,1-18. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Viernes 26:
San Esteban, protomártir. Fiesta

Hch 6,8-10;7,54-60. Veo el cielo abierto.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Mt 10,17-22. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Sábado 27:
San Juan, apóstol y evangelista. Fiesta

1Jn 1,1-4. Os anunciamos lo que hemos visto y oído.

Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor.

Jn 20,2-8. El otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro.

 

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