Domingo II después de Navidad – 04/01/2015

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Comentario Pastoral
LA PALABRA

Por medio de la palabra nos comunicamos, nos manifestamos. La palabra es sonido exterior que muestra la verdad interior. Por eso el hombre se define y expresa por la palabra; cuando queremos alabar a un hombre honrado y justo, que hace lo que dice, lo definimos como “hombre de palabra”.

Navidad es el misterio de la Palabra encarnada. Al leer el denso y maravilloso prólogo del evangelio de San Juan recordamos y celebramos que la Palabra se hizo carne y vino a nosotros. Y al mismo tiempo constatamos que los hombres no la recibieron, no la conocieron y cerraron sus puertas.

En la Navidad primera y en la Navidad de hoy Dios viene a nosotros y quizás nosotros nos resistimos a recibir a Dios. Como los habitantes de Belén es más cómodo no enterarse, no recibir verdaderamente la Palabra y contentarnos con un “felices pascuas” cantando un villancico, pero no colaborando para que se haga realidad la Navidad.

El hombre cada vez domina más la palabra, habla más lenguas, escribe más libros, redacta más informes y artículos; y a la vez miente más con la palabra. Dios, en cambio, muestra su Palabra total y definitiva en Cristo, se nos hace más cercano con su Palabra encarnada y nos revela que en la palabra “amor” se condensa toda la ley y los profetas. No creemos en un Dios mudo, sino en un Dios que ha hablado, que ha enviado al mundo su Palabra de salvación, por eso lo proclamamos en la Plegaria Eucarística segunda de este modo:

Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas;
tú nos lo enviaste
para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo
y nacido de María, la Virgen,
fuera nuestro Salvador y Redentor.
Él, en cumplimiento de tu voluntad,
para destruir la muerte y manifestar la resurrección,
extendió sus brazos en la cruz,
y así adquirió para tí un pueblo santo.

Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12 Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20
Efesios 1, 3-6. 15-18 San Juan 1, 1-18

Comprender la Palabra

El fragmento del Libro del Eclesiástico que se lee este domingo del Tiempo de Navidad, pertenece al bloque consagrado a la excelencia y postulados sociales de la Sabiduría. Y más concretamente, a la sabiduría de Israel y sus frutos.

La Sabiduría era el arquitecto de la Creación. Dios mira a su Sabiduría-Palabra cuando creaba el mundo. Por medio de ella fue creado todo y sin ella nada se hizo. Contemplando limpiamente la creación contemplamos la Sabiduría de Dios. La presencia de la Sabiduría-Palabra es estable y permanente, habita en medio del pueblo y para siempre. El pueblo de Israel pudo gozar de este don. Hoy la sabiduría echa raíces profundas en la Iglesia y en los creyentes. Podemos recurrir a ella en los avatares y situaciones difíciles y complejos de la vida. Está ahí, cerca, caminando codo con codo con nosotros. Es necesario abrirse, hacerle espacio, habituarse a contemplarla. Ella no se va y es siempre luz. Y nuestro mundo la necesita.

La segunda lectura pertenece a la introducción a la carta a los Efesios en que se desarrolla el misterio de Cristo y de la Iglesia. Hoy sigue vigente la bendición de Dios. Los creyentes somos convocados a ser testigos de esta bendición y expresarla con la vida y la palabra. La bendición produce el fruto de la felicidad y del gozo que tanto necesitan los hombres de nuestro tiempo que se sienten vacíos y atenazados por la ansiedad. Dios está ahí hecho bendición para todos en Jesús que se hizo hombre real para estar en medio de los hombres de todos los tiempos.

El prólogo del evangelio de san Juan, al que pertenece el texto evangélico de hoy, es una síntesis de las actuaciones de la Palabra. Ésta pertenece a la eternidad y estaba al lado de Dios y era Dios verdadero. La Iglesia quiere que en este tiempo de Navidad dirijamos la mirada respetuosa a la creación. ¡Ese niño es la Palabra eterna de Dios por la que lo creó todo! Los creyentes podemos entrar en díalogo con la Palabra más directamente por la presencia humana en Jesús. Nuestro mundo necesita esa palabra de humanización y dignificación que le abra al horizonte que Dios ha
preparado para los hombres. urge hacerla presente y creíble.

La celebración de la Navidad nos permite actualizar hoy aquel gesto incompresible pero verdadero: la Palabra se ha hecho hombre con toda su capacidad de sufrimiento, de comunicación y de solidaridad. En nuestra peregrinación por este mundo alguien camina junto al hombre, junto a todo hombre. Todo el proceso de la Palabra eterna en la creación, en la historia de los hombres, en la historia de Israel y en la encarnación tiene como finalidad hacer de los hombres hijos de Dios. Dios ha revelado su Palabra, y la ha enviado al mundo para nuestra salvación. el hombre, además de ser imagen de Dios por la presencia de la Palabra y del Espíritu, es su propio hijo adoptivo con todos los derechos (cf. Rm 8,17). Ésta es la verdadera Navidad. Somos invitados a disfrutarla gozosamente, a compartirla generosamente, a actualizarla constantemente en medio de nuestro mundo.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


EL BAUTISMO DEL SEÑOR

La fiesta del Bautismo del Señor se celebra el primer domingo después de la solemnidad de la Epifanía y señala la culminación del ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es así mismo, el domingo que da paso al Tiempo Ordinario o tiempo durante el año, al ser el primer domingo de este tiempo litúrgico.

El significado del Bautismo de Señor es múltiple y variado, pues mira no sólo al hecho en sí, sino también a su transcendencia para nosotros, se centra en los que tiene de manifestación (epifanía) para nosotros: “Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo asumió la realidad de nuestra carne para manifestársenos, concédenos, te rogamos, poder transformaros internamente a imagen de aquel que en su humanidad era igual a nosotros”. (colecta 2).

Esta celebración revela la condición mesiánica del Siervo de Dios, sobre el que reposa el Espíritu Santo (Is 42,1-4.6-7: primera lectura) y ha sido ungido en vistas a su misión redentora (Hch 10,14-38: segunda lectura). Con su mansedumbre, demostrada en su manera de actuar, este Siervo es “luz de las naciones” (Is 42,1-9;49,1-8: lectura bíblica del Oficio de lectura).

El Bautismo de Cristo es revelación, también, de los efectos de nuestro propio bautismo: “Porque en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo” (Prefacio). Jesús al entrar el agua la santificó y la hizo santificadora, “y, sin duda, para sepultar en ella a todo el viejo Adán, santificando el Jordán por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua” (S. Gregorio Nacianceno). Esta consagración es el nuevo nacimiento (Cf. Jn 3,5), que nos hace hijos adoptivos (cf. Rom 8,1; oración colecta).

El fruto en nosotros de esta fiesta ha de ser “escuchar con fe la palabra del Hijo de Dios para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos suyos” (oración después de la comunión; cf. Jn 3,1-2).


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 5:
1 Juan 3,11-21. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Juan 1,43-51. Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel.
Martes 6:
Is 60,1-6. La gloria del Señor amanece sobre ti.

Sal 71. Se postrarán ante tí, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Ef 3,2-3ª.5-6. Ahora ha sido revelada que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Mateo 1-12. Venimos de Oriente a adorar al Rey
Miércoles 7:
1 Jn 3,22-4,6. Examinad si los espíritus vienen de Dios.

Sal 2. Te daré en herencia las naciones.

Mateo 4,12-17.23-25. Está cerca el reino de los cielos.
Jueves 8:
1 Jn 4,7-10. Dios es amor.

Sal 71. Que todos los pueblos de la tierra se postren ante tí, Señor.

Mc 6,34-44. Jesús se revela como profeta en la multiplicación de los panes.
Viernes 9:
1 Jn 4,11-18. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros.

Sal 71. Se postrarán ante tí, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Mc 6,45-52. Lo vieron andar sobre el lago.
Sábado 10:
1 Jn 4,19-5,4. Quien ama a Dios, ame también a su hermano.

Sal 71. Se postrarán ante tí, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Lucas 4,14-22a. Hoy se cumple esta Escritura.


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