Policarpo, obispo y mártir (c. a. 69-155)

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Santos: Policarpo, obispo y mártir; Celso, Félix, Ordoño, Wiligioso, obispos; Primiano, Florencio, confesores; Lázaro, Antonio, Dositeo, monjes; Romana, Milurga, Marta, vírgenes; Sereno (Sireno), monje y mártir; beata Rafaela Ibarra, fundadora de las RR. de los AA. Custodios.

Lo llamaban «el padre de los cristianos», incluso los que no lo eran. Y san Jerónimo lo llama pomposamente «príncipe de Asia». Hay abundancia de fuentes para señalar los rasgos más fuertes de su personalidad altamente significativa y venerada en extremo por la proximidad con los que estuvieron en contacto directo con el Salvador.

Situado en la época de los Padres llamados Apostólicos, obispo de Esmirna (hoy Izmir, Turquía).

En la Vita Polycarpi se afirma que se bautizó siendo un adolescente; no obstante, parece ser que debió de recibir el bautismo siendo un bebé. Y no se tenga esta probabilidad que apunto por una afirmación gratuita para apoyar la secular costumbre vivida en la Iglesia católica que bautiza a los pequeños siendo infantes y gravando, además, la conciencia de los padres para que no retrasen el bautismo de sus hijos sin grave motivo. La razón de peso es que, según refiere el Martyrium Polycarpi, al ser interrogado por el procónsul durante el proceso de su martirio, Policarpo afirma que lleva ochenta y seis años de vida cristiana y supondría hacerle llegar casi centenario al martirio si se retrasara su bautismo y este detalle de longevidad no hubiera sido ignorado por el autor del Martyrium, ni tampoco sería compatible con el viaje que hizo a Roma alrededor del año 154. De este análisis se deduce con lógica que debió nacer en una familia de padres cristianos y, muy probablemente, procedentes no de la comunidad judeocristiana.

Ya en el 110 aparece como obispo de Esmirna. Es destinatario de una de las cartas que san Ignacio de Antioquía –otro Padre Apostólico– escribió desde Troas, agradeciéndole su hospitalidad y las atenciones recibidas.

San Ireneo de Lyon, que lo había conocido en Esmirna, afirma en Adversus Haereses que había recibido directamente las enseñanzas de los mismos apóstoles y que estos lo habían hecho obispo de Esmirna, relacionándolo directamente con el apóstol san Juan. Tertuliano abunda en los mismos datos.

Notable debió de ser su apostolado y cuidado de la comunidad esmirniota por las afirmaciones que se encuentran en la literatura directa o tangencial. Debió de practicar la caridad aprendida del apóstol Juan con especial esmero; luchó contra el paganismo con intrepidez y rechazó enérgicamente las herejías de Valentín y Marción, al que llegó a llamar «primogénito de Satanás».

Se sabe que Policarpo marchó a Roma por el año 154 o 156 en el pontificado del papa Aniceto (155-166) para determinar la fecha de la Pascua, que en Occidente se celebraba siempre en domingo y en Oriente el día 14 de marzo, fuera el día que fuera de la semana. Ninguno llegó a convencer al otro; no se consiguió unificar criterios; siguieron cada cual en su postura, aunque salvaron la paz. A su vuelta de la Ciudad Eterna se encontró con la persecución.

Escribió varias cartas, pero solo se conserva la escrita a los fieles de Filipo en Macedonia, que fue enviada en un mismo paquete junto a otras dos cartas de Ignacio que aquella iglesia le había pedido. Por la antigüedad de los testimonios conviene hacer mención de que en ella escribe una profesión de fe en Jesucristo, afirmado como sacerdote eterno en palpable afinidad con la carta a los Hebreos, resucitado de entre los muertos como prueba de que es el Hijo de Dios; hay también una diatriba contra los docetas que negaban la realidad corpórea de Jesús, y una exhortación a los cristianos para que sean «fieles a las tradiciones recibidas desde el principio».

Murió en la persecución de Decio, después de esconderse y ser delatado por la traición de un esclavo. Le exigieron la blasfemia de maldecir a Cristo; como se negó rotundamente, lo ataron a un palo y lo quemaron en la hoguera. Debió de suceder el 23 de febrero del 155 o el 22 de febrero del 156.

El «Martyrium Polycarpi» –obra de la que no hay ningún motivo para dudar de su autenticidad– parece que se escribió antes del primer aniversario de su muerte; es una carta escrita desde la iglesia de Esmirna a la de Filomenium, villa de Frigia, y en el documento se hace alusión a las «cenizas recogidas de su cuerpo para enterrarlas en lugar adecuado». Afirma el autor que el martirio es la perfecta imitación de Jesucristo. Contiene, además, fragmentos de oración litúrgica eucarística con reminiscencias bíblicas abundantes y también una doxología trinitaria, que bien pudiera ser un añadido posterior.

De la «Vita Polycarpi» hay que decir que es más bien una obra de imaginación escrita, probablemente, en el siglo IV, y no demasiado fiable.

Eusebio relató que tres días antes de su muerte soñó en un terrible incendio en el que vio su almohada consumida por el fuego y comentó: «me quemarán vivo». En recuerdo de este hecho, se le invocó durante siglos –cuando no había tantos especialistas otorrinos– contra el mal de oídos.

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