wantedExactamente igual que aquellos cartelones de las películas, ¿se acuerdan? En los western siempre había un cartel de “Se busca” en las fachadas de madera del lejano Oeste. Inmediatamente debajo de la foto del maleante, se añadía la cuantía de la recompensa, quizá porque la búsqueda del tipo peligroso se dotaba de aliciente cuando había dólares de por medio. Es una mala costumbre propiciar que los hijos hagan las cosas por un precio, que vayan a por el pan y se queden con las vueltas, que acompañen por unas horas al abuelo para así ganarse unos dineros para el finde. Es un proceso perverso, el fenómeno olvida la profunda gratuidad con la que Dios plantó los árboles, puso aquellos dinosaurios provisionales, dejó que las piedras se mecieran por el agua. En todo cuanto existe hay una marca de fabrica que no ofrece más recompensa que el disfrute en sí. Qué tristeza para el Señor encontrarse tras meses de trato con sus discípulos, que estos le siguen porque exigen recompensa, “ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”, como diciendo, “oye, acuérdate de lo nuestro, que bastante hemos hecho con esto de seguirte sin condiciones, como para no recibir nada a cambio”. El Señor siempre tenía que cargar con el yugo de los suyos. Le debían hacer mas daño sus comentarios que el desplante de los que aún no lo conocían. ¿Pero es que no les bastaba su compañía? ¿Es que el amado espera una recompensa de su amada más allá de ella misma? Todos los que deciden unirse de por vida, dejan de buscar acomodo en otros pagos, andan satisfechos con la alegría de la mutua compañía. Lo dejó bellamente escrito Pedro Salinas en aquel poemario maravilloso “La voz a ti debida”, cuando hablaba de la felicidad de vivir en los pronombres: tú y yo, y eso bastaba, “quítate ya los trajes,/ las señas, los retratos;/ yo no te quiero así,/ disfrazada de otra,/ hija siempre de algo./ Te quiero pura, libre,/ irreductible: tú”. Recuerdo después de un madrugón en Bombay, ver a una mujer arrodillarse delante de un monje budista y cederle una bolsa de comida. El misionero que estaba a mi vera me dijo, “eso lo hace no por generosidad, sino para ganarse una mejor reencarnación, para comprar su futuro”. No has nacido para ganarte un hotelito en el más allá, sino la amistad con Cristo.