Semana de oración por la unidad de los cristianos: superar la dureza de corazón

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Los hombres que estaban observando a Cristo no tenían ninguna rectitud de corazón, más bien al contrario. Hasta el punto de, tras la prueba de la autoridad de Cristo, con la realización del milagro, “en cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él”. Esa cerrazón de mente y de corazón les impide alegrarse por la curación y, peor aún reconocer la autoridad de Jesús. No se alegran porque no tienen ninguna compasión por el “hombre que tenía la mano seca”.

Seremos constructores de unidad en la medida en que sepamos compadecernos de los demás. Una escuela para aprender esa compasión, para tener un corazón compasivo y misericordioso, es la convivencia diaria. La “caridad – nos recordaba el Concilio Vaticano II – no se ha de poner solamente en la realización de grandes cosas, sino, y principalmente, en las circunstancias ordinarias de la vida” (Gaudium et spes 38). Aprender a tener paciencia con los defectos de los demás, ayudarles a superar limitaciones y hacerlo con humildad y sencillez. Aprender a superar la estricta justicia, como decía San Juan Pablo II: “el amor se transforma en misericordia, cuando hay que superar la norma precisa de la justicia: precisa y a veces demasiado estrecha” ( Dives in misericordia 5).

Recordábamos en el comentario del lunes pasado lo que nos enseñaba San Juan Pablo II en la Carta Novo Milenio número 43: “en fin, espiritualidad de la comunión es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias”. Para superar esas envidias hemos de saber reconocer las cualidades y dones de aquellos que conviven con nosotros, con los que tenemos cerca.

Hay una permanente tentación de fomentar la comprensión hacia quienes están lejos de nosotros. C. S. Lewis lo describía muy bien: “hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria. (…) Todo tipo de virtudes pintadas en la imaginación o aprobadas por el intelecto, o, incluso, en cierta medida, amadas y admiradas, no dejarán a un hombre fuera de la casa de Nuestro Padre: de hecho, pueden hacerle más divertido cuando llegue a ella” (C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, RIALP 1994, p.44, carta VI).

Si los cristianos abriéramos nuestra mente y nuestro corazón a la enseñanza y el testimonio de las obras de Cristo, no estaríamos divididos y sabríamos reconocer “las grandezas del Señor” y proclamarlas. Se lo pedimos a Nuestra Madre del Cielo.

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