Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: Misa del día – 27/03/2016

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Comentario Pastoral

EL PRIMER DOMINGO DEL AÑO

Hoy se estrena el «aleluya», hoy renace la luz, hoy es nueva la llama del cirio. La tumba está vacía, los ángeles luminosos se aparecen, las mujeres se turban, Magdalena de pronto ve al Maestro, los discípulos se conmueven, dos apóstoles corren hacia el sepulcro, otros dos se marchan tristes camino de Emaús. ¿Qué ha pasado? Cristo ha resucitado, ha vencido a la muerte, ha triunfado sobre el pecado. Pascua es la fiesta de la alegría en nuestra certeza final de la Resurrección.

Hoy es el primer y principal domingo del año litúrgico, con dos celebraciones singulares que se complementan: la vigilia pascual de la noche y la misa del día. La liturgia no se cansa de repetir el mismo estribillo: «Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebramos la Pascua. Aleluya». El entusiasmo de la Iglesia se expresa en la bendición de este domingo: «Éste es el día en que actuó el Señor». Después de las tinieblas de la Semana Santa se ha levantado para siempre el sol de la Resurrección. Por eso los creyentes en Jesús cantan el cántico nuevo, el himno de la liberación definitiva, el aleluya sin fin. Hoy celebramos al Cristo de la gloria, al Resucitado, al Primogénito de entre los muertos, que es prenda de nuestra resurrección futura.

Este Domingo de Resurrección es tan grande que la Iglesia convierte casi en domingo los ocho días que le siguen, celebrando la octava de Pascua. Parece como si la Iglesia no quisiera acabar este gran domingo, fiesta de las fiestas y solemnidad de las solemnidades. Su grandeza es tal que toda la comunidad cristiana se siente hechizada con un mismo sentimiento de júbilo. Esta octava está consagrada, ante todo, a la toma de conciencia del hecho mismo de la Resurrección de Cristo y al recuerdo del Bautismo.

Conforme a una antiquísima tradición, común a la mayoría de las Iglesias, se leen los Hechos de los Apóstoles durante estos ocho días y a lo largo del tiempo pascual que culmina en Pentecostés. Este libro es una especie de continuación del Evangelio según San Lucas. Dicho evangelista describe en este tomo segundo de su obra el nacimiento y desarrollo de la Iglesia, de la misma forma que en el Evangelio describió el nacimiento y ministerio de su fundador. Muestra la vida y expansión de la Iglesia bajo el influjo del Resucitado y del Espíritu Santo, que fue enviado por Jesús ya desde sus comienzos. A lo largo de esta octava se leen también los textos evangélicos que narran las apariciones de Jesús, textos que renuevan el júbilo de la Pascua.

Andrés Pardo

 


 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23
Colosenses 3, 1-4 san Juan 20, 1-9

de la Palabra a la Vida

¿Con qué se queda la Iglesia en la mañana de Pascua, de lo sucedido anoche? ¿Cómo trata de ordenar el misterio glorioso de la Vida venciendo a la muerte, del sentido aniquilando al caos? “Este es el día en que actuó el Señor”, esa es la conclusión de lo sucedido. Verdaderamente “ha sido un milagro patente”, y nosotros no podemos menos que contarlo. Por eso en la mañana del domingo la victoria de Cristo resalta la importancia de los testigos. Y escuchamos las palabras de Pedro en Cesarea, en casa de Cornelio, relatando su experiencia porque Dios “nos lo hizo ver”.

Es la experiencia del diácono Felipe, la de san Pablo, de la universalidad de la Iglesia, ofrecida por el que ha quedado como cabeza de la misma. La salvación que ha sucedido no es para unos pocos, es para todos. Los discípulos nos ofrecen un testimonio eclesial de la Pascua de Cristo: no es sólo que Él esté vivo, sino que su Pascua se ha convertido en nuestra Pascua. Todo aquel que crea en las palabras de un testigo, entrará a formar parte del grupo de los testigos, podrá recurrir a la palabra de Pedro o de los otros para explicar el contenido de la que ya es también nuestra fe.

El misterio de Cristo que creemos no se guarda en el corazón sin más: pide contarlo, como hace Pedro. Y la fuerza para contarlo nace de que los discípulos van a aprender a reunirse cada ocho días. En esa reunión con el Señor, Él mismo les dará la fuerza para ser sus testigos. Esa celebración es la celebración de la Iglesia, que el domingo de Pascua está marcada por el rito que la inicia, la aspersión con el agua, el recuerdo del bautismo: por esa agua nos apropiamos de la Pascua de Cristo.

El don pascual hace permanentemente en la Iglesia nuevos testigos: la segunda lectura es una llamada a abandonar la corrupción y la maldad a cambio de la sinceridad y la verdad. Ese cambio testimonia el encuentro con el resucitado, un encuentro que ha calado a lo más profundo de nuestro ser y que actúa sobre nuestra voluntad y sobre nuestras decisiones: también ellas experimentan la fuerza de la victoria pascual.

Si esta es nuestra comprensión de la fe, entenderemos la profunda importancia de la celebración de la Iglesia. En ella se da la realidad del encuentro con el Cristo resucitado, glorioso, que nos comunica su resurrección, su gloria. En ella aprendemos a no hacer nada al margen de Cristo sino en pos de Él. Así se cierra la liturgia de la Palabra con el mismo testigo con el que se abre aquel al que Cristo llamó en Cesarea a ponerse tras Él y seguirle, “vio y creyó”. Ese es el testimonio que ofrece en casa de Cornelio y que viene a ofrecer en nuestra casa hoy. Cornelio creyó y con él toda su casa.

El misterio Pascual viene a nosotros hoy traído por la Iglesia como testigo de la resurrección del Señor. Verdaderamente, el que murió fue el que resucitó, y por la fe nos llama a ser una humanidad renovada por la Pascua. Celebremos este día, acojamos alegres este feliz testimonio, y experimentemos cómo la fuerza del Señor, que ha roto las ataduras de la muerte, rompe también las ataduras del pecado en nuestra vida.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Para la semana: la Octava de Pascua

Estos ocho días que la Iglesia celebra como uno solo (y con el grado de solemnidad) nos ofrecen una lectura característica en el evangelio cada día: las apariciones del resucitado. Las miróforas, los dos de Emaús, los discípulos pescando… en lo que todos aquellos contemplaron se apoya nuestra fe. Ellos son los testigos que confesaron haber visto al Señor vivo, vencedor de la muerte. Sin su testimonio, no tendríamos nada.

Por eso, la primera lectura nos ofrecerá los primeros testimonios apostólicos de la resurrección de Cristo, los primeros discursos, las primeras explicaciones de la fe de los cristianos en la resurrección y en el resucitado. Ellos no pueden callar lo que han visto y tampoco lo que han comprendido: que sólo en Cristo está la salvación de los hombres, que no hay otro Salvador en la historia más que el resucitado.

En esta Octava, lo mismo en Hechos que en las oraciones colecta y en las preces de cada día, adquieren especial relevancia los neófitos, aquellos que en la noche de Pascua entraron a formar parte de la Iglesia y ahora acuden cada día a ser instruidos, a completar su iluminación con la Palabra de Dios en Pascua.


Diego Figueroa

Para la Semana

Lunes 28:
Hch 2,14.22-33. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en tí.

Mt 28,8-15. Comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
Martes 29:
Hch 2,36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesús

Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra.

Jn 20,11-18. He visto al Señor y ha dicho esto.
Miércoles 30:
Hch 3,1-10. Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda.

Sal 104. Que se alegren los que buscan al Señor.

Lc 24,13-35. Lo habían reconocido al partir el pan.
Jueves 31:
Hch 3,11-26. Matásteis al autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

Sal 8. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!.

Lc 24,35-48. Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día
Viernes 1:
Hch 4,1-12. No hay salvación en ningún otro.

Sal 117. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Jn 21,1-14. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Sábado 2:
Hch 4,13-21. No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.

Sal 117. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Mc 16,9-15. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

 

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