La mascota bajo control

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

la fotoLa humanidad entusiasta de la vida, porque hay mucha gente que vive sin entusiasmos, se divide en enamorados de perros y enamorados de gatos. Yo me cuento en el segundo grupo, y soy además del subgénero de los que piensan que la mirada del gato lleva menos irracionalidad de la que se le presupone. Pero esto es otra historia. Los que tienen un labrador y le enseñan a que te traiga el palo, se haga el muerto, te dé una patita, luego la otra, se muestran muy celosos de las virtudes de su mascota. Pero a los del segundo grupo nos parece que el pobre perro se deja hacer, es sumiso, pachón, esclavo. Nos gusta el corazón indómito de nuestro gato, que no se presta a domesticaciones porque su estado puro es el de una libertad de fábrica.

Todos quisiéramos controlar la vida como a nuestro labrador, saber que la fidelidad de la persona con la que nos casamos es intachable, que nuestros hijos descubrirán el camino mejor para sus vidas de una forma sencilla, como la fruta que cae del árbol, que nuestra fe en Dios se nos regaló una vez para siempre y nos sobra el entusiasmo por pelearla. Queremos el control, como Tomás quiere reducir a Cristo a una prueba de existencia, no a la aventura de llegar hasta la espesura de sus entrañas. Una vez me dijo un chaval que si le enseñaba una foto de Dios, creería en Él. Qué fácil resulta creer en algo que se puede controlar, como una foto, como a mi labrador.

La aventura comienza cuando el que tengo enfrente es un misterio, y todo lo que hace se escapa a mi poder. El matrimonio cristiano es justamente el acto de fe de los discípulos que creen sin ver, porque las pruebas de que la cosa saldrá bien están por llegar. Tomás quería todo en bandeja, quería sentarse delante del televisor y que le fueran regalando realitys uno tras otro, que le entretuvieran. Cristo no se deja atrapar porque sabe que el dedo en la llaga y en el costado no son causa de fe, a lo sumo son causa de sorpresa, pero la onda expansiva de toda sorpresa tiene límites. Los milagros no curan el alma, sólo cura el tamaño de la confianza en Él. Ir por la vida “sin otra luz ni guía sino la que en mi corazón ardía” (Juan de la Cruz)

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