Domingo de la 5ª semana de Pascua. – 24/04/2016

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Comentario Pastoral

LA NOVEDAD DEL AMOR CRISTIANO

Lo nuevo siempre tiene atractivo y se acepta casi sin reservas, aunque comporte esfuerzos y exigencias de cambio. Ordinariamente se vive con el peso de ideas, estructuras y actuaciones viejas.

Los textos bíblicos de este quinto domingo de Pascua hablan de “novedad”. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva” dice el Apocalipsis. “Os doy un mandamiento nuevo” afirma Jesús. Después de veinte siglos de historia de la Iglesia de práctica y vivencia del mandamiento primero y principal de la ley, ¿se puede hablar sinceramente de “novedad”? ¿No suena a tópico decir que la novedad cristiana se traduce en la palabra “amor”, palabra tan exaltada y a la vez tan desgastada? ¿Cuál es la novedad del amor cristiano?

Evidentemente que el amor no es algo nuevo. El afecto, el gozo, el cariño, la pasión, el consentimiento son la expresión constante del amor humano. El amor es sentimiento imperecedero del hombre en la tierra. La novedad cristiana de amor está en la referencia “como yo os he amado”, que manifiesta su perfección y su meta. El amor no es una fría ley, no se puede reducir a un organigrama caritativo y a una institución social, no debe someterse a un calendario con días fijos para amar, no admite límites cortados por un reglamento, una campana o un reloj. El amor auténtico germina y vive siempre en la libertad de poderse expresar siempre.

Cristo nos amó hasta dar su vida. Por eso tiene sentido que el cristiano se consagre al servicio exclusivo de sus hermanos hasta la muerte de uno mismo. Servir a los otros es signo de humillación para la mentalidad común, pero para el cristiano es signo de libertad. No se trata solamente de amar al prójimo, sino de hacerse prójimo del otro y entrar en comunión con él siendo su servidor. Hay que pasar de los desamores al amor.

“Tanto amaste al mundo, Padre Santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo.

Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida.

Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó, envió el Padre, desde su seno, al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo”.

Andrés Pardo

 


Hechos de los apóstoles 14, 21b-27 Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab
Apocalipsis 21, 1-5a San Juan 13, 31-33a. 34-35

de la Palabra a la Vida

Un mandamiento nuevo traerá una ciudad nueva. Esa es la promesa que el Señor hace a sus discípulos al término de la cena eucarística. ¿A qué viene esto hoy? Pasado el ecuador del tiempo pascual, dejado atrás ya el jueves santo… ¿por qué este evangelio del discurso de despedida de Jesús?

Primero, una motivación que encontramos en este evangelio y en el del domingo próximo: preparan ya la ascensión del Señor. Y la Iglesia nos quiere preparar para que nuestro corazón, como el de los discípulos, experimente el desgarro, la separación de aquel que nos ha cambiado la vida y al que vamos a despedir, a dejar de ver. Cristo asciende al cielo, y la Iglesia comienza a despedirle recibiendo sus últimas enseñanzas, sus últimos y fundamentales consejos. El mandamiento del amor es incomparable. Es un signo de lo que somos, un signo de lo que ha sido su vida. Nuestra vida, fiel al mandato del amor, hará presente al que asciende al cielo.

En segundo lugar, por la consecuencia de la Pascua, que crea en nosotros una vida nueva. Una vida según el Espíritu de amor, una vida de resucitados, una vida en la que el miedo a la muerte es sustituido por la generosidad de darse, porque en la Pascua de Cristo hemos visto el fruto eterno de elegir su amor. Por eso los discípulos de Cristo, aquellos que se han beneficiado, y así han reconocido, el amor de Cristo que le ha llevado a morir por nosotros, se identificarán también por esa misma señal. Ya tienen ese amor. Ahora tienen que entregarlo. Es la forma de dar testimonio del Resucitado.

Esta será la forma de crear un mundo nuevo. La Iglesia ha aprendido de su Señor que la transformación del mundo viene por la obediencia a la voluntad de Dios y a sus mandatos: por eso, la visión de la ciudad nueva, la Jerusalén que desciende del cielo, tiene su fundamento en el alimento del amor, la eucaristía. La tierra nueva, la morada de Dios con los hombres, de la que nos habla hoy el Apocalipsis, es la realización del mandato del amor que hace el Señor en el evangelio. Hacia esta Jerusalén definitiva, hacia esa ciudad nueva camina la Iglesia y se nos manda caminar a nosotros.

En la Iglesia, formada por hijos de Dios, pecadores, la debilidad busca hacernos olvidar el destino hacia el que avanzamos, y envejecida por el pecado se arriesga a no llegar a la meta; sin embargo el Señor nos fortalece con su amor, nos exhorta, como Pablo y Bernabé, “a perseverar en la fe diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Cada elección movidos por la caridad nos rejuvenece, acerca la ciudad nueva, que vive del mandamiento nuevo.

La Pascua de Cristo hace que nosotros no tengamos que tirar de nosotros mismos tanto como Cristo, a la derecha del Padre, tira de nosotros. Ese movimiento se realiza en la liturgia de la Iglesia, en la celebración de la Misa y de los sacramentos. ¿Experimento el amor de Dios en la Eucaristía, más allá de lo que siento, de cómo me encuentro? ¿Reconozco el don de su amor en los hermanos, comparto mi fe en la Iglesia, en un grupo? Con ese amor que Cristo nos ha dado, aun sin verla, la Jerusalén celeste se acerca, como novia preparada para celebrar sus desposorios con Cristo.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


26 de abril: San Isidoro de Sevilla, fiesta

España celebra como fiesta, es decir, con Gloria en la Misa y Te Deum en el Oficio de lecturas, a San Isidoro de Sevilla. El gran maestro hispalense “testimonio y fuente del humano saber” (O. Colecta) que presidió el IV Concilio de Toledo, en el año 633, en el que realizó una intervención fundamental para la comprensión de la Iglesia española por su lugar moderador. Un hombre consciente del nuevo país que se formaba y de la nueva liturgia que rezaba, ambas de herencia romana pero influencia visigótica. Uno de los grandes padres de la liturgia visigótica, después mozárabe, autor insigne del primer tratado de liturgia, Sobre los oficios eclesiásticos, y de otras grandes obras.

La liturgia de este día nos lo presenta definido por una palabra que encontramos en las tres oraciones de la misa: “verdad”. San Isidoro, dócil al espíritu de la Verdad, apoyado en el poder de Dios (San Pablo, primera lectura en Pascua) fue un gran buscador de la eterna verdad de Dios, que pedimos también recibir nosotros, los que le celebramos, como “luz” (prefacio propio); una verdad que se manifiesta como “vida propia en la práctica del amor”. Así, la verdad que Isidoro buscó y predicó durante su vida, se probó por su amor, como pastor, al pueblo encomendado.


Diego Figueroa

 

 

Para la Semana

Lunes 25:
San Marcos evangelista. Fiesta

1Pe 5,5b-14. Os saluda Marcos, mi hijo.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Mc 16,15-20. Proclamad el Evangelio a toda la creación.
Martes 26:
San Isidoro, obispo y doctor. Fiesta.

1Co 2,1-10. Vuestra fe se apoye en el poder de Dios.

Sal 118. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

Mt 5,13-16. Vosotros sois la luz del mundo.
Miércoles 27:

Hechos 15,1-6. Se decidió que subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia.

Sal 121. Vamos alegres a la casa del Señor

Juan 15,1-6. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.
Jueves 28:

Hechos 15,7-21. A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios.

Sal 95. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Juan 15,9-11. Permaneced en mi amor, para que vuestra alegría llegue a plenitud.
Viernes 29:

Santa Catalina de Siena, virgen y doctora, patrona de Europa. Fiesta.

1Jn 1,5-2,2. La Sangre de Jesús nos limpia los pecados.

Sal 102. Bendice, alma mía, al Señor.

Mt 11,25-30. Has escondido estas cosas a lossabios y las has revelado a la gente sencilla.
Sábado 30:

Hechos 16,1-10. Ven a Macedonia y ayúdanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Juan 15,16-21. No sois el mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo.


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