Todos conocemos el valor de la vocación sacerdotal dentro de la iglesia. Pero al mismo tiempo, como dice el Catecismo, ya en la época de la Antigua Alianza  todo el pueblo de Israel vivía con la conciencia de ser “un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19,6; cf Is 61,6). Es lo que conocemos por sacerdocio común de todo bautizado. En este día en que la iglesia celebra la fiesta de Jesucristo sumo y eterno sacerdote, quisiera centrarme en lo que esto impulsa nuestra vida cotidiana como laicos.

“Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros, haced esto en memoria mía”. Jesús nos enseña que en la vida se trata de entregarnos, repartirnos para “dar de comer” a los demás con nuestra entrega, cariño, dedicación, esfuerzo. Vale la pena fijarnos en que Jesús habla de entregar su cuerpo, cuando podría haber tomado otra imagen. Este aspecto del cuerpo lo retoma San Pablo en su carta a los Romanos: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto(Rom 12, 1-2).

Cuando pienso en tantas madres que viven las horas de sueño tan recortadas por sus bebés, que trabajan y llegan a casa y preparan la comida o tantos padres que no saben lo que son unas vacaciones desde hace años por sacar adelante a sus familias, creo que estas personas están “ofreciendo sus cuerpos como unas víctima viva, santa, agradable a Dios”. Lo primero son víctimas vivas, por opción, por amor , no solo “víctimas”. Creo que a Dios le agrada la entrega libre y voluntaria y que a través de toda esa entrega concreta. Esta entrega del cuerpo, de las fuerzas físicas, de la preocupación y responsabilidad interna es su culto espiritual, agradable a Dios. En todos esos momentos de sacrificio concretísimo están participando del sacerdocio de Cristo. Quisiera que todas estas personas pudieran descubrir que están “entregando sus cuerpos” para que su familia, amigos, compañeros de trabajo salgan adelante y que en ello cuentan con la aprobación y el profundo agrado de Dios.