La guía de la conciencia

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?” Al leer esta pregunta en el Evangelio nos puede surgir enseguida otra pregunta: ¿Quién es mi guía? ¿Quién gobierna mis decisiones, mis actos? ¿Desde qué criterios juzgo sobre lo que debo hacer o dejar de hacer? En cuanto seres racionales parece que sería la razón, pero en cuanto seres corporales los afectos, los sentimientos también deberían ser tenidos en cuenta. Hay que hacer el bien con alegría. Por ello, en principio, nuestras decisiones y juicios deben hacerse con racionalidad y corazón. La cuestión es como armonizar ambas cosas cuando no apunten en la misma dirección, cuando lo que entiendo que debo hacer no me apetece hacerlo. Para “no ser guiados por un ciego”, ya sean los afectos o la razón, deberemos preparar bien ambos “ojos”.

Cuando nuestra razón juzga sobre lo que debo hacer u omitir ¿sobre qué criterios? ¿cómo “afinar” bien mi razón para acertar con la verdad sobre el bien? Si quiero utilizar bien y sacar todo el partido a un teléfono nuevo, tendré que conocer bien las instrucciones, porque funciona como está previsto por su constructor, no como a mí me parece. De modo similar, los criterios para acertar con la conducta más adecuada, la que me lleva a ser más y mejor persona, deberé preguntar a quien es mi Creador. Por tanto, un primer elemento para que nuestra razón en el juicio sobre nuestros actos deberán hacer teniendo en cuenta los Mandamientos de la Ley de Dios, como decía San Juan Pablo II en al Encíclica Veritatis splendor, el bien, lo bueno, para el hombre Dios nos lo propone en sus Mandamientos. A esos juicios de la razón sobre cómo acertar sobre el bien desde los Mandamientos le llamamos conciencia. Es decir, el juicio de conciencia es un juicio sobre el bien o el mal de un acto concreto, realizados desde los Mandamientos. Si no queremos ser “guiados” por un ciego, deberemos formar bien nuestra conciencia. Así, para no ser guiados por una conciencia “ciega” deberemos formarla conociendo bien el contenido de los Mandamientos, tal y como nos enseña Jesús en el Evangelio. Para ello deberemos leer y meditar el Evangelio y para conocer con seguridad su sentido deberíamos releer el Catecismo de la Iglesia Católica.

El otro “ojo” para conocer lo verdaderamente bueno son los sentimientos. En la mentalidad de hoy se han convertido en el principal criterio de autenticidad: si algo siento que es bueno lo es. Es más son esos sentimientos lo que hacen bueno o malo algo. Por ejemplo, si ante el sufrimiento de una persona con una enfermedad grave y dolorosa, por compasión me puede parecer bien aplicarle la eutanasia. Los sentimientos no ordenados rectamente se acaban convirtiendo en un ciego que guía a otro ciego. En los sentimientos hemos de poner un orden racional. Eso es justamente lo que hacen las virtudes.

Para no ser guiados por un ciego debemos formar nuestra conciencia y empañarnos en adquirir y crecer en las virtudes. Para ello contamos con la gracia de Dios que ilumina nuestro entendimiento para acertar con lo verdaderamente bueno, lo que nos conviene, y fortalece la voluntad para querer el bien y alegrarnos al hacerlo .

María, nuestra Madre es modelo de todas las virtudes y de cómo poner toda la inteligencia, con docilidad, en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Y Dios siempre quiere lo mejor para nosotros. Mirémosla y pidámosle su ayuda para no ser guiados por un ciego.

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