La espera de la venida del Señor es invitación a la vigilancia

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio de hoy forma parte de un discurso sobre la última venida de Jesús, pero son también para el tiempo presente, constituyen una llamada a la vigilancia y a la conversión. No podemos vivir desentendidos de los planes de Dios. “Como en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre: comían, bebías y se casaban hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos”. Volcados sobre las ocupaciones del mundo y olvidados de la necesidad de responder a la llamada de Dios, nos puede sorprender ese día como a quienes vivían en tiempos de Noé.

Es preciso vigilar y evitar la engañosa autocomplacencia de que no somos “mala gente”. Ninguno podemos ser objetivos si somos juez y parte. Además, normalmente nos juzgamos con los criterios del mundo no con los de Cristo. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión, el 10 de diciembre de 2000 en Roma, nos decía: “por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva”. La mirada adecuada sobre el hombre y el mundo, sobre cada uno de nosotros, es la mirada desde Dios. Lo importante no es lo que yo piense, sino lo que piensa Dios. Esta mirada tiene una gran sorpresa, es una mirada llena de verdad ciertamente, pero también de misericordia. Y esto no nos deja a solas con nuestra debilidad.

No tener miedo a ver a dejarnos mirar y conocer por Dios. Es verdad que él no necesita que le abramos el corazón para saber cómo es. Se trata, en el fondo de dejarnos enseñar por él cómo es. Pidamos al Señor esa sinceridad con nosotros mismos, que nos veamos con sus ojos. Este es el camino de la conversión de los hijos de Dios. “¡No tengáis miedo! No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador! (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte” (J. Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, 28). El Cardenal Ratzinger nos decía, recogido en la misma publicación citada: “Conversión” (metánoia) significa precisamente lo contrario: salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios, de su perdón, de su amistad. La vida sin conversión es autojustificación (yo no soy peor que los demás); la conversión es la humildad de entregarse al amor del Otro, amor que se transforma en medida y criterio de mi propia vida”.

Como nos propone el Papa Francisco, “este es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores.” (“Evangelii Gaudium” 3).

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Comentarios (1)

  • Marga

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    Es muy cierto lo que dice comentarista 5. Es necesario “convertirnos” todos los días, y para ello qué necesario es el tan olvidado examen de conciencia todas las noches y renovar los propósitos todas las mañanas.

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