Estanislao de Kostka, religioso jesuita (1550-1568)

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Santos: Leandro, obispo; Diego de Alcalá, Estanilao de Kostka, Homobono, confesores; Arcadio, Pascasio, Probo, Eutiquiano, Valentín, Soluto, Víctor, Antonio, Cebinos, Germán, mártires; Ennata, Maxelinda, vírgenes y mártires; Pablito, niño; Nicolás I, papa; Eugenio, Florido, Bricio, Quinciano, Quiliano, obispos; Leoniano, Pascasio, Donato, Everardo, Marcos, abades; Francisca Javier Cabrini, fundadora.

Entre santos andaba la cosa cuando tuvieron que decidir los jesuitas si admitían o no en el noviciado de Roma a aquel jovencísimo postulante escapado de su tierra y perseguido por su familia, porque la Virgen le había llamado al más puro jesuitismo.

Estanislao era de nacionalidad polaca. Con diecisiete años aún no cumplidos es alumno del colegio que los jesuitas tienen en Viena y ha mostrado su determinación de entrar en la Compañía porque la misma Virgen María se lo ha indicado. Por razones de prudencia humana y sobrenatural se le niega su deseo; no están las cosas para bromas en los tiempos en que el emperador Maximiliano disolvía la Orden en toda Austria (1565).

Es hijo del noble caballero Zatarotzin. La mayor parte de la colonia de estudiantes polaca encuentra acogida y refugio en el palacio del príncipe Kimbercker después de cerrarse el colegio. Resulta que lo que pudo considerarse como un favor providencial que facilitara la formación de los jóvenes, no lo fue tanto para Estanislao cuando se puso de manifiesto la verdadera personalidad del noble vienés. Resultó que este príncipe es un luterano convencido y activo, acérrimo enemigo de cualquier persona o cosa que huela a catolicismo.

Se ha producido un cambio radical de ambiente que dificulta la convivencia juvenil. En el nuevo status no es infrecuente la grosería y la procacidad; se practica abundantemente el desprecio y no es raro llegar a la burla y a la agresión física; el mundo estudiantil de la residencia está pleno de frivolidades; es como un vértigo que influye en la vida espiritual extremadamente fina y delicada del joven Estanislao. ¡Qué lejos quedan ahora la disciplina, el orden la piedad y aquella Salve inolvidable que le «arrebataba» ante el asombro y admiración de sus compañeros, cuando estaba en el recio y cordial ambiente jesuítico! Ahora le ha llegado el momento de sufrir amargura, soledad, desprecio y cantidad de sinsabores a los que añade su personal penitencia.

Su poca salud se resiente en esta situación. Cae enfermo y se pone grave. Por si fuera poco lo físico, el demonio le ronda con visiones y miedos. Pasó quince días entre la vida y la muerte. Ante la negativa del príncipe luterano a que en su casa entrara el sacerdote con el Viático, recibe la comunión milagrosamente por medio de un ángel. Pero llegó la curación de aquella situación extrema y desesperada, curándose de modo inmediato contra todo pronóstico, por mediación de la Virgen que arreglaría las cosas a su manera para que pudiera entrar en la Compañía de Jesús.

A él le costó poner de su parte. Estuvo recorriendo a pie más de setecientos kilómetros, desde Kimbercker, de donde se escapó, eludiendo la persecución organizada por su hermano Pablo y el preceptor Bilinski, hasta la casa de los jesuitas en Tréveris, donde lo recibió el santo Pedro Canisio, en el verano de 1567.

Enviado a Roma el joven polaco que huía de las grandezas de los hombres, fue recibido por otro grande del mundo que también quiso renunciar a la honra humana por Dios, san Francisco de Borja, que en aquel momento era General. Como los santos se entienden entre ellos y conocen mejor que otros los misteriosos entresijos de la acción divina, facilitó la entrada de Kostka en el noviciado de San Andrés en el Quirinal. Estanislao buscará allí a Dios por encima de todo y mostrará su deseo de ir a tierras de infieles para evangelizar.

El hecho experimental de su alma tiene tintes marianos: «La Madre de Dios es mi madre» dirá como frase máxima que encierra toda una intimidad de diálogo inédito con María; en esta realidad vivida a diario encuentra lo profundo de sus fundamentos de entrega confiada.

A este «serafín de amor» –como lo llama algún biógrafo, porque había que calmarle con paños empapados en agua de la fuente el ardor de su joven pecho– lo llamó Dios al cielo en la madrugada del 13 de noviembre de 1568, cuando solo llevaba nueve meses de noviciado.

Aseguran que murió de amor. Pasó cinco días de enfermedad sin importancia, y tuvo solo unas horas de gravedad. Dejó escrita una ingenua carta a la Virgen en la que le pedía la gracia de morirse el mismo día de la Asunción. Y se le concedió.

El ímpetu amoroso fue su enfermedad. Y es que no hay edades para irse, como queda testificado por la experiencia diaria. Pero sucede que, además, los asuntos de cada uno con Dios se resuelven siempre en el misterioso juego de la gracia –que no tiene reglas fijas– con la libertad del hombre que corresponde responsablemente con empeño humano. El resultado final en los santos es que consideraron la fe, la esperanza y la caridad como virtudes para vivirlas, no para teorizar; los que vemos las cosas desde fuera quizá nos dediquemos a teorizar demasiado.

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