Con ocasión de la consideración de la belleza del Templo por parte de algunos, el Señor les lleva a considerar algo más importante: todo esto pasará. El Templo es el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo, su belleza apunta a una presencia que no se esconde en las piedras y joyas. En este discurso Cristo entrelaza tres cuestiones relacionadas entre sí: la destrucción de Jerusalén (ocurrida unos cuarenta años después), el final del mundo, y la segunda venida de Cristo en gloria y majestad, para regir la tierra con justicia y los pueblos con rectitud. En este discurso de alternan profecías que se cumplirán en breve (la destrucción del Templo) con otras que tendrán cumplimiento al final de los tiempos. Con esto Jesucristo ¿quiere simplemente satisfacer nuestra curiosidad sobre los acontecimientos futuros? Jesús lo que pretende con este “discurso escatológico” es evitar el desaliento y el escándalo que puedan producirse ante las dificultades que se avecinan a sus discípulos (y también a nosotros). Por eso nos exhorta: no os dejéis engañar; no os aterréis, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas.

Los cristianos han sido y serán perseguidos. Si alguien en el trabajo se confiesa cristiano o defiende la dignidad del no nacido, etc, le pueden decir de todo menos bonito. Confiar en la Providencia de Dios. “Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestros”. Nos decía en el Ángelus de noviembre de 2007, “queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación de Cristo a afrontar los acontecimientos diarios confiando en su amor providente. No temamos tampoco al futuro aun cuando pueda parecernos oscuro, porque el Dios de Jesucristo, que asumió la historia para abrirla a su meta trascendente”.

En la Iglesia hay un parte, pequeña pero muy importante, los hombres y mujeres que se han consagrado en la vida de clausura, que nos dan un testimonio permanente de la importancia relativa de este mundo, que ellos y ellas han abandonado, preparándose a recibir al definitivo con la segunda venida de Cristo. Es importante recordar que siguen existiendo hombres y mujeres que se entregan al Señor, y por él a la humanidad, que viven orando por nosotros. Es de justicia pedir por ellos y pedir al dueño de la mies que les envíe abundantes vocaciones. Hemos de persuadirnos de cuánto necesitamos estas vida sosteniendo las nuestras.

Es preciso abrirnos a la esperanza, “virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia 1817)

Pidamos a María, esperanza nuestra, que nos ayude a vivir el tiempo presente sin temores y con mirada puesta en los Cielos desde donde vendrá Cristo, como Rey del Universo.