Domingo 4 de diciembre. II de Adviento (A)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La oración colecta de la misa de hoy dice así: “Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida”. Llama la atención la expresión “cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo”, pues quizá el lenguaje más cotidiano del adviento —al menos en la mayoría de homilías— le da más protagonismo a la venida de Cristo que a nuestro ir hacia Él.

Claro que no se trata sólo de esperar: un cristiano tiene también como tarea ir hacia Cristo. Para movernos hacia Él quizá hayan sido importantes en nuestra historia personal algunas exhortaciones de sacerdotes, catequistas o amigos que nos han motivado. De esto queremos tratar hoy.

En el mundo deportivo, un elemento fundamental para la victoria es la motivación que da el entrenador o el capitán, levantando los ánimos en caso de circunstancias adversas, o bien, evitando el relax cuando se está venciendo. También en situaciones tensas, como por ejemplo una batalla, nada mejor que una charla de motivación del general a sus soldados. Una buena exhortación levanta corazones, vence perezas, agudiza el ingenio, une a los dispersos, evapora el derrotismo. Saca lo mejor de cada uno.

San Juan Bautista dirige hoy una exhortación peculiar. A más de uno le parecerá que el profeta vestido de camello no tenía un buen día y estaba hecho todo una furia que descarga sobre fariseos y saduceos. Les dice a la cara “¡Raza de víboras!”. Todo un jarro de agua fría para quienes esperan de un hombre de Dios paños calientes y halagos. Además, es fácil imaginar que esa exhortación no la hizo en voz baja a los que estaban a su lado, sino a pleno grito, en público, para que se enterara todo el mundo. Es el celo de Dios lo que llena de furia al Bautista, como pasará con Jesús con los cambistas del templo.

El Bautista tiene una misión: preparar al pueblo para la llegada del reino de los cielos exigiendo una conversión, un cambio de vida. Para ello, se han de remover en el interior de las personas muchas cosas. ¡Se ha de hacer luz en tanta oscuridad! No es nada fácil romper con la rutina consentida, la superficialidad que abandona tener metas altas, el apego al status conseguido en la sociedad, una vida llena de lujos y desenfrenos, la búsqueda del reconocimiento explícito, el servirse de los demás, etc. Sabemos por experiencia que no sólo afectaban estos males a los fariseos de la época, sino que también nos afecta a nosotros.

Para vencer esos enemigos nada mejor que una exhortación que nos ponga en nuestro sitio, nos ayude a ver lo que no queremos ver, y a mejorar lo que no deseamos cambiar. Cuando un hombre de Dios como el Bautista dice lo que dice, es que la cosa está muy mal. Los dirigentes del Pueblo de Dios están a por uvas. Y eso afecta al rebaño entero.

Pero a veces, unas palabras fuertes dichas a tiempo, con oyentes dispuestos, puede arrancar una conversión. No podemos tener miedo a romper con el pasado, a romper apegos dañinos. Cristo siempre busca nuestro bien, y prepara nuestra vida para servir mejor a los demás. Quizá a veces nos corrija con cierta brusquedad, pero quizá si lo hace suavemente no nos enteramos de nada. Eso es bastante habitual en el género humano.

En este II domingo de Adviento, Juan el Bautista grita en nombre de Dios. Seguro que nos conmueve y nos motiva en nuestro compromiso evangélico.

 

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