Raimundo de Peñafort, confesor (1175-1275)

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Santos: Raimundo de Peñafort, Luciano, presbíteros; Clero, diácono; Julián, Félix, Jenaro, Senador, Próculo y Probo, mártires; Teodoro, monje; Reinoldo, monje y mártir; Ciro, Crispín, Nicetas, Valentín, Ceada, obispos; Canuto Lavard, rey; Alberto, Anastasio, confesores; Macra y Virginia, vírgenes.

En el último cuarto del siglo xiii, cuando está surgiendo una nueva concepción y forma de la sociedad porque pujan las universidades, hay un gran desarrollo de la escolástica, aparecen los municipios, se levantan las catedrales y el Pontificado adquiere supremacía en lo político, la impresionante figura de Raimundo contribuye poderosamente –con su sentido de Iglesia, con los cuidados prestados a su Orden, y con la influencia en los asuntos del reino– a la implantación del orden jurídico y moral que se necesitaba como apoyo estructural que facilitara la difusión del Evangelio y hacer posible el resurgir con fuerza un pujante afán misionero.

Raimundo nació quizá en Villafranca del Panadés, diócesis de Barcelona, alrededor del año 1180. Peñafort sugiere una casa grande en un altozano. ¿Pertenecía su familia a la nobleza feudal? Aparte de conjeturas, poco se conoce del inicio de su vida; el primer dato documentado está datado en el año 1204, apareciendo como escribano interveniente en el testamento de Raimundo Rosanes.

Ya en plena historia de su vida, en el 1211, se le ve estudiante de los dos derechos en Bolonia, la metrópoli de la ciencia jurídica. También enseñó allí y en aquellas clases creció su prestigio.

En Barcelona es uno de los clérigos prestigiosos, según apoya algún que otro documento. La antigua Vita que se escribió poco después de su muerte afirma que fue canónigo de la catedral, pero esto debió de ser antes del 1229 en que ya viste el hábito de los frailes Predicadores del convento de Santa Catalina de esa ciudad, cuando hacía solo dos años que había muerto Domingo de Guzmán, y Jordán de Sajonia está a la cabeza de la entonces discutida familia religiosa tan apoyada por los papas.

Escribió Summa de Poenitentia. Es uno de los libros más difundidos en la Baja Edad Media. Se utilizó como manual de predicadores y confesores en un momento en el que las labores apostólicas a atender se han multiplicado con las nuevas tierras conquistadas de Valencia, Mallorca y Murcia –donde hay mucho moro y judío que convertir– y existe la firme pretensión real de conquistar el norte del continente africano. Precisamente esas necesidades fueron las que propiciaron que entre los dominicos se creara la escuela de lenguas orientales y que el propio santo Tomás de Aquino escribiera la ‘Summa contra gentiles’ a propuesta del mismo Raimundo de Peñafort con el fin de preparar a sus misioneros.

Como consejero, interviene en la fundación de la Orden de la Merced; se le encargó de preparar la predicación de la Cruzada para la expedición de Mallorca y también de organizar la Inquisición para velar por la pureza de la fe, porque abundaban las mescolanzas con distorsiones de la verdad y vida originadas por conversiones poco o nada firmes de judíos y de moros; con el fin de facilitar la tarea escribió un Directorio para los inquisidores con normas muy precisas.

Nombrado confesor del papa Gregorio IX y su penitenciario, influyó en toda la cristiandad, reuniendo las Decretales –todo el código jurídico de la Iglesia– que estaban dispersas, y facilitando su publicación por el papa.

Fue confesor y consejero de Jaime I; influyó en las cortes Generales de la Corona de Aragón. Cumplió el encargo papal de dar provisión a las sedes episcopales vacantes, o de levantar la excomunión en que había incurrido el rey de Aragón que, a pesar de su religiosidad profunda, siempre estuvo en relaciones tensas con los papas; el motivo de estar excomulgado fue por detener en Huesca, en el año 1235, al obispo de Zaragoza, electo arzobispo de Tarragona, cuando se dirigía a tomar posesión de su metrópoli; como Jaime I se puso enfermo y temía al castigo divino, suplicó el levantamiento de la pena para lo que el papa Gregorio IX comisionó a Raimundo. Otra excomunión y lío con obispo, papa y pena fue ya con Inocencio IV por haber mandado cortar la lengua a Berenguer de Castellbisbal, obispo de Gerona, bajo el pretexto de que el prelado había revelado secretos de la intimidad del rey que estaban amparados por el sigilo sacramental; pero en esta ocasión quien intervino fue ya el fraile Desiderio. Raimundo de Peñafort también tocó otros asuntos familiares del soberano Jaime I en permanente litigio en torno a los derechos del infante don Pedro.

Aunque más trabajo le supuso el encargo de dar absoluciones a los incursos en herejía, o el de ocuparse de las dimisiones de obispos, organizar la administración de bienes eclesiásticos y la terrible reforma capitular de Vich.

Por su valía y experiencia, a la hora de suceder a Jordán, lo nombraron en 1238 General de su Orden dominicana o de Predicadores, que era por el momento uno de los apoyos más seguros con los que contaba el papa. Recopiló la legislación interna, redactó las constituciones y, una vez lograda su aprobación, renunció al generalato.

Como no fue un hombre de laboratorio, sino particularmente pastoral y práctico, estuvo adornado del don de consejo con los importantes y extremadamente delicado y justo con la gente sencilla del pueblo. Demostró verdadero fervor por la Misa y fue extremadamente observante de los compromisos de su Orden religiosa, mostrándose –cosa difícil siempre, pero más en su tiempo– constantemente libre del ansia de dignidades y de honores, entendiendo su vida como un servicio.

Murió el 6 de enero de 1275. ¡Cómo no decirlo! A las honras fúnebres asistieron tanto Jaime I, rey de Aragón, como Alfonso X el Sabio, de Castilla.

Se le comenzó a dar culto a raíz de su muerte y Clemente VIII lo canonizó el 29 de abril de año 1601.

Está considerado como la figura central más preclara y representativa de su tiempo. Aunque a veces el Derecho se emplee para salvar al enredador de sus enredos, Raimundo lo puso al servicio de la Justicia –que es cosa de Dios–, teniendo que pasar muy malos tragos que en su amargura eran servicio por su doble cometido de cristianizar a la humanidad y de ordenar de manera más justa el funcionamiento de la Iglesia. Santo oscuro, prosaico, pero extremadamente eficiente.