Marcelo I, papa († 308)

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Santos: Fulgencio, doctor; Marcelo I, papa; Bernardo, Pedro, Acursio, Adyuto, Otón, Julio y Tolomeo, Marino y Esteban, mártires; Honorato, Ticiano, Melas, Valerio, Marcelo y Fausto de Riez, obispos; Rolando, abad; Priscila, virgen; Frisio, confesor.

En la lista de los sucesores de Pedro hace el número treinta. Era una época en la que los papas vivían poco tiempo por las persecuciones. Si ser cristiano era un continuo peligro de perder la vida, ser elegido Pastor supremo, con carácter necesariamente visible, era un boleto con premio de martirio. Eso fue, con sus peculiaridades, lo que sucedió con San Marcelo, que solo pudo gobernar la Iglesia un año, del 308 al 309.

Tenía ya la Iglesia una innegable entidad en el siglo III. Las persecuciones de Decio y Valeriano habían conseguido robustecerla más que aniquilarla. Galieno abrió un período de paz que permitió pudiera organizarse mejor en todo lo que pudiera facilitar la atención espiritual a sus fieles y también con vistas a la difusión del misterio. Entre los años 284 al 305 es emperador Diocleciano que, respetuoso con los cristianos al principio, termina con la más violenta de las persecuciones, la del 303 al 305, sembrando de mártires el Imperio. El papa San Marcelino fue una de sus víctimas en el año 304.

Desde la muerte de este papa no pueden reunirse los obispos para elegir sumo pontífice y vaca la Santa Sede por un paréntesis de tres o cuatro años, dependiendo de que se date en el 307 o el 308 la elección de Marcelo, según se use el catálogo liberiano o se empleen otras fuentes.

El hecho es que, elegido papa el presbítero romano Marcelo –en los días de persecución había sido uno de los firmes puntales de la comunidad–, se impone como tarea principal la reorganización de la Iglesia. Tiene un carácter fuerte, enérgico aunque sereno y templado; como don, la tenacidad en sus propósitos. Habilita nuevas iglesias, reorganiza la jerarquía, consagra obispos y sacerdotes, abre las puertas a la reconciliación –después de una oportuna penitencia– a los famosos «lapsi» que tantos conflictos trajeron a la Iglesia en aquellos tiempos y que habían apostatado por debilidad en los días amargos de la persecución.

Precisamente con este motivo, una sección de la Iglesia comienza a tildar a Marcelo de excesivamente riguroso; otros, en cambio, le consideran blando por conceder el perdón. Es la consabida pugna entre el rigor intransigente y la indulgencia intolerable. Él solo quiere mantener la indispensable disciplina penitencial. Pero en Roma hay revueltas callejeras entre los cristianos; algunos pierden el control y se llega en alguna ocasión hasta la sangre. Majencio hace responsable de los desórdenes a Marcelo y lo condena al destierro. Fue un atropello utilizar la cuestión interna de la Iglesia como pretexto para quitar la cabeza de la religión objeto de odio. En el año 308 o en el 309, según la documentación que se emplee, muere el papa Marcelo en su destierro consumido de dolor y privaciones.

En las actas escritas varios siglos más tarde se adorna el oscuro tiempo de exilio con escenas que engrandecen la vida de Marcelo. Le hacen cumplir los oficios de criado; lo ponen limpiando el establo de sus dueños; alguien lo vio cuando limpiaba las caballerizas públicas de Roma y otros relatan que escribió cartas a los obispos de Antioquía pidiendo incondicional comunión con la Sede de Roma. Esto no se puede afirmar como cierto. Desde luego, maltrecho, desterrado, con la responsabilidad de toda la Iglesia, imposibilitado para cumplir su misión… no lo debió pasar muy bien. Merece las gracias por su generosa fidelidad en el gobierno de la Barca de Pedro que anima nuestro ¡tantas veces! tibio amor y pobre conducta al secundar los silbidos del Buen Pastor.