Enrique de Ossó, presbítero y fundador (1840-1896)

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Santos: Ángela de Mérici, fundadora; Emerio y Cándida, Devota, Maura, Teodorico y Domiciano, confesores; Lupo, Julián, obispos; Julián, Avito, Dativo, Vicente, mártires; Mariano, Mauro, abades; Vitaliano, papa; Pedro Egipcio, anacoreta; Enrique de Osó y Carvelló, fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús; Gamelberto, párroco.

Nace en 1840, el día 15 de octubre, en Vinebre (Tarragona), hijo de Jaime de Ossó y de Micaela Cervelló; aunque su partida de bautismo afirma que fue el día 16, él siempre se fió más del testimonio de su madre que le confirmó su nacimiento coincidente con la fiesta de Santa Teresa de Jesús, que habría de ser su permanente modelo de fidelidad. Él mismo afirma que tuvo «buenos padres, piadosa madre y santos abuelos». Su padre quiso hacerlo comerciante, mientras él quería ser maestro.

El 15 de septiembre de 1854 muere su madre víctima de la epidemia de cólera que asoló media España y este hecho cambia su vida. En el mes de octubre huye a Montserrat a pie y sin dinero; su propósito es claro y no admite resquicios: «Seré siempre de Jesús», le dice a su hermano Jaime cuando es descubierto su paradero. Desaparecen las dificultades familiares y puede ingresar finalmente en el seminario de Tortosa; más adelante se formará también en el de Barcelona. Antes de ordenarse sacerdote –Tortosa, 21 de septiembre del año 1867– asistió a unos ejercicios espirituales predicados por quien luego sería san Antonio María Claret.

Su vida sacerdotal se presenta desde los comienzos plena de oración acompañada de sacrificio, está dispuesto a la entrega a Dios sin condiciones, y tiene un afán apostólico ansioso de enseñar a la gente a conocer y amar a Jesús. Pero los tiempos no se lo facilitaban. Estalla la Revolución «Septembrina» del 1868. Hay dificultades importantes: el seminario cerrado, los sacerdotes casi perseguidos y los bienes eclesiásticos incautados. Solo cuando se suaviza la situación política y social puede rehacerse la normalidad y el obispo le encomienda organizar la catequesis de los niños.

Su celo parece que no tiene límites. Una de las peculiaridades de su vida apostólica es precisamente la capacidad organizativa para dirigir y coordinar los esfuerzos, mediante fundaciones, para que Cristo sea conocido y amado por todos. Al menos cinco fundaciones se pueden contar en su no muy extensa vida sacerdotal en el tiempo: la Asociación de la Purísima Concepción para jóvenes campesinos (1870); Asociación de las Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús, aprobada en 1873, para muchachas jóvenes; la Hermandad Josefina, para hombres (1876); para niños, El Rebañito del Niño Jesús (1876) y la joya más preciosa –que había de ser su alegría y corona de espinas al mismo tiempo–, La Compañía de Santa Teresa de Jesús, que se dedicará a la enseñanza para regenerar el mundo, educando a la mujer según el espíritu de Santa Teresa (23 de junio de 1876), comenzando con ocho jóvenes.

Otra de las facetas de su vida apostólica intensa es la pluma. Funda en 1871 El Amigo del Pueblo, que es un semanario para criticar los artículos anticlericales de «El Hombre»; seguramente lo hizo muy bien porque la censura llegó a clausurarlo en el año siguiente. El año 1872 es pródigo en escritos y publicaciones: le editan Guía práctica del Catequista, funda la revista mensual Santa Teresa de Jesús y publica el libro El Espíritu de Santa Teresa. Le sigue El Cuarto de hora de Oración, que alcanza en vida de su autor hasta quince ediciones y, en la actualidad, llegan a cincuenta y tres. Y finalmente, en 1890, saca a la luz la trilogía El Tesoro de la Juventud, El Devoto Josefino y Tres Florecillas a la Virgen de Montserrat.

Entendió bastante de celos, envidias, rivalidades y traiciones con motivo del largo pleito por la casa-colegio que tuvo que soportar para defender los derechos de la fundación Teresiana desde octubre del 1879 hasta octubre de 1886, recorriendo los Tribunales de Tarragona, de la Rota y de Roma con las sucesivas apelaciones y con el desenlace de la sentencia condenatoria. Conoció el abandono de amigos íntimos, la oposición de sacerdotes y del obispo. Supo de calumnias y de abusos de poder. Eran muchos los triunfos apostólicos, era tan grande la entrega, era tan fecunda la labor, era tan amplio el sacrificio… era demasiada la popularidad, había demasiado fuego en sus palabras, eran demasiadas las obras emprendidas, era demasiado el trabajo y demasiada la oración. En fin, era demasiado santo. Las pruebas de la justicia de su causa –que le sobrepasó en vida–, fraudulentamente ocultadas en su momento, no fueron descubiertas ¡hasta el 1967! en los archivos vaticanos.

Sufrió también pasión y sufrimiento sin cuento por la mala marcha de la Compañía de Santa Teresa de Jesús y por el mal gobierno general que de ella hace Rosario Elíes, la primera Superiora elegida según las Constituciones, que está enferma y por ello incapaz del desempeño del cargo, atornillada a su asiento y apegada al mando, desprovisto de autoridad y solo deja la casa central donde ya no disfruta de cariño, ni aprecio.

Muere el 27 de enero de 1896, en el convento franciscano de Santo Espíritu, a 17 kilómetros de Sagunto, en Gilet, probablemente por un fallo cardíaco. Han sido 55 años de vida y 28 de sacerdote.

El 16 de junio de 1993 es canonizado por el papa Juan Pablo II, en Madrid.