La Presentación de Jesús y la Purificación de la Virgen

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La Presentación del Señor. Santos: Catalina de Ricci, virgen; Cornelio, el Centurión; Lorenzo, Flósculo, obispos; Cándido, Fortunato, Aida, Feliciano, Firmo, Aproniano, mártires; Adalbaldo, confesor; Juana de Lestonnac, fundadora.

Con medio euro nuestro se hubiera podido pagar el rescate del Niño.

Aquella era una ley vieja de la Vieja Ley. Y decía: «Conságrame todo primogénito. Todos los primogénitos de entre los hijos de Israel, tanto de los hombres como de los animales, míos son». Lo decía el libro del Éxodo.

Se hizo necesaria esa disposición para atender a las necesidades del culto; pero cuando la tribu de Leví –los levitas– se hizo cargo de ese cometido, ya no se hizo necesario el cumplimiento en cuanto se refería a los niños; en adelante, podría lograrse su exención mediante el pago de cinco siclos. Y ni siquiera era necesario llevar al bebé a Jerusalén, bastaba el pago del impuesto, después de treinta y un días de nacido.

Otra disposición legal –aparece en el libro llamado Levítico– se refería a las madres y consistía en purificarse de la impureza –solo legal– mediante un sacrificio de dos pichones en el templo, que también podía realizarse por tercera persona, si había causa suficiente para que la mamá se pudiera ausentar.

Ni Jesús –infinitamente por encima de una ley ritual transitoria–, ni María –Virgen Inmaculada, santa sobre todas las madres santas– están obligados. Solo la obediencia, humildad y respeto a las instituciones legales del Pueblo de Dios los motivan.

De todas formas, desde Belén, podían hacerse las dos gestiones en el día y regresar sin apretura de tiempo. Probablemente un burro acompaña a la familia de José y sirve de vehículo para tan ligera carga.

Entra en la escena del Templo un dúo importante por lo curioso de ser muy ancianos y curiosos ancianos por lo importante que dicen.

Simeón, un iluminado, un santo, un profeta y un poeta en la misma persona. Este anciano, que se nos antoja amigo desde el principio, acuna al niño en sus brazos huesudos, bendice a Dios y dice que está dispuesto a morirse porque ya ha visto todo lo que tenía que ver. Canta un improvisado poema lleno de metáforas que hablan de apertura de cárceles, relevo de centinelas, amaneceres claros, cadenas rotas y describe horizontes universales. Con el niño que tiene en brazos llega un mundo nuevo a estrenar. Es la salvación; aunque casi tartamudea para hablar de espadas que cortarán dolorosísimamente las fibras más sensibles y delicadas del alma de María, como condición para ese gozo proféticamente contemplado.

El otro personaje es Ana, la hija de Fanuel. Con sus ochenta y cuatro años –que son muchos– aún mantiene un corazón joven, capaz de sensibilidades y finuras de enamorada que le transportan a la alabanza, a la bendición y a decir a todos con alborozo que en el chiquillo aquel están las claves de la tan esperada redención liberadora.

Las iglesias acentuaron uno y otro aspecto de modo distinto; unas cargaron la fiesta en la contemplación de Jesús presentado y otras recargaron el gesto de la Virgen purificada. La incansable viajera Eteria conoció la alborozada fiesta de Oriente –ellos casi siempre fueron los primeros en la celebración de los misterios– y la describió como inyección de optimismo y esperanza para los cristianos que se reunían en Jerusalén para celebrarla.

Con el paso del tiempo llegó todo el símbolo –mudo y silencioso, pero con multicolor elocuencia explosiva– expresando al Niño en la candela y llamando a la Virgen Candelaria. Es la incontestable pedagogía que expresa el símbolo de alegría y gozo con la luz y, con lógica, llama candelero a quien la porta. Porque Cristo es el «resplandor» de Dios, «luz de luz», «luz del mundo» para ver la creación y en ella los hombres –cada uno en su situación– con una claridad nueva, aquella de la Resurrección, con la que «da la vida a los hombres». Y Candelaria está sugiriendo el beso caliente de las candelas encendidas cuando hace frío; trae el eco siempre audible del «caminad como hijos de la luz» que se participó en el bautismo con el otro símbolo de la entrega de vela o cirio, encendido del pascual, cualidad estrenada, porque antes solo había «tiniebla».

La delicada sugerencia del símbolo es clara también para sentirme «recipiente de barro quebradizo» –tantas veces roto y recompuesto con lañas– portador de luz capaz de quemar e iluminar a otras gentes, con la responsabilidad de vivir en verdad, sin permitir apagón, porque es preciso tener «la antorcha encendida en la mano, mientras se aguarda al Esposo».

Febrero 2017
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