Oración confiada

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La mujer del evangelio, que procede de la gentilidad, sale al encuentro de Cristo – ¡y se echó a sus pies! – para rogarle por la curación de su hija. La respuesta del Señor a la petición de esta mujer sirio fenicia podría desconcertar a cualquiera: “deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Pero el amor a su hija, que “estaba poseída por un espíritu impuro” le lleva a no echarse atrás e insistir: “Señor, también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Comentando este evangelio en una homilía del 13 de febrero de 2014, no decía: “La mujer de lengua griega y de origen sirio fenicio fue a buscar a Jesús. No tuvo vergüenza de la mirada de los apóstoles. Y se acercó a Jesús para suplicarle que ayudara a su hija. No respondió a Jesús con su inteligencia, sino con sus entrañas de madre, con su amor: pero también los perros debajo de la mesa comen las migajas que tiran los niños. Dame de esas migajas a mi. Impresionado por su fe en Señor hizo un milagro (…) Su camino es el de una persona de buena voluntad que busca Dios y lo encuentra. Cada día en la iglesia del Señor hay personas que recorren este camino silenciosamente para encontrar al Señor precisamente porque se dejan conducir por el espíritu Santo”.

Esta mujer nos deja varias lecciones. Una de ellas es la perseverancia en la oración. Cuántos de nosotros dejamos de insistirle al Señor al tardar en concedernos lo que pedimos. Incluso, en ocasiones, nos “enfadamos” con Dios porque lejos de concedernos lo aquello por lo que rogamos parece que las cosas se ponen peor. Es un poco lo que le pasó a esta mujer. Como ella hemos de ser humildes y, confiados, volver a insistirle al Señor. Ella, lejos de enfadarse se dirige de nuevo a Cristo. Muchas veces, como a esta mujer, Dios parece retrasar la concesión a lo pedido para ayudarnos a fomentar la confianza en la providencia de Dios. Él nos escucha siempre, pero no siempre nosotros sabemos sintonizar con los tiempos de Dios. Tener la paciencia que permite insistir. Jesús, con su respuesta quiere ayudar a su fe – y la nuestra -, por eso parece ponerle pegas, pero en el fondo está permitiendo que, además del amor a su hija, sea una fe grande la que le mueva a pedir la intervención de Dios. Toda petición debería terminar con un profundo acto de abandono en la Dios Padre, como hizo Jesucristo en la Oración en el huerto. Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42).

María es maestra y modelo de oración confiada y abandonada en Dios. Madre nuestra, concedemos la fe y la humildad de esta mujer para no desistir en nuestra oración.

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