Archiv para 13 Febrero, 2017

Domingo de la 7ª semana de Tiempo Ordinario – 19/02/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
EL AMOR A LOS ENEMIGOS

El amor cristiano no es la sola unión de los esposos, ni el ardor de los amantes, ni el acuerdo de los amigos, ni la predilección de los prójimos, sino el amor total que llega incluso a poder amar a los enemigos. Es un amor que no se queda en la dulce y confortable efusión del corazón, ni se reduce a un intercambio de beneficios, sino que se convierte en don y abandono total, rompiendo las coordenadas lógicas de los comportamientos humanos.

El amor cristiano no es un simple afecto, porque si lo fuera no podría ser objeto de un mandamiento, ya que no se puede tener afecto verdadero por obediencia. El amor que es objeto del mayor mandamiento de la ley nueva no pertenece al mero reino de la sensibilidad, sino al de la voluntad. No es simple sentimiento, sino virtud.

El odio siempre empequeñece, porque aísla, reduce y endurece los límites; mientras que el amor engrandece y abre horizontes. El límite del amor cristiano no es el “yo”, sino “los demás”, no son sólo los amigos, sino incluso los enemigos. No es una resta, sino una multiplicación. Es un amor infinito, que no se queda en las consideraciones de la justicia. Porque la justicia devuelve ojo por ojo y diente por diente y mal por mal, a fin de obtener un equilibrio e impedir que el desorden lo arrolle todo; mientras que el amor perfecto que nos pide Cristo paga el bien con el bien y el mal con el bien.

Es fácil amar a los prójimos y tener compasión con los que pasan hambre y estar abierto al desconocido que pasa a nuestro lado o vive lejos, pero que nos va a importunar solamente un momento. Pero existe un hombre más difícil de amar que el pobre y el extranjero: es el enemigo que hace daño, ataca y escarnece. Amarlo es exponerse al ridículo, a la ruina, incluso a la muerte.
Quien es capaz de este amor se acerca a la perfección del “Padre que está en el cielo y hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Es, en verdad, un amor difícil y arriesgado, que exige un gran dominio de los sentimientos. Es un fuego purificador y un sacrificio, que en vez de causar la muerte, insufla una vida nueva, plena de gozo, que nadie puede arrebatar. Los cristianos podemos hacer realidad lo que parece utopía.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Levítico 19, 1-2.17-18 Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13
san Pablo a los Corintios 3, 16-23 san Mateo 5, 38-48

de la Palabra a la Vida

Si Jesús no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud, también el amor que abría la Ley de Dios tiene que llegar con Cristo a su plenitud. Es entonces, con el evangelio de hoy, como las preciosas palabras, tan sugerentes y llenas de misericordia, de las Bienaventuranzas, se convierten en un auténtico dardo que se dirige directamente a lo más profundo del corazón. La ley del talión, ya escrita en el antiguo código de Hammurabi, 1800 años a.C. y en la ley romana, no está mal para aquellos tiempos: pretendía claramente evitar una venganza excesiva, que cada uno se tomara la justicia por su mano en cada afrenta, que así la justicia y el castigo fueran proporcionales a la culpa cometida.

Y sin embargo, Jesús viene a ofrecer la plenitud de la ley, hasta tal punto que va a superar la anterior ley con una propuesta escandalosa: “Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen”. Esta plenitud consiste en que Jesús no reclama a sus discípulos una actitud pasiva ante el mal sufrido, sino una colaboración activa: dar más de lo que se nos pide, de lo que se nos quita… ¿Qué sentido puede tener semejante actitud? ¿Qué plenitud puede ser al que coge lo nuestro, no sólo ponérselo fácil, sino contribuir con él? Sin duda que el alcance que tiene esta afirmación de Jesús en el evangelio de hoy es nuestro corazón. Jesús no busca promulgar una ley, no ofrece una norma de tipo legal, sino que quiere que el corazón del hombre pueda plantearse las injusticias que padece según el espíritu de las Bienaventuranzas. Jesús quiere que el hombre tenga la capacidad de poder desprenderse de lo suyo de forma gratuita y generosa, pues así nos da nuestro Padre del cielo.

Así puede parecernos una injusticia excesiva para nuestra vida, para nuestro corazón… y sin embargo, Jesús está con esta propuesta preparando un misterio en el que esto ha sucedido absolutamente: su propia pasión, en la que ha perdonado y dado la vida por los que le crucificaban. A nosotros no nos ha acompañado la milla que le pedíamos, sino muchas más: Él no sólo nos ha perdonado, sino que nos ha llevado al cielo con Él. Está claro, Jesús nunca va a pedirnos algo que Él no haya puesto por obra primero. Lo que Él dibuja con esta perfección del amor, lo vive totalmente en la cruz.

Es por eso que la clave de lectura de todo este discurso que estamos haciendo domingo a domingo es este amor al prójimo que Jesús propone. Un amor que se manifiesta en que somos capaces de interceder por el que nos persigue o nos quiere mal. Volvemos al principio: ¿por qué nos pide eso? Porque eso es lo que ha hecho Él en la cruz. Aquí ya se ve claramente la plenitud de ese amor, la perfección de la justicia que Jesús pide a sus discípulos, que no son conscientes todavía de lo que se les está pidiendo.

Jesús quiere que el hombre desarrolle plenamente las potencias de su corazón, en el que Él infunde el don del Espíritu Santo. Sí, sólo el Espíritu Santo permite amar así, permite acoger de esa forma el amor que Dios nos tiene y que quiere que nosotros tengamos. Es el amor que hace de nosotros sal y luz, que nos manifiesta como sus discípulos, que recibimos por medio de los sacramentos, los cuales quizás tengamos que aprender a vivir de otra forma, más conscientes de la milla extra que el Señor nos está acompañando, y de para qué lo está haciendo. ¿Veo el camino que el Señor hace conmigo? ¿Veo el camino que me queda por recorrer? ¿Dónde, a quién, tengo que comenzar a ofrecer ese amor perfecto que Dios pone en mi vida?

Las bienaventuranzas se cumplen en nosotros sólo cuando este amor está plenamente acogido y cuando estamos dispuestos a padecer cada día el misterio de la cruz con Cristo, donde Él nos ha dado ese amor perfecto.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, salud de los enfermos

En verdad es justo darte gracias
y deber nuestro glorificarte, Padre santo.
Porque la santa Virgen María,
participando de modo admirable en el misterio del dolor,
brilla como señal de salvación y de celestial esperanza
para los enfermos que invocan su protección;
y a todos los que la contemplan,
les ofrece el ejemplo de aceptar tu voluntad
y configurarse más plenamente con Cristo.
El cual, por su amor hacia nosotros,
soportó nuestras enfermedades y aguantó nuestros dolores.
Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales
celebran tu gloria, unidos en común alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo..

 

Para la Semana

Lunes 20:
Eclo 1,1-10. Antes que todo fue creada la sabiduría.

Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.

Mc 9,13-28. Tengo fe, pero dudo, ayúdame.

Martes 21:

Eclo 2,1-13. Prepárate para las pruebas.

Sal 36. Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.

Mc 9,29-36. El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos.
Miércoles 22:
La Cátedra del Apóstol san Pedro. Fiesta.

1Pe 5,1-4. Presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo.

Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.
Jueves 23:
San Policarpo, mártir. Memoria.

Eclo 5,1-10. No tardes en volverte al Señor.

Sal 1. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Mc 9,40-49. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo.
Viernes 24:

Eclo 6,5-17. Un amigo fiel no tiene precio.

Sal 118. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.

Mc 10,1-12. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Sábado 25:

Eclo 17,1-13. Dios hizo al hombre a su imagen.

Sal 102. La misericordia del Señor sobre sus fieles dura siempre.

Mc 10,13-16. El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.


Benigno, presbítero y mártir († 303)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Esteban, Gilberto, Pedro, Lúcimo, Volusiano, Lucinio, obispos; Polieuto (Policeto), Juliana, Benigno, Fusca y Maura, mártires; Esteban, abad; Martiniano, monje; Hermenegilda o Hermenilda, abadesa; Acepsimas, eremita; Cástor, confesor; Agabo, profeta.

Lunes 13 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El Génesis narra la historia del primer asesinato fratricida. Caín, enfurecido y abatido porque “Dios no se fijó en su ofrenda”, sino en la de Abel, mató a su hermano corroído por la envidia y la ira. Este episodio lamentable, acontecido en los orígenes del género humano, señala el drama que desde entonces acompaña a una humanidad que conoce el pecado y se arrastra por sus pasiones.

La envidia está detrás de innumerables crímenes que se cometen en el mundo. No hace falta que sean crímenes de sangre, pues Cristo mismo alerta de los movimientos internos del corazón, donde se gestan primero las maldades que luego se comenten al exterior. En los juicios internos que hacemos de los demás, si van llenos de envidia, se comete ya un crimen que nos afecta interiormente mucho, y que tiene repercusión en nuestra forma de tratar a las personas. La envidia es una esclavitud del juicio y una falta de libertad interior que nubla el juicio y distorsiona la realidad. Es como el motor secreto que muchas veces no se confiesa en público, pero que se puede intuir.

Al hilo de las lecturas de hoy es bueno que recemos y nos examinemos delante de Dios acerca de nuestras envidias. Quizá descubramos alguna en la que no habíamos caído. Puede tratarse de las cosas que tienen otras personas cercanas, o de algunas cualidades buenas de algún conocido, o un gesto de cariño que algún familiar ha tenido con otros y no contigo, o el reconocimiento laboral a otra persona que trabaja lo mismo que tu, etc.

Algunas lenguas dicen que el crimen se cometió con una quijada de burro. La Escritura no dice nada al respecto, pero ese detalle resulta insignificante al lado de lo macabro de la escena. No obstante, aprovechamos la idea para pedirle al Señor que no hagamos burradas, como Caín: que luchemos por borrar inmediatamente cualquier atisbo de envidia que se presente en nuestro corazón y que lo pongamos a buen recaudo con oración y, si persiste la tentación, con algún sacrificio. Y, por supuesto, ponerlo en la confesión si hemos caído. Nuestro corazón andará más ligero si evitamos que vayan introduciéndose las pesadas piedras de la envidia que van restando capacidad de amar.

 

13/02/2017 – Lunes de la 6ª semana de Tiempo Ordinario

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Caín atacó a su hermano Abel y lo mató
Lectura del libro del Génesis 4, 1-15. 25

El hombre conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y ella dijo:

«He adquirido un hombre con la ayuda del Señor».

Después dio a luz a Abel, su hermano. Abel era pastor de ovejas, y Caín cultivaba el suelo.

Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del suelo; también Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas.

El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda; Caín se enfureció y andaba abatido.

El Señor dijo a Caín:

«¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías abatido si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú puedes dominarlo».

Caín dijo a su hermano Abel:

«Vamos al campo».

Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.

El Señor dijo a Caín:

-«¿Dónde está Abel, tu hermano?».

Respondió Caín:

«No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?».

El Señor le replicó:

«¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo.

Por eso te maldice ese suelo que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano.

Cuando cultives el suelo, no volverá a darte sus productos. Andarás errante y perdido por la tierra».

Caín contestó al Señor:

«Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Puesto que me expulsas hoy de este suelo, tendré que ocultarme de ti, andar errante y perdido por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará».

El Señor le dijo:

«El que mate a Caín lo pagará siete veces».

Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien lo encontraba, no lo matase.

Adán conoció otra vez a su mujer, que dio a luz un hijo y lo llamó Set, pues dijo:

«Dios me ha dado otro descendiente en lugar de Abel, asesinado por Caín».

Palabra de Dios.

Sal 49, 1 y 8. 16bc-17. 20-21
R. Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
«No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí. R.

¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? R.

Te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre.
Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara». R.

EVANGELIO
¿Por qué esta generación reclama un signo?
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.

Jesús dio un profundo suspiro y dijo:

«¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación».

Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Palabra del Señor.

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