Miércoles 15 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Aunque siguen los intentos por encontrarla, el arca de Noé sigue sin aparecer. En todo caso, el relato del libro del Génesis acerca de lo que pasó tras el diluvio es una bocanada de esperanza para la humanidad. Recordemos que el diluvio universal era un “borrón y cuenta nueva” respecto del proyecto creador de Dios: se arrepiente de la creación del hombre, pues la criatura, de espaldas al Creador, se arrastra por los caminos de la maldad.

La misión de Noé fue rescatar lo imprescindible del género humano y también de los animales. Sobre las plantas no se dice nada, pero como son más resistentes al agua, no suponía un problema. Este relato del arca de la alianza le gusta especialmente a los niños, pues les parece una especie de zoo flotante.

El arca se llenó justo a tiempo, antes de que el diluvio borrara a los hombres y sus maldades de la faz de la tierra. Este modo de actuar de Dios manifiesta la gran vocación para la que ha sido creado el ser humano, y de lo terrible que es la maldad, que desfigura y disgusta al Señor, pues la criatura, cayendo en el pecado, rechaza su propia belleza y se envilece. El diamante prefiere ser un mero trozo de carbón. Un hombre así no sirve: dice poco de sí mismo y de Dios.

Noé y su familia son agradables a Dios, y le adoran con rectitud. Son personas de fe. Cuando las aguas vuelven a su cauce, Noé ofrece a Dios un sacrificio de animales. Teniendo en cuenta los pocos que había sobre la faz de la tierra, este sacrificio tiene un valor inmenso. Pero el sacrificio más agradable a Dios fue el corazón adorante de Noé, lleno de gratitud por haber “salvado el pellejo”. Esto conmueve al Señor y se arrepiente del exterminio que ha provocado sobre la humanidad.

La humanidad hoy, como nunca antes, podría estar al borde del exterminio. No sólo por la capacidad nuclear —los aires vienen revueltos desde norteamérica—, sino sobre todo por el abandono de Dios. Él es quien siembra la rectitud, quien sana las heridas de la maldad y da la verdadera paz. Sin Él, lo que el hombre construye, tarde o temprano acaba sucumbiendo.

Dios se arrepiente y jura “no volver a matar a los vivientes” como lo ha hecho. Pero el arrepentimiento del hombre es más volátil. El final de la II Guerra Mundial fue un gran zarandeo de la conciencia planetaria que la llevó a recapacitar. Culminó con un acto de arrepentimiento respecto del uso de la bomba nuclear, los campos de exterminio y la falta de unidad. Se creó la ONU y se firmó la Declaración universal de los derechos humanos. Recemos y ofrezcamos sacrificios como Noé para que el arrepentimiento de los hombres dure tanto como el de Dios.

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