Anselmo, arzobispo de Cantorbery, doctor de la Iglesia (1034-1109)

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Santos: Anselmo de Cantorbery, obispo y doctor de la Iglesia; Anastasio sinaíta, obispo; Román Adame Rosales, sacerdote y mártir; Simeón, Abdécalas, Ananías, Apolo, Alejandra (Sandra), Arador, Fortunato, Félix, Silvio, Vidal, Apolo, Isacio, Crotato, Timoteo, Pusicio, mártires; Conrado Parzha (sacristán), confesor.

El borgoñés de hoy es considerado como el mejor teólogo del siglo xi. Tiene el mérito de haber dado un giro a la teología, aportando, como sustrato e instrumento, la filosofía –la razón, la metafísica– al quehacer de los teólogos. Frase suya es «Quiero comprender algo de la verdad que mi corazón cree y ama; no quiero comprender para creer; quiero creer para poder comprender». Así preparó el camino a la síntesis entre razón y fe que habría de hacer otro santo, Tomás de Aquino, casi dos siglos más tarde.

La aportación de Anselmo al saber teológico es notable. Monologio y Proslogio para tratar de Dios y de la Trinidad, apareciendo aquí el famoso argumento ontológico, siempre ligado a su nombre, en el intento de demostrar la existencia divina; libro dialéctico, De Grammatico; De Veritate, De libero arbitrio, Casu Diaboli, De Incarnatione Verbi, De Procesiones Spiritus Sancti, De Concordia Praescientiae, Praedestinationis et Gratiae cum Libero Arbitrio, sobre diversos y variados temas. Los autores están de acuerdo en señalar como su principal obra Cur Deus Homo, en donde intenta acumular razones para pronunciarse acerca de la necesidad de la Encarnación; también presenta originalidades en De Conceptu Virginali et Originali Peccato, donde implícitamente incluye su creencia en la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Además, se conservan de él abundantes Meditaciones, Oraciones y numerosas Cartas. Esta producción literaria le ha valido el título de Doctor de la Iglesia.

Pero no queda la nota hagiográfica de Anselmo reducida a su sabiduría. El biógrafo Eadmero hace de él un prototipo de defensor de la libertad y derechos de la Iglesia en aquel complicado siglo XI.

Había nacido en el 1034, en Aosta, lugar toscano. Su padre es Gondulfo, rico, altivo, condescendiente con los criterios mundanos y con bastante mal genio; la madre, Emerbenga, compensa con sus virtudes y buen talante para lograr la paz familiar. Anselmo quiso en su juventud entrar en el noviciado benedictino, pero el padre se opuso y con su consabida furia cerró las puertas del convento como perspectiva de futuro para su hijo. Emerbenga murió prematuramente, y a raíz de su sepultura, Anselmo abandonó la casa paterna con su dureza, encaminándose a Francia. Comenzó una vida nada ejemplar ni aconsejable. Se hizo religioso benedictino a los veintisiete años en Normandía, en la abadía de Bec; lo nombraron prior de San Esteban de Caen, y luego abad de Bec. Para negociar asuntos de su comunidad en Inglaterra pasó el mar y allí se quedó porque lo nombraron arzobispo de Cantorbery en 1093.

Con los reyes tuvo su principal punto de fricción. Primero chocó con Guillermo el Rojo. Era la época en la que los reyes se preocupaban de nombrar obispos de su gusto para pagar antiguos favores y llenaban sus arcas vacías con la aportación agradecida de los prelados, que a su vez cobraban los beneficios que otorgaban a sus amigos. Ello era el gravísimo pecado de simonía, agravado por la pérdida de independencia para que el obispo cumpliera con su misión evangelizadora. El piadosísimo monje, humilde y lleno de bondad, se mostrará de hierro en la enconada pugna con el rey que le mandaría al destierro. El nuevo rey y peor que el anterior, Enrique Beauclerc, le exigió que le rindiera homenaje y que consagrase a los obispos nombrados por él; ante la firme resistencia de Anselmo, el rey inglés fue excomulgado por Roma debido a su pertinacia. El sabio arzobispo, a pesar de que no era su punto fuerte la negociación política, supo encontrar la fórmula para evitar el definitivo rompimiento con Roma.

Murió en Canterbury, en la penitencial pobreza de un lecho de cenizas, el 21 de abril de 1109. Fue canonizado en 1163 y declarado doctor de la Iglesia en 1720.

Entre oraciones, escritos, predicaciones y buen gobierno pasó este humilde y bondadosísimo hombre su vida, sirviendo a la Iglesia en una época oscura y dura. Apasionante, ¿verdad?

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