Celebramos hoy la fiesta del evangelista San Marcos. Primo de Bernabé. Discípulo de San Pedro de quien recogió su predicación en su Evangelio. También tuvo una especial relación con San Pablo de la que podemos aprender mucho.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se recoge una disputa entre San Pablo y San Marcos: “algunos días después dijo Pablo a Bernabé: Volvamos y visitemos a los hermanos en todas las ciudades donde hemos predicado la palabra del Señor, para ver cómo se encuentran. Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos. Pablo, en cambio, consideraba que no debía llevar consigo al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea. Se produjo una discrepancia, de tal modo que se separaron uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó para Chipre, mientras que Pablo eligió a Silas y partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor” (Hch 15, 36-40). Todo el motivo del enfado y la negativa de San Pablo a que les acompañara San Marcos es la decisión de éste de no seguir viaje con San Pablo y regresarse a Jerusalén (cf. Hch 13,13). Sin embargo, son capaces de perdonar, de no guardar rencor. Por ello, San Pablo reclama la presencia de San Marcos en su estancia en Roma: “apresúrate a venir cuanto antes, pues Demas me abandonó por amor a la vida mundana y se marchó a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio (2 Tm 4, 9-11).

Cuánto nos enseñan San Pablo y San Marcos sobre el perdón. No se guardan ningún rencor ni aquel desencuentro engendró desconfianza ¡Qué distinto – a veces – a nuestras reacciones! No quedarnos en las ofensas es una labor decisiva, porque el rencor termina por envenenar nuestro corazón y hacer imposible la convivencia, porque no terminamos nunca de darle vueltas a los mismos hechos y con cada “vuelta” incluso los agrandamos y les damos más importancia de la que tienen. Los resentimientos terminan por imposibilitar la superación de los agravios, muchas veces aumentados por nuestro amor propio. Los recuerdos siempre estarán presentes y nos quedaremos anclados en el pasado sin dar la opción de que quine me ofendió pueda rectificar y cambiar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.” El perdón no es cuestión de sentimientos, sino una decisión de la voluntad de no tomar en consideración una y otra vez las afrentas recibidas, aunque nos duelan. Pero sólo así superaremos amarguras y recuperaremos la confianza en las personas, como hicieron San Pablo y San Marcos, renunciando a todo tipo de revanchas.

El camino del perdón está marcado por el amor al prójimo, por el conocimiento propio (yo no soy mejor, yo también, en algún momento, he hecho algo parecido) y, por tanto, por la humildad. La comprensión me ayudará a ponerme en el lugar del otro, no para decir que está bien lo que está mal, pero sí para ayudar a disculpar.

María no ha guardado rencor ni recelos hacia quienes somos causa de la Pasión de su Hijo, sino que aceptó el papel de ser nuestra Madre por encargo de su hijo. Que ella nos enseñe a perdonar de corazón.