Alimentarnos del “Pan multiplicado”

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea. Lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos”. Hoy el Señor sigue convocando multitudes cada domingo para enseñarles y alimentarles con ese pan multiplicado que es su cuerpo. Y quizás nos hemos como acostumbrado a un milagro tan impresionante, que nos de a comer su Cuerpo, y nos acercamos a recibir la sagrada comunión como un simple gesto. Por ello es importante que reflexionemos cómo nos preparamos para recibir llenos de asombro y agradecimiento este “pan multiplicado”. En un sermón sobre la preparación para recibir al Señor, exclamaba San Juan de Ávila: “¡Qué alegre se iría un hombre (…) si le dijesen: ‘el rey ha de venir mañana a tu casa a hacerte grandes mercedes’! Creo que no comería de gozo y de cuidado, ni dormiría en toda la noche, pensando: ’el rey ha de venir a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?’ Hermanos, os digo de parte del Señor que Dios quiere venir a vosotros y que trae un reino de paz” (San Juan de Ávila, “Sermón 2 para el domingo III de Adviento”, vol. II, p. 59) “Considera qué gran honor se te ha hecho -nos exhorta San Juan Crisóstomo-, de qué mesa disfrutas. A quien los ángeles ven con temblor, y por el resplandor que despide no se atreven a mirar de frente, con Ése mismo nos alimentamos nosotros, con Él nos mezclamos, y nos hacemos un mismo cuerpo y carne de Cristo” – San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 82, 4.-

Deberíamos darnos siempre un tiempo para considerar a quién recibimos en la Eucaristía y cuáles son nuestras disposiciones. “Hay que recordar al que libremente comulga el mandato: “Que se examine cada uno a sí mismo” (1Cor 11,28). Y la práctica de la Iglesia declara que es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin que haya precedido la Confesión sacramental.” – Pablo VI, Instrucción Eucaristicum mysterium, 37.

Con la comunión eucarística se produce una transformación en nuestra alma, como decía bellamente San Agustín en las “Confesiones”: “soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. Esta transformación es el primer fruto, transformación que es posible porque nos hace participar de la caridad de Cristo. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida “Si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente en el Santísimo Sacramento (…) Sacramento del Amor. (…) La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente (…) Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios – del que la Eucaristía es señal indeleble – nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. (…) El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.” (Juan Pablo II, Domenicae cenae, 24 – II – 1980, 5)

Pidamos a Nuestra Madre tratar el Cuerpo de su Hijo en la Eucaristía con el mismo cariño y asombro con Ella lo cuidó.

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