Archiv para 30 abril, 2017

José Benito Cottolengo, presbítero (1786-1842)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Pío V, papa; Eutropio, Donato, Erconvaldo, Pulcronio, Quirino, Silvio, Cirilo, Severo, obispos; Máximo, Pedro, Luis (Ludovico), Helías, Ullex, presbíteros y mártires; Indalecio, Mariano y Santiago, Amador, Afrodisio, Lorenzo, mártires; Pablo, Isidoro, monjes y mártires; Lupino, Sabina, José Benito Cottolengo, confesores; Genesto, Aimón, monjes; Sofía, virgen y mártir; Ponce, abad.

Pío V, papa (1504-1572)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Pío V, papa; Eutropio, Donato, Erconvaldo, Pulcronio, Quirino, Silvio, Cirilo, Severo, obispos; Máximo, Pedro, Luis (Ludovico), Helías, Ullex, presbíteros y mártires; Indalecio, Mariano y Santiago, Amador, Afrodisio, Lorenzo, mártires; Pablo, Isidoro, monjes y mártires; Lupino, Sabina, José Benito Cottolengo, confesores; Genesto, Aimón, monjes; Sofía, virgen y mártir; Ponce, abad.

Conversión a la esperanza

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio “muestra las consecuencias de la obra de Jesús resucitado en los dos discípulos: conversión de la desesperación a la esperanza; conversión de la tristeza a la alegría; y también conversión a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversión, se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversión cristiana es también y, sobre todo, fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jesús resucitado” (Benedicto XVI, Homilía de 8 de mayo de 2011).

Esta conversión de los discípulos es fruto de la explicación que Cristo les hace de cuanto en la Sagrada Escritura se refiere a Él. La alegría y la esperanza ya están operando, como reconocen tras descubrir que era Jesús quien caminaba con ellos: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Sin embargo, no serán plenamente conscientes de todo ello hasta que le reconocen al partir el pan. Este es mismo recorrido que hace con nosotros cuando nos dejamos enseñar por el Espíritu de Cristo en la meditación viva de la Sagrada Escritura. Para ello hemos de aceptar la invitación de Cristo a entrar en diálogo con Él: “¿de qué veníais hablando por el camino?”, ellos le abren su corazón y Cristo les ilumina. Juan Pablo II recomendaba a los presbíteros, pero “vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” – Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4 – Se trata de repensar en lo que Él nos dice, en meditar su Palabra. “Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. (…) ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’.” – Catecismo de la Iglesia Católica nº 2706 –

Para hacer vida toda esa enseñanza de Jesús, necesitamos participar de su fortaleza, que disponga nuestro corazón para la acción. Sin la participación en la Eucaristía no podríamos ponernos en camino, como los discípulos que se vuelven a Jerusalén. “La celebración eucarística no es un mero gesto ritual: es un sacramento, es decir, una intervención de Cristo mismo que nos comunica el dinamismo de su amor. Sería un engaño pernicioso querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su fuerza de Cristo mismo en la Eucaristía, sacramento que El instituyó para este fin” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia del 12-V-1993, 5).

Pidamos a nuestra Madre que la experiencia de fe en Jesús muerto y resucitado, ilumine nuestra vida, nuestras ilusiones, nuestra esperanza.

30/04/2017 – Domingo de la 3ª Semana de Pascua

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a un cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mi, pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabia que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios.

Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor:’«Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

SEGUNDA LECTURA
Fuisteis liberados con una sangre preciosa, como la de un el cordero sin mancha, Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con salgo corruptible con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Palabra de Dios.

EVANGELIO
Lo reconocieron al partir el pan
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.