Conversión a la esperanza

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio “muestra las consecuencias de la obra de Jesús resucitado en los dos discípulos: conversión de la desesperación a la esperanza; conversión de la tristeza a la alegría; y también conversión a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversión, se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversión cristiana es también y, sobre todo, fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jesús resucitado” (Benedicto XVI, Homilía de 8 de mayo de 2011).

Esta conversión de los discípulos es fruto de la explicación que Cristo les hace de cuanto en la Sagrada Escritura se refiere a Él. La alegría y la esperanza ya están operando, como reconocen tras descubrir que era Jesús quien caminaba con ellos: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Sin embargo, no serán plenamente conscientes de todo ello hasta que le reconocen al partir el pan. Este es mismo recorrido que hace con nosotros cuando nos dejamos enseñar por el Espíritu de Cristo en la meditación viva de la Sagrada Escritura. Para ello hemos de aceptar la invitación de Cristo a entrar en diálogo con Él: “¿de qué veníais hablando por el camino?”, ellos le abren su corazón y Cristo les ilumina. Juan Pablo II recomendaba a los presbíteros, pero “vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” – Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4 – Se trata de repensar en lo que Él nos dice, en meditar su Palabra. “Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. (…) ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’.” – Catecismo de la Iglesia Católica nº 2706 –

Para hacer vida toda esa enseñanza de Jesús, necesitamos participar de su fortaleza, que disponga nuestro corazón para la acción. Sin la participación en la Eucaristía no podríamos ponernos en camino, como los discípulos que se vuelven a Jerusalén. “La celebración eucarística no es un mero gesto ritual: es un sacramento, es decir, una intervención de Cristo mismo que nos comunica el dinamismo de su amor. Sería un engaño pernicioso querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su fuerza de Cristo mismo en la Eucaristía, sacramento que El instituyó para este fin” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia del 12-V-1993, 5).

Pidamos a nuestra Madre que la experiencia de fe en Jesús muerto y resucitado, ilumine nuestra vida, nuestras ilusiones, nuestra esperanza.

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