Archiv para 16 Mayo, 2017

Juan Nepomuceno, mártir (c. a. 1345-1393)

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Santos: Ubaldo, Posidio, Fuerte, Honorato, Audas, Peregrino, Dómnolo, obispos; Flaviano, Aquilino, Victoriano, Genadio, Félix, Andrés Bobola, mártires; Juan Nepomuceno, presbítero; Gema Galgani, Máxima, Frejus, vírgenes; Brendano, Simón Stock, abades; Fidolo, confesor; Bernardo Mentón, eremita.

Gema Galgani, virgen (1878-1903)

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Santos: Ubaldo, Posidio, Fuerte, Honorato, Audas, Peregrino, Dómnolo, obispos; Flaviano, Aquilino, Victoriano, Genadio, Félix, Andrés Bobola, mártires; Juan Nepomuceno, presbítero; Gema Galgani, Máxima, Frejus, vírgenes; Brendano, Simón Stock, abades; Fidolo, confesor; Bernardo Mentón, eremita.

Simón Stock, abad († 1265)

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Santos: Ubaldo, Posidio, Fuerte, Honorato, Audas, Peregrino, Dómnolo, obispos; Flaviano, Aquilino, Victoriano, Genadio, Félix, Andrés Bobola, mártires; Juan Nepomuceno, presbítero; Gema Galgani, Máxima, Frejus, vírgenes; Brendano, Simón Stock, abades; Fidolo, confesor; Bernardo Mentón, eremita.

Cuando el corazón tiene miedo

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 14,19-28; Sal 144; Ju 14,27-31a

“No tengáis miedo”. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, porque me voy, lo estáis viendo, pero vuelvo, lo habréis de ver. Este es uno de los entresijos más sorprendentes del Misterio de Cristo. Está en plenitud con nosotros y esta plenitud llega a ser completa, precisamente, cuando, yéndose de nosotros, se va al Padre con su carne resucitada, de modo que la materia, la nuestra, la suya, entra ahora en el regazo de amor de la Trinidad Santísima. Se va de nosotros, es cierto, pero vuelve cuando, tras llegar a aquel lugar de amor completo, envía a su Espíritu, Espíritu del Padre. Él queda entre nosotros en sus evangelios, en la predicación, en la palabra, sobre todo en la eucaristía y en el regazo de los pobres y necesitados. Queda entre nosotros como signo de quien ha sido, el Encarnado, en todo igual a nuestra carne, excepto en el pecado, y de quien es, el Resucitado, sentado a la derecha de Dios, su Padre. Signo pleno que significa lo que es; que se nos da a nosotros como alimento, con su palabra y con su cuerpo. Signo en el que se nos ofrece la misma completud de Dios. Y esto se va a realizar ahora, de aquí a unos días, cuando, tras ascender a lo alto, nos envía su Espíritu el día de Pentecostés, para que este, de modo definitivo, haga de nosotros su templo. Templo de amor. Templo de oración en donde es él quien grita con todas nuestras fuerzas: Abba, Padre.

Por eso, cuando llegue ese alejamiento de la plenitud que se nos da completa en el seno de la Trinidad Santísima, cuando desaparezca de nuestros ojos elevándose al cielo con todo lo que él es, Hijo del Padre, carne resucitada, será el signo real de que efectivamente todo se ha consumado. Todo se nos habrá dado entonces. También nosotros seremos carne de consumación. Siguiendo junto a la cruz de Cristo, le veremos ascender al Padre y cómo el Espíritu del Padre, que es también su Espíritu, se posará encima de nosotros, logrando de nosotros lo que era una posibilidad imposible. ¿Cómo, pues, habremos de tener miedo?

Mas, cuidado, que será ahora, nos advierte Jesús, cuando se acerque a nosotros el Príncipe del mundo, como león rugiente buscando a quién devorar. Sí, precisamente ahora, pues puede que se nos suba el éxito a la cabeza, sin comprender que nuestro lugar está junto a la cruz. Quizá el Viernes Santo, junto a los apóstoles, huimos —sólo las mujeres, con la madre de Jesús, y el discípulo que apenas si era más que un niño— para ver las cosas desde lejos, no sea que nos descubran y muramos con él. No sé de quién me hablas, y canto el gallo. Es ahora, al volver a los pies de Jesús en la cruz, cuando se nos da la plenitud del Espíritu, comprendiendo que es ahí donde está la fuente de nuestra salvación. Que es ahí donde la misericordia de Dios se hace con nosotros, inundándonos con su gracia. Que sólo ahí somos templo del Espíritu.

Pobre Pablo, qué de palos cayeron sobre él, precisamente porque comprendió esta inmensa realidad. La realidad de la justificación y de la gracia que se nos da en la cruz. Agarrados a ella, ¿quién de entre nosotros tendrá miedo?

16/05/2017 – Martes de la 5ª semana de Pascua.

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PRIMERA LECTURA
Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 19-28

En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.

Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.

En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios.

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21
R. Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. R.

EVANGELIO
Mi paz os doy
Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 27-31a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».

Palabra del Señor.