Archiv para 19 junio, 2017

Domingo de la 12ª semana de Tiempo Ordinario. – 25/06/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LOS MIEDOS DE HOY

Están cambiando tanto las cosas y surgen tan vertiginosamente las inseguridades en el mundo de hoy, que por doquier crece el miedo. Para muchos esta época está siendo un terremoto. La tierra firme se ha convertido en un mar alborotado y lo inexpugnable se ha caído.

El miedo es legítimo. Nace del instinto de conservación, de defensa del medio vital y del deseo de permanecer en una seguridad, que anteriormente se ha disfrutado. El sentimiento del miedo surge desde la amenaza y desde la pérdida. Hay cosas que es necesario conservar y que en el diluvio del cambio han quedado soterradas. Resistirse a que desaparezcan, padecer temor por perderlas, es bueno. Lo malo es cuando el miedo nos paraliza y nos avasalla, impidiendo emprender el camino de la reconstrucción y de la apertura al futuro.

Ni en la Biblia ni en la liturgia encontramos un texto en el que al expresar el fiel su temor ante los peligros de este mundo, no exprese también al propio tiempo su confianza en Dios.

Existe un miedo ilegítimo, que nace del deseo desenfrenado de seguridad. Algunas estructuras sociales y religiosas se consideran un refugio. Se buscan brazos poderosos para que protejan. Por eso la seguridad muchas veces es evasión, huida, miedo a tomar decisiones y responsabilizarse con ellas.

La vida es inseguridad, búsqueda, riesgo, camino sobre el mar, sospecha, intuición, palpar entre sombras. La verdadera actitud vital no es la seguridad, sino la fe, la confianza, la lucha contra la duda, la superación de la indecisión. Huir de la realidad y cerrar los ojos es no tener fe. El evangelio (el texto que se lee en este domingo es una maravilloso ejemplo) está lleno de invitaciones a no temer.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Jeremías 20, 10-13 Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
san Pablo a los Romanos 5, 12-15 san Mateo 10, 26-33

de la Palabra a la Vida

Es difícil para nosotros, cristianos, al escuchar la profecía de Jeremías de la primera lectura de hoy, no ser llevados con las alas de la fe hasta el mismo Cristo, modelo del justo perseguido. Jesús nos ha advertido en el evangelio de algo que ya hemos visto en sus “primeros discípulos”, los profetas: igual que Él ha sido perseguido, también lo serán los suyos.

Después del tiempo de Cuaresma, de la Pascua y de las fiestas dominicales del Señor, el primer mensaje que recibimos en el domingo es éste. Es claro su sentido: os quedan veinte semanas por delante, un largo trecho hasta que vuelva al adviento, así que sabed lo que os espera en el seguimiento del Maestro y sed fuertes. Este camino del Tiempo Ordinario no es un camino de flores y alabanzas, sino que es exigente en todos los momentos y muy duro en muchos otros. Porque a alguien que no trata de vivir las cosas con una recta moralidad, a alguien que no busca seguir a Dios, es difícil tener un criterio desde el que pueda dejarse corregir, pero a quien trata de seguir al Señor, pronto habrá quien le busque el error, la equivocación o el pecado para echarle en cara su buen deseo y evitar que pueda reprochar al que yerra. “Mis amigos acechaban mi traspié” significa eso mismo, que estaban esperando mi error para denunciar mi incoherencia.

Por desgracia para el cristiano, el anuncio y la fe en Jesucristo tienen que ir seguido de una santidad de vida que produce no pocos disgustos por la propia debilidad: ¿Quién no ha tenido que escuchar aquello de: “tú mucho ir a misa pero luego…”? Esa búsqueda de hacernos daño en la propia debilidad no debe producirnos miedo. Ni nuestro acierto provoca alegría al mundo, ni le interesa, sino que aumenta el deseo de apagar esa luz que supone siempre la búsqueda del bien.

Dos razones nos muestra el Señor en el evangelio de hoy para no tener miedo: la primera que, “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, es decir, que Dios sabe bien de nuestra capacidad y aguante, que nunca serán superados por mucho mal que nos ataque. La segunda, que siempre que nos declaremos discípulos de Cristo, sabemos que podremos contar con su ayuda y defensa. “Que me escuche tu gran bondad” es una invitación a perseverar en nuestro testimonio, en el fondo, en nuestra vida. Nuestro testimonio, por lo tanto, no debe verse intimidado por las amenazas ni escondido por nuestras debilidades: “nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, y nos hacemos siervos vuestros por amor a Jesús” (2Co, 5).

Sí, hablamos del Señor. Él es bueno, él nos cuida. ¿Dónde puede la Iglesia aprender a ofrecer semejante testimonio, decidido, sereno, ardiente? Sin duda, lo aprende en la celebración de la eucaristía, en la liturgia de la Iglesia. En ella empleamos palabras que no son nuestras. Recibimos fuerzas que no son nuestras. No somos enviados por decisión nuestra. Es Cristo el que hace, nosotros los que aprendemos lo que Él quiere que hagamos. ¿Acepto aprender a dar testimonio en cómo la Iglesia lo hace conmigo? ¿Recuerdo siempre, en el éxito y en el fracaso, que hablo de Cristo, que mis palabras son de Cristo?

En el camino de la vida, como en el del Tiempo Ordinario, no tenemos que dudar: Cristo nos hace capaces de anunciarlo, ya cuenta con nuestra debilidad, que si los adversarios la esperan para atacarnos, Cristo la acoge con cariño para hacerse presente por medio de ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal: Prefacio de los santos apóstoles Pedro y Pablo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque en los santos apóstoles Pedro y Pablo
has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe;
Pablo, el maestro insigne que la interpretó;
aquel fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel;
este fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles.
Así, por caminos diversos,
congregaron la única familia de Cristo;
y una misma corona asoció a los dos,
a quienes venera el mundo.
Por eso, con los santos y con todos los ángeles,
te alabamos, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 26:

Génesis 12,1 9. Abrahán marchó como te había dicho el Señor.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Mateo 73 5. Sácale primero la viga del ojo.
Martes 27:

Génesis 13,15 18. No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos.

Sal 14. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Mateo 7,6.12 14. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
Miércoles 28:
San Ireneo, obispo y mártir. Memoria.

Gén 15,1-12.17-18. Abrahán creyó a Dios y le fue contado como justicia; y el Señor concertó alianza con él.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mt 7,15-20. Por sus frutos los conoceréis.
Jueves 29:
Santos Pedro y Pablo, apóstoles. Solemnidad

Hch 12,1-11. Ahora sé realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

2Tim 4,6-8.17-18. Me está reservada la corona de la justicia.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.
Viernes 30:
Gén 17,1.9-10.15-22. Sea circuncidado todo varón como señal de la alianza. Sara te va a dar un hijo.

Sal 127. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.

Mt 8,1-4. Si quieres, puedes limpiarme.
Sábado 1:

Gén 18,1-15. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte, Sara habrá tenido un hijo.

Sal. Lc 1,46-55. El Señor se acuerda de su misericordia.

Mt 8,5-17. Vendrán muchos de oriente a occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob.


Romualdo, abad fundador de los camaldulenses († 1027)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Romualdo, abad y fundador; Diosdado, Inocencio, obispos; Gervasio y Protasio, hermanos mártires; Andrés, Gaudencio, Culmacio, Ursicinio, Zósimo, Bruno, Bonifacio, Lamberto, mártires; Nazario, patriarca; Juliana de Falconeri, virgen y fundadora; Besarión, anacoreta; jesuitas mártires de China: Remigio Isoré y Modesto Andlauer, sacerdotes.

Como sirenas entre tiburones

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La expresión “ojo por ojo, diente por diente”, que aparece hoy en el Evangelio, es la forma más conocida de citar la Ley del talión, tan característica de la justicia retributiva del Antiguo Testamento. Esa norma imponía un castigo idéntico al delito cometido, de tal manera que venía así asegurada la reciprocidad en la ofensa. Frente a esta Ley, el Señor enseña una nueva medida de justicia, que caracteriza el modo evangélico de vida: “Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas”. Pero, puestos a vivir estas palabras del Señor, tiene uno la impresión de que significan “ir de tonto por la vida”.

Aunque parezca mentira, después de muchos siglos de cristianismo, en el ambiente en que nos movemos sigue siendo predominante esa medida de justicia impuesta por la Ley del talión. Comenzando por que cada uno se siente juez y dueño de aplicar la medida y la idea de justicia como quiera y crea conveniente; pero, además, porque parece que el que no sigue esa forma de proceder, es que “va de tonto por la vida”. Expresiones como “esta me las vas a pagar”, “esta te la guardo”, “te vas a enterar” y hasta el “perdono, pero no olvido, son variaciones de un mismo tema: “ojo por ojo y diente por diente”. Y ¿quién es el listo que se atreve a eso de poner la otra mejilla, o a eso de regalarle el manto al que le ha puesto un pleito? Porque, claro, pretender ir de sirenita en medio de los tiburones que pululan por las aguas… ¿Es que el cristianismo es una religión de débiles? Frente a la competitividad, al carrerismo, a las zancadillas que me pone el vecino, frente a las ofensas y a la injusticia, ¿cómo es posible que el Señor nos mande “ir de tontos por la vida”?

Esto que nos cuesta vivir con los demás, sin embargo, nos gusta que lo vivan con nosotros. Si el Señor, para ser justos con nosotros, se limitara a aplicar la Ley del talión, aquí no se salvaba ni la Puri. No, no nos gusta ser medidos por esa justicia que no va más allá de la pura materialidad del acto. El Señor nos enseña cuál es la medida de justicia que El mismo aplica con nosotros, para que nosotros aprendamos a vivirla con los demás: más allá del ojo por ojo y diente por diente, de lo justo a secas, está el amor, que es la verdadera fuerza que transforma el mal y el propio pecado. Sin la fuerza del amor, toda justicia se vuelve injusta. Pero, amor no significa aquí ni sentimentalismo, ni debilidad, ni ñoñería; ni siquiera significa victimismo para aguantar estoicamente los palos que me llegan de los demás, precisamente en nombre de la justicia. El “ojo por ojo” conduce a una mayor violencia, guerra y venganza, que es lo que más ahoga el amor. Se trata, más bien, de transformar el ambiente, las relaciones humanas y sociales, el trato con los demás, vivir el día a día creyendo en la fuerza del amor. San Juan de la Cruz lo expresó muy bien en su conocida máxima: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Hay una fuerza encerrada en esa aparente debilidad del amor que es la que, de verdad, entra en el corazón humano y logra transformarlo desde dentro. Y mientras no salgamos de la mentalidad del Antiguo Testamento, no lograremos entender estas páginas del Evangelio, que nos hablan de un mundo al revés.

Gervasio y Protasio, mártires (s. I)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Romualdo, abad y fundador; Diosdado, Inocencio, obispos; Gervasio y Protasio, hermanos mártires; Andrés, Gaudencio, Culmacio, Ursicinio, Zósimo, Bruno, Bonifacio, Lamberto, mártires; Nazario, patriarca; Juliana de Falconeri, virgen y fundadora; Besarión, anacoreta; jesuitas mártires de China: Remigio Isoré y Modesto Andlauer, sacerdotes.

19/06/2017 – Lunes de la 11ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Nos acreditamos como ministros de Dios
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6, 1-10

Hermanos:

Como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:

«En tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé».

Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio; antes bien, nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda; a través de honra y afrenta, de mala y buena fama; como impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo.

Palabra de Dios.

Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4
R. El Señor da a conocer su victoria.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.

EVANGELIO
Yo os digo que no hagáis frente al que os agravia
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas».

Palabra del Señor.