Archiv para Junio, 2017

Paulino de Nola, confesor (c. a. 353-431)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Paulino de Nola, Adán, Nicetas, Juan, Liberto, obispos; Juan Fisher, cardenal; Tomás Moro, Canciller y mártir; Pompiano, Galación, Heraclio, Saturnino, Albano, Flavio, Clemente, mártires; Inocencio V, papa; Consorcia, virgen; Lamberto, abad; Arón, eremita; Domiciano, monje.

Enséñanos a orar

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Es fácil pedirle algo a alguien que ya conoce de antemano nuestra necesidad, o que ya sabe lo que le vamos a pedir. Es difícil, en cambio, presentarse ante alguien que, lejano a nuestras vidas, no intuye para nada lo que podemos necesitar; eso nos obliga a pensar y elaborar articulados discursos para conseguir “vender la moto” como sea y conmover al otro para que nos ayude. Algo así sucede con la oración. Si a Dios lo vemos como alguien lejano a nuestras vidas, entenderemos que la oración es un modo, quizá el único modo que tenemos, para intentar vender la moto de nuestras necesidades; y, entonces, nos vemos obligados a recurrir a todo tipo de estratagemas y rezos para tener a Dios contento y que, por fin, nos conceda lo que le pedimos. El problema viene cuando, después de tanto esfuerzo, no solo no nos concede lo que le pedimos sino que nos sucede todo lo contrario a lo que nosotros queríamos.

Cuando Dios es alguien cercano e íntimo en tu vida no sucede así. Cuántos enamorados viven en tal sintonía que con un simple gesto, una mirada, un ademán, ya se han dicho todo. Cuanta complicidad entre dos que se aman y que conocen al milímetro los gustos, los tiempos, los ritmos, las debilidades, las necesidades del otro. Así, y mucho más, debería ser con Dios. Y así debería nacer la oración: como un diálogo entre dos que se aman hasta la más íntima complicidad. Por eso, en la oración no hay recetas, ni mecanismos, ni trucos, porque habla el amor; y cuando dos se aman a veces el silencio es el lenguaje más adecuado.

Nos cansamos de orar, porque creemos que es un esfuerzo de puños y porque, al final, caemos en la tentación del activismo. ¡Hay tantos problemas, tantas urgencias, tantos agobios que resolver, que no tenemos tiempo de orar! Y así nos va… Pero es imposible que todo ese activismo sea fecundo y dé fruto al cien por cien, si no va acompañado de mucha vida interior, o si no nace de una verdadera contemplación de la vida de Cristo. Los discípulos, que tantas veces fueron testigos de la oración del Señor, debieron quedar impresionados y sobrecogidos al verle orar. Por eso, un día le pidieron al Maestro: “Enséñanos a orar”. Y fue entonces cuando Jesús les entregó la hermosa oración del Padre nuestro. ¡Cuántas veces, en sus largas noches de oración, debió repetir Jesús esa bella oración dirigida a su Padre!

Pidamos hoy al Corazón de Jesús el don y el fruto de la verdadera oración. Que nos conceda vivir con equilibrio el binomio oración-acción. Hace falta, más que nunca, aprender a vivir la mística de la vida ordinaria. Que no consiste en ir por la calle con el cuello torcido y con cara de bobalicón místizoide, sino en vivir la presencia de Dios, suave y escondida, en todas las ocupaciones del día. Transfigurar esa vida ordinaria es el arte de la verdadera vida contemplativa.

22/06/2017 – Jueves de la 11ª semana de Tiempo Ordinario.

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PRIMERA LECTURA
Anunciando de balde el Evangelio de Dios para vosotros
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 1-11

Hermanos:

¡Ojalá me toleraseis algo de locura! aunque ya sé que me la toleráis.

Tengo celos de vosotros, los celos de Dios; pues os he desposado con un solo marido, para presentaros a Cristo como una virgen casta.

Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo.

Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que os he predicado, u os propone recibir un espíritu diferente del que recibisteis, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptasteis, 1o toleráis tan tranquilos.

No me creo en nada inferior a esos superapóstoles.

En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos os lo hemos demostrado.

¿O hice mal en abajarme para elevaros a vosotros, anunciando de balde el Evangelio de Dios?

Para estar a vuestro servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio. Mientras estuve con vosotros, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesidtado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades.

Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada.

Por la verdad de Cristo que hay en mi: nadie en toda Grcia me quitará esta satisfación.

¿Por qué?, ¿porque no os quiero? Bien sabe Dios que no es así.

Palabra de Dios.

Sal 110, 1-2. 3-4. 7-8
R. Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R.

Esplendor y belleza son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. R.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud. R.

EVANGELIO
Vosotros orad así
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:

“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra del Señor.

Luis Gonzaga, confesor (1568-1591)

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Santos: Luis Gonzaga, confesor; Eusebio, Terencio, Ursicino, Martín, Simplicio, Raúl (Radulfo), Inocente (Inocencio), Raimundo, obispos; Rufino, Marcia, Ciriaco, Apolinar, Albano, Tecla, Basilisco, mártires; José Isabel Flores Varela, sacerdote y mártir; Demetria, virgen; Leufrido, abad.

José Isabel Flores Varela, sacerdote mártir (1886-1927)

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Santos: Luis Gonzaga, confesor; Eusebio, Terencio, Ursicino, Martín, Simplicio, Raúl (Radulfo), Inocente (Inocencio), Raimundo, obispos; Rufino, Marcia, Ciriaco, Apolinar, Albano, Tecla, Basilisco, mártires; José Isabel Flores Varela, sacerdote y mártir; Demetria, virgen; Leufrido, abad.

Inocente (Inocencio), obispo emeritense, confesor ( s. VII)

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Santos: Luis Gonzaga, confesor; Eusebio, Terencio, Ursicino, Martín, Simplicio, Raúl (Radulfo), Inocente (Inocencio), Raimundo, obispos; Rufino, Marcia, Ciriaco, Apolinar, Albano, Tecla, Basilisco, mártires; José Isabel Flores Varela, sacerdote y mártir; Demetria, virgen; Leufrido, abad.

La mano izquierda y la mano derecha

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuánto nos cuesta pasar desapercibidos, no buscar el relumbrón por nuestras acciones, o que los demás no reconozcan o no agradezcan nuestras buenas obras. Sí, con la boca chica estamos siempre prontos a decir que no queremos nada a cambio, que no importa que los demás no se hayan dado cuenta, y todas esas cosas que suenan bien; pero, en el fondo, buscamos todo tipo de recovecos para que los demás nos valoren y vean el ejemplo tan bueno que damos. Y es verdad que tenemos que ser agradecidos, porque nos acostumbramos a recibir y recibir de los demás con tanta facilidad que al final terminamos exigiendo su generosidad como un derecho. Pero una cosa es saber corresponder y otra cosa es buscar la recompensa por encima de todo.

Tenemos que reconocer que todos tenemos mucho de fariseos, que actuamos mucho de cara a la galería, manteniendo las buenas formas, eso sí, que para eso hemos convertido el cristianismo en un código de buenas costumbres. Hace falta mucha sinceridad con uno mismo para no dejarse llevar del afán de quedar bien y para no querer buscar la recompensa y el aplauso de los demás. Nos pueden los respetos humanos y ese quedar bien que, al final, nos va acostumbrando sin darnos cuenta a vivir en la medianía y en la mediocridad. ¡Quien esté libre del carrerismo espiritual que tire la primera piedra!

Esperar la recompensa de Dios, buscar solo esa mirada oculta del Padre, capaz de ver lo que nadie ve, eso es un don de Dios. Es la sabiduría de los sencillos, los que aparentemente pasan desapercibidos y son rechazados por los criterios y la sabiduría del mundo. Pero, ojo, que mucha de esa sabiduría mundana se nos cuela por los rincones de nuestra Iglesia, aunque digamos que lo hacemos todo en nombre del Evangelio. Sería un disparate pensar que entre la mano derecha y la mano izquierda puede haber contradicciones, sospechas, críticas, rumoreos… ¿No están las dos manos a las órdenes de la misma cabeza? ¿No han de actuar las dos al servicio del mismo obrar? ¿Qué pensaríamos de una persona que con una mano hace una cosa, por ejemplo se peina, y con la otra hace la contraria, es decir, se va despeinando? Pues así andamos nosotros a veces: con dos vidas paralelas, con dos o más caretas, guardando la imagen allá por donde vamos, aparentando una cosa y pensando la contraria….

La unidad de vida no es algo que se improvisa de un día para otro. Es una conquista de cada día, que se va logrando en las pequeñas y grandes acciones. Pero a base de purificar mucho la intención de nuestros actos y discernir con suma agudeza los movimientos del corazón. La sinceridad con uno mismo nos salva de muchas cosas, entre otras de no hacer el ridículo guardando unas apariencias que, al final, terminan por romperse. Pidamos hoy al Corazón de Jesús esa unidad y coherencia de vida, que, al final, es lo que hace más creíble el Evangelio y nuestra propia vida cristiana.

21/06/2017 – Miércoles de la 11ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Dios ama “al que da con alegría”
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 6-11

Hermanos:

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.

Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.

Como está escrito:

«Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».

El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.

Siempre seréis ricos para toda largueza, la cual, por medio de nosotros, suscitará acción de gracias a Dios.

Palabra de Dios.

Sal 111, 1-2. 3-4. 9
R. Dichoso quien teme al Señor.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad dura por siempre.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R.

EVANGELIO
Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te reconpensará

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

Corazón, corazón…

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Es difícil rezar por los que nos hacen mal. Quizá es lo último que se nos ocurre hacer por ellos. Nos sale el puntito de honra, como decía santa Teresa, y se nos ocurren miles de motivos para justificar, desde la justicia humana, nuestro malestar con ellos. Basta, a veces, una simpleza para que cambie radicalmente nuestra opinión de alguien, y juremos y perjuremos en arameo no volver a tratarle más y devolvérsela en cuanto podamos. Que una cosa es eso del perdón y de poner la otra mejilla, y otra cosa es “ir de tontos por la vida”…

Tampoco es fácil gobernar y poner orden en los movimientos del corazón. Siendo un motor fundamental en la vida y en nuestras acciones, sin embargo, nos traiciona fácilmente, y hasta nos puede cegar sutilmente. Si el corazón decide que no, ya se encarga la cabeza de revestir esa decisión de miles de excusas y motivos loables, santos y buenos, hasta que al final quedemos convencidos de lo que el tirano corazón nos ha mandado.

Hay que reconocer que no, no es fácil rezar por los enemigos. Y, sin embargo, dado que el corazón no se deja aprisionar ni ahogar, hay que educarlo de mil maneras hasta conseguir que todos sus movimientos vayan dirigidos hacia el bien mayor. Por eso, no hay mejor terapia natural para sanar esos odios y rencores del corazón que la oración por los enemigos. Porque, si bien es verdad que comenzamos rezando y pidiendo al Señor que el otro cambie, que se convierta, que se arrepienta de todos sus males y pecados, al final, esa oración lo que consigue es cambiar nuestro corazón, y donde veíamos un enemigo comenzamos a ver ya un hijo de Dios. Quizá no podemos cambiar el mal, pero sí podemos cambiar nuestro corazón para que ofrezcamos al poder del mal el contrapunto del amor. Y esto no significa que tengamos que claudicar ante la injusticia, no. Pero, cuando el corazón está sereno, y no atormentado por el rencor y el afán de venganza, entonces sí que sabemos ver el bien allí donde aparentemente solo hay mucho mal. Solo el corazón que rebosa de amor de Dios es capaz de transformar el mal, la injusticia y el pecado propio y ajeno en una ocasión de bien y de crecimiento espiritual. Porque un corazón violento solo genera más violencia.

Nuestra oración por los enemigos ha de consistir en pedirle al Señor un corazón como el suyo, capaz de tener sus mismos sentimientos. Aprovechemos este mes dedicado al Corazón de Jesús para pedirle un corazón magnánimo y recto, capaz de comprender las flaquezas y pecados propios y ajenos. En ese Corazón, en el que caben buenos y malos, encontramos la mejor medicina que sana de raíz todas las tiranías de nuestro corazón.