Hoy el Señor nos invita, como a sus Apóstoles a anunciar la cercanía de Dios a los hombres para ayudarles a acoger el Reino de Dios: “Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca”. Hoy muchos hombres y mujeres no quieren oír hablar de Dios y nos harán sentir su rechazo. Es algo con lo que ya contaba Jesús, y nos avisa para que no nos dejemos llevar del desaliento, por eso les dice – y también a nosotros -: “si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies”. A nosotros nos corresponde anunciar, proclamar que el Reino de Dios está cerca, no toca dar razón de nuestra esperanza y nada más. Sembrar y dejar que el Espíritu Santo actúe en el corazón de los hombres para que pueda dar frutos de verdadera conversión. Estando desprendidos de cómo sea acogido el mensaje o nosotros mismos. Sin juzgar a los hombres, que no nos toca a nosotros sino sólo a Dios. Ya Jesús les explica a ellos y a nosotros: “os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra; que a aquel pueblo. Más bien, ante estas palabras debemos movernos rezar más por ellos y saber insistir oportunamente.

Hablar de Dios a los hombres para acercarlos a El. Predicar a tiempo y a destiempo (cfr. 2 Tim 4,2) “¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? – se preguntaba San Agustín – A tiempo, a los que quieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo a decir: “Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero.” Y, en definitiva, no lo quiere tampoco aquel a quien yo temo. – Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores (Sermón 46,14 – 15). Debemos tener la audacia de los primeros cristianos. No lo tuvieron más fácil que nosotros, sin embargo fueron capaces de transformar su mundo pagano. Supieron hablar de Cristo a sus amigos, familiares, compañeros en los diferentes trabajos, a los compañeros de viaje,… S. Juan Pablo II nos recordaba cómo podemos hacer esto hablando el lenguaje de nuestros contemporáneos: “cada uno de vosotros tiene la capacidad de dirigirse a los que están a su alrededor con conocimiento de sus modos de ser y entender, llevándoles la Palabra de Dios de forma adecuada a las distintas situaciones de la vida concreta, colaborando de modo insustituible en realizar la única misión de la Iglesia. Con lengua maternal, la madre enseña a sus hijos las primeras oraciones de la infancia. Con el lenguaje de la amistad el amigo explica al amigo la necesidad de fomentar su vida cristiana. Con la lengua del compañerismo, los que trabajan juntos se animan mutuamente a santificar su tarea. El apostolado individual, que realiza cada uno haciendo fructificar los propios carismas, se convierte así en ‘el principio y la condición de todo apostolado seglar’”. (Santa Cruz (Bolivia), 13 – V – 1988).

Así seremos capaces de transformar nuestro mundo desde dentro. “¡Vivid a Cristo y ‘contagiaréis’ también al mundo! El hombre de hoy, sobre todo el joven, busca la verdad que da la libertad y futuro. Se os necesita; son necesarios jóvenes que sepan presentar al mundo de manera verdadera, convencida y encarnada el mensaje de Cristo: jóvenes que sepan, con sinceridad y constancia, ofrecer la realidad que les ha alcanzado y comprometido, que les supera y les estimula a sembrar en los surcos de la historia de cada día semillas de infinito” (San Juan Pablo II Brescia, Italia).

Pidamos a nuestra Madre, Reina de los Apóstoles la fe y la audacia necesaria para seguir anunciando a su Hijo al Mundo.