Archiv para 7 agosto, 2017

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/08/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LAS TEOFANÍAS DE DIOS

E1 profeta Elías sube al monte Horeb, el monte de Dios, repitiendo el itinerario y el gesto de Moisés en el Sinaí. A Moisés le habló Dios en el Siriaí entre truenos y temblor. A Elías le habla ya no desde el viento huracanado, sino en leve susurro, a modo de la suave brisa que le hacía presente en el paraíso. Elías se cubre el rostro porque ningún hombre puede ver a Dios y seguir vivo, pero experimenta la dulce presencia del Señor.

Aguardar al Señor en el monte o en la llanura, saber esperarle con paciencia sin que el ánimo decaiga, tener fe en el Señor que va a pasar y se nos va a hacer cercano y presente es importante para vivir en cristiano.

El Señor quiere que sepamos embarcamos en la vida, que avancemos hacia la otra orilla, que lo precedamos, que sepamos aguantar las tormentas del desconcierto, los vaivenes de la tentación, el naufragio de la fe, las olas de la desconfianza. Porque no estamos solos. Porque viene a nuestro encuentro.

La narración materna del evangelio de este domingo tiene el transfondo de las apariciones pascuales; “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. La ayuda misericordiosa y la presencia de Cristo resucitado son indispensables para salvar a la Iglesia, siempre que viva un momento o circunstancia de crisis. La mano que extiende Jesús a Pedro no sólo es su salvación, sino la nuestra.

El camino del creyente puede ser muchas veces un camino inestable, camino sobre el mar del mal. ¡Cuántas veces nos hundimos! El miedo es compañero de viaje, porque dudamos, porque tenemos poca fe.

A Dios le encontramos y le conocemos en la calma, en la tranquilidad, en la paz, en la dulce simplicidad.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Reyes 19, 9a. 11-13a Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pablo a los Romanos 9, 1-5 san Mateo 14, 22-33

 

de la Palabra a la Vida

El pasaje de Elías de la primera lectura, siempre sugerente, siempre reconfortante, nos introduce en una pregunta misteriosa: ¿es que Dios puede hacerse presente en una suave brisa? El evangelio responde a esa pregunta: Claro, igual que puede hacerse presente en medio de la fuerza del oleaje, de la inestabilidad del mar. Tanto en la brisa como en las olas, el corazón creyente está capacitado para aceptar: “realmente, eres el Hijo de Dios”. Sí, no es solamente que Dios pase por nuestra vida, es que lo hace para cuidarnos, en la brisa y en La tempestad. Nosotros vivimos acostumbrados a una búsqueda de Dios generosa y valiente, pero calculada: “Si eres Tú, mándame ir a tí…”. Pero el cristiano tiene que descubrir que su fuerza no es suya, que es del Señor. Por eso, la Iglesia nos hace repetir con el Salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, porque es tu misericordia, tu consuelo, tu presencia constante la que nos tiene que introducir en una forma diferente de vivir la vida: la vida es el marco oportuno y adecuado para que se haga presente el misterio de la cercanía y la presencia de Dios. No es que en la vida sucedan cosas, es que la vida es para que sucedan cosas. Y estas no son elegidas por nosotros, no son calculadas en función de nuestro atrevimiento o de nuestra timidez, sino que forman parte de una voluntad misteriosa de Dios que estamos llamados a acoger.

Las lecturas de hoy, por tanto, nos invitan a entrar en el misterio de la voluntad de Dios sin plazos, sin prisas, sin nuestros prejuicios o medidas, sino confiados en la misericordia de Dios: Pedro, que aprendió a echar las redes fiado no en su cálculo sino en la palabra del Señor, tiene que seguir avanzando por ese camino de amor fecundo de Cristo, basado en la confianza en el que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Sí, reconocer que Cristo es todopoderoso, que el poder último no está en las fuerzas de la naturaleza sino en la fuerza de Cristo, que no vivimos a merced de los elementos sino bajo el manto misericordioso de Dios, es consolador. Y es un estilo de vida propio. Dios puede mostrarse en la brisa o en el oleaje, pero en cualquiera de esas circunstancias, “salud o enfermedad, honor o deshonor”, su presencia nos agarra del brazo para que no nos hundamos sino que experimentemos su cuidado. Esta forma de pasar que tiene el Señor, estos cuidados suyos, se aprenden desde la experiencia de la liturgia. En ella Cristo se acerca a nosotros en el silencio y en la discreción de humildes gestos, pero también en lo solemne y grandioso. No solamente lo hace de una forma, sino de una y de la contraria, para que no pensemos que lo dominamos, que ya sabemos por dónde va a venir, para que no lo tratemos de forma calculadora, sino creyente. Esto es una actitud propia de Jesucristo: es león y es cordero, es rey y es siervo. Y es así para que no olvidemos que, de suyo propio, Él está fuera de nuestro alcance. Pero se acerca, en la brisa y la tempestad, y sólo espera una fe dispuesta a recibir al Señor como venga, como hace Elías, que espera en la tempestad y espera en la brisa.

¿Quiénes somos nosotros, acaso, para decirle a Dios cómo y cuándo? Marcarle el camino es, como en el caso de Pedro, dudar: “¿Por qué has dudado?” tantas veces en la celebración de la Iglesia participamos creyendo saber ya de antemano lo que Dios nos tiene que decir y de qué manera tiene que aparecer, bajo qué signo, con qué palabras… Un corazón valiente es el que espera siempre, y no le marca un camino a Dios, sino que lo espera en su venida. Pedro es cabeza de la Iglesia también en su impulsividad generosa, decidida, necesitada de aprender. La liturgia nos dice: no busques a Cristo donde lo quieres, deja que su misericordia te enseñe dónde es donde más lo necesitas encontrar. Ten la paciencia suficiente para no perderlo con tu cálculo… Y el Señor te dará su misterioso conocimiento, su perfecta comunión.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la Asunción de la Virgen María

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro.
Porque hoy ha sido elevada a los cielos la Virgen, Madre de Dios;
ella es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada;
ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino.
Con razón no quisiste, Señor,
que conociera la corrupción del sepulcro
la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida, tu Hijo
encarnado.
Por eso, unidos a los coros angélicos,
te alabamos proclamando llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo..

 

Para la Semana

Lunes 14:
Deuteronomio 10,12 22. Circuncidad vuestro corazón, Amarás al emigrante, porque emigrantes fuisteis.

Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Mateo 17,22 27. Lo matarán, pero resucitará. Los hijos están exentos de impuestos.
Martes 15:
Asunción de la bienaventurada Virgen María. Solemnidad.

Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab. Una mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies.

Sal 44. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

1Co 15,20-27a. Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo.

Lc 1,39-56. El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes.
Miércoles 16:
Dt 34,1-12. Allí murió Moisés como había dispuesto el Señor, y no surgió otro profeta como él.

Sal 65. Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida.

Mt 18,15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Jueves 17:
Josué 3,7 10a.11.13 17. El Arca de la Alianza del Dueño va a pasar el Jordán delante de vosotros.

Sal 113. Aleluya

Mateo 18,21 19,1. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Viernes 18:
Josué 24,1 13. Yo tomé a vuestro padre del otro lado del río; os saqué de Egipto, os llevé a la tierra.

Sal 135. Porque es eterna su misericordia

Mateo 19,3 12. Por la dureza de corazón permitió Moisés
repudiar a las mujeres; pero, al principio, no
era así.
Sábado 19:
Josué 24,14 29. Elegid hoy a quien queréis servir.

Sal 15. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Mateo 19,13 15. No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.


La compasión del Corazón de Jesús

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio de hoy nos recuerda la verdadera humanidad de Jesús. Él es Dios encarnado. En todo es semejante a nosotros excepto en el pecado. Se entera de la muerte de Juan Bautista, el precursor; el que se había llamado a sí mismo “amigo del esposo”. Jesús se retira a solas, a un lugar desierto. Fijémonos en las dos indicaciones (quiere ir solo y a un lugar en el que no hay nadie). Es una forma e indicar el dolor de Jesús por la muerte del Bautista. Nos habla de su profunda humanidad y de cómo le afecta todo lo que tiene que ver con el dolor humano.

Inmediatamente se nos vuelve a señalar la humanidad de Jesús. Porque la multitud lo sigue. Y entonces se nos habla de la compasión de Jesús. Cristo ha venido y está para curar a los enfermos, para traernos la salvación. Su corazón se conmueve continuamente ante el sufrimiento humano. Su amor no deja de desbordarse sobre los que tienen necesidad de ayuda. Y, en lo que sigue, Jesús nos llama a imitar su misericordia.

Encontramos a los apóstoles que le piden que despida a la multitud. Se ha hecho tarde. Los discípulos sienten cierta compasión hacia aquella gente y parece que su intención es buena: “que se vayan para que puedan comprar comida”. Quizás muchas veces a nosotros nos sucede lo mismo. Nos encontramos ante una situación difícil y pedimos a Dios que la soluciones; que nos quiete ese problema de delante. Pero el Señor nos enseña una mirada más profunda. Nos dice que tenemos que ir hasta el final en nuestra misericordia, que no es suficiente con pedir por los que sufren sino que hay que entregarse por ellos. De ahí las palabras de Jesús: “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”.

Viene después el milagro tan conocido de la multiplicación de los panes y los peces. Ese milagro también hace referencia al misterio de la Eucaristía. Para nosotros contiene una importante enseñanza: todo hemos de verlo desde la perspectiva de la Eucaristía. En el sacramento de la Eucaristía está presente el mismo Jesús. Él es el verdadero alimento para nosotros y también la fuente de la fuerza (el amor) para ayudar a los demás. Desde la Eucaristía entendemos una nueva manera de afrontar los problemas. No se trata de que desaparezcan, sino de que se manifieste en todos los momentos de dolor el misterio del amor de Dios.

Desde la pequeñez (cinco panes y dos peces) y desde la impotencia, Jesús nos enseña a mirar el cielo y a dar gracias. Hemos de ponernos en sus manos y recostarnos en su corazón. Él multiplica nuestra capacidad de amar, que se manifestará también en descubrir maneras de ayudar a otros.

Con sencillez descubrimos muchas cosas en el bello evangelio de hoy que nos descubre el dinamismo del amor del Corazón de Jesús. Lo primero es a no encerrarnos en nuestra dolor. De alguna manera Jesús suspende el duelo por su amigo Juan ante la multitud cansada, enferma y hambrienta. Después nos enseña a amar y también nos dice: enseña a otros a querer; implica a más gente en tu servicio a favor de los pobres. De esa manera, mediante la práctica de la misericordia, arranca nuestro corazón del aislamiento y la autocompasión y lo abre a la maravilla del amor de Dios. El Señor, continuamente, nos invita a ser partícipes de su misericordia.

Miguel de la Mora de la Mora, sacerdote y mártir (1878-1927)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Sixto II, papa, y compañeros, mártires; Cayetano, presbítero; Justino, Veriano, Pedro, Julián, Fausto, Carpóforo, Exanto, Casio, Severo, Segundo, Licinio, mártires; Miguel de la Mora, sacerdote y mártir; Esteban abad y compañeros mártires de Cárdena; Celso, Alberto, Claudia, Conrado, confesores; Victricio, Donato, Donaciano, obispos; Domecio, monje; Alberto, carmelita.

Cayetano, presbítero y fundador (1480-1547)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Sixto II, papa, y compañeros, mártires; Cayetano, presbítero; Justino, Veriano, Pedro, Julián, Fausto, Carpóforo, Exanto, Casio, Severo, Segundo, Licinio, mártires; Miguel de la Mora, sacerdote y mártir; Esteban abad y compañeros mártires de Cárdena; Celso, Alberto, Claudia, Conrado, confesores; Victricio, Donato, Donaciano, obispos; Domecio, monje; Alberto, carmelita.

Sixto II, papa († 258)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Sixto II, papa, y compañeros, mártires; Cayetano, presbítero; Justino, Veriano, Pedro, Julián, Fausto, Carpóforo, Exanto, Casio, Severo, Segundo, Licinio, mártires; Miguel de la Mora, sacerdote y mártir; Esteban abad y compañeros mártires de Cárdena; Celso, Alberto, Claudia, Conrado, confesores; Victricio, Donato, Donaciano, obispos; Domecio, monje; Alberto, carmelita.

07/08/2017 – Lunes de la 18ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Solo no puedo cargar con este pueblo
Lectura del libro de los Números 11, 4-15

En aquellos días, dijeron los hijos de Israel:

«¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos. En cambio ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná».

(El maná se parecía a semilla de coriandro, y tenía color de bedelio; el pueblo se dispersaba para recogerlo, lo molían en la muela o lo machacaban en el almirez, lo cocían en la olla y hacían con él hogazas que sabían a pan de aceite. Por la noche caía el rocío en el campamento y, encima de él, el maná).

Moisés oyó cómo el pueblo, una familia tras otra, cada uno a la entrada de su tienda, provocando la ira del Señor; y disgustado, dijo al Señor:

«¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, sino que me haces cargar con todo este pueblo? ¿He concebido yo a todo este pueblo o lo he dado a luz, para que me digas: “Coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí con juramento a sus padres?” ¿De dónde voy a sacar carne para repartirla a todo el pueblo, que me viene llorando: “Danos de comer carne”? Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura».
Palabra de Dios.

Sal 80, 12-13. 14-15. 16-17
R. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos. R.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios. R.

Los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedarla fijada;
los alimentaría con flor de harina,
te saciaría con miel silvestre. R.

EVANGELIO
Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-36

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo en seguida:

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.

Los de la barca se postraron ante él, diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron a todos los enfermos.

Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor.