Canonización de 120 mártires chinos (1648-1930)

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Santos: Teresa del Niño Jesús, virgen; Remigio, Tomás, Celsino, obispos; Severo, Bavón, Adiosdado, confesores; Prisco, Crescente, Evagrio, Verísimo, Máxima, Julia, Aretas, Domnino, Piato, mártires; Virila, abad; Vulgisio, Bavón, ermitaños; canonización de120 mártires chinos.

Sin perjuicio de que la hagiografía particular de cada mártir se ponga en el día propio de su fiesta, conviene hacer una memoria de todos ellos hoy, a continuación de la historia de la Patrona mundial de las misiones, por la importancia que tiene su subida a los altares y el valor de ejemplaridad para la toda la Iglesia católica y, en particular, para la que está en China.

Son los primeros santos de China, el país más poblado del mundo. El 1 de octubre del 2000, el Papa Juan Pablo II canonizó a 120 mártires chinos de una ‘tacada’. Son un pequeño grupo representativo de los miles de católicos que en los últimos tres siglos han muerto por la fe en Jesucristo: desde 1648 hasta 1930. La historia de fe en el gran país asiático está jalonada –aún hoy– por la persecución.

Por primera vez, chinos son propuestos como modelos de fe y de humanidad a los cristianos de todo el mundo. De los 120 mártires, 87 son ciudadanos chinos. Con esta canonización, China supera a buena parte de los países del mundo en número de canonizaciones, pues cuenta ahora con 87 santos y la gran mayoría de ellos (83) son laicos, seglares: hombres ya maduros que trabajaban o comerciaban, jóvenes obreros con vida por delante de ambos sexos, catequistas, seminaristas, y madres que fueron martirizadas con sus propios hijos. El resto de los canonizados son misioneros provenientes de España, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos: 6 obispos, 19 sacerdotes diocesanos y religiosos, 1 religioso y 7 religiosas. En total, 33 extranjeros: seis de ellos dominicos españoles: el obispo Pedro Sans i Jordá, martirizado el 26-V-1747, y los sacerdotes Francisco Serrano, Joaquín Royo, Juan Alcober, y Francisco Díaz que fueron matados el 28-X-1748.

El nombre que encabeza la lista de los mártires chinos es Agustín Zhao Rong. Era uno de los soldados chinos encargados de custodiar al obispo de las Misiones Extranjeras de París, Juan Gabriel Taurin Dufresse, que más tarde sería condenado a muerte y ejecutado el 14-IX-1815. Se quedó conmovido por la inagotable paciencia de aquel hombre de Dios y pidió ser contado entre los neófitos. Una vez bautizado, tras haber estudiado en el seminario, fue ordenado sacerdote. Luego lo arrestaron y, tras haber sufrido crueles suplicios, murió mártir en 1815.

El martirio unió a cristianos chinos y extranjeros, a laicos y sacerdotes, a mujeres y hombres de toda edad, incluidos niños (Andrés Wang, 9 años), y adolescentes (Ana Wang, 14 años) como signo de que la fe cristiana supera los confines nacionales y raciales. Esto vale particularmente para los misioneros extranjeros asociados al martirio, que llegaron a China independientemente de las potencias occidentales coloniales. Valga citar a Francisco Fernández de Capillas, sacerdote de la Orden de Predicadores, reconocido por la Santa Sede como protomártir de China († 15-I-1648), que, tras haber sido encarcelado y torturado, fue decapitado mientras rezaba con otros los misterios dolorosos del Rosario; a la franciscana María de San Justo, francesa de Rouen, quien siempre deseó dar la vida por los chinos; o la belga María Amandina, que asistía a los enfermos con la sonrisa, ambas decapitadas en Taiyuan (Shanxi) el 9 de julio de 1900.

También presenta excepcionales rasgos heroicos el martirio del padre jesuita Leon Magin, un francés que fue destinado a la misión de Tchou-kia-ho, una aldea de unos 400 habitantes, que alcanzó el número de casi tres mil a causa de las persecuciones de los «boxers». Mangin primero fortificó la aldea pero los «boxers», tras diversos asaltos, superaron las barricadas y entraron. Esperando que el furor pasara, el misionero había reunido a las mujeres y a los niños en la iglesia. Se revistió de las vestiduras sacerdotales junto al padre Pablo Denn y permaneció junto al altar. Hacia las nueve de la mañana, los «boxers» abatieron las puertas de la iglesia, se encontraron ante la asamblea arrodillada y a los dos jesuitas junto al altar. Al no encontrar oposición, ofrecieron en primer lugar la salvación y la vida a quienes renunciaran a la fe. Solo pocas personas aceptaron la propuesta. A continuación, comenzó la matanza de sacerdotes y laicos. Antes habían rezado el Acto de contrición y recibido la absolución sacramental.

A estos mártires del 1900 les habían precedido ya los catequistas laicos chinos: Pedro Wu, proveniente de familia pagana, que resistió todas las tentativas para hacerlo apostatar y murió estrangulado el 7-XI-1814; José Zhang-Dapeng, comerciante, que murió también estrangulado el 12-III-1815; Pedro Liu y Joaquín Ho, quienes arrestados, deportados por veinte años en Tartaria, y martirizados por estrangulamiento el 17-V-1834 y el 9-VII-1838, respectivamente, cuando regresaron a su patria por rehusar apostatar de la fe que habían sembrado en tantos compatriotas; y los tres mártires de MaoKou del 28-I-1858, igualmente catequistas: Jerónimo Lu Tingmei, Lorenzo Wang Bing, y Águeda Lin Zao, muertos decapitados; y los también catequistas chinos, llamados mártires de Guizhou: Martín Wu Xuesheng, Juan Zhang Tianshen, Juan Chen Xianheng y Lucía Yi Zhenmei, el 18-II-1862.

Los sacerdotes habían ido por delante derramando la sangre. Dos de ellos fueron sacerdotes diocesanos chinos: José Yuan, muerto mártir por estrangulamiento el 24-VI-1817, y Tadeo Liu, el 30-XI-1823. Otros sacerdotes fueron el franciscano Giovanni da Triora, martirizado el 7-II-1816; el religioso Francisco Regis Clet, de la Congregación de la Misión, muerto por estrangulamiento el 17-II-1820; y dos de la Misión Extranjera de París: Augusto Chapdelaine, que murió enjaulado en el mes de febrero del 1856, y Juan Pedro Néel, el 18-II-1862.

Por esta misma época anterior a la intervención de los Bóxers hubo mártires que se preparaban al sacerdocio como los seminaristas José Zhang Wenlan y Pablo Chen Changpin, que dieron la vida por Jesucristo el 29-VII-1861; y los laicos o seglares Lorenzo Bai Xiaoman, obrero, decapitado el 25-II-1856, y Juan Bautista Luo Tingyin, el 26-VII-1861; sin faltar las valientes y generosas mujeres cristianas como la viuda Inés Cao Guiyin, nacida ya de padres cristianos, que fue condenada a la jaula y muerta el 1-III-1856, y la cocinera Marta Wang-Luo Mande, que dio testimonio de la fe con su vida el 29-VII-1861.

Como cabía esperar, en China continental se dio, con motivo de elevar a los altares a estos ciudadanos chinos, una amplia operación de confusión y de propaganda: todos los órganos oficiales y representantes de la misma Asociación Católica Patriótica, una especie de Iglesia controlada por el Partido Comunista y que pretende el control sobre los católicos, incluido el nombramiento de los obispos, lanzaron una campaña con insultos inusitados contra la Santa Sede y contra los 120 mártires muertos en China. Portavoces oficiales –el «Diario del Pueblo de Pekín»– llegaron a acusarlos de ‘crímenes gravísimos’. Según el órgano comunista, traicionaron a la patria, porque para el régimen, la revolución de los Boxers de 1898-1900 –movimiento patriótico contra el imperialismo, que según abundantes historiadores tenía tintes de xenofobia, y en la que fueron asesinados unos 30.000 católicos–, fue «una lucha contra la religión extranjera y el invasor».

Virulentas acusaciones quisieron ver en la canonización un motivo político por coincidir el 1 de octubre –fiesta de Teresa de Lisieux, Patrona universal de las Misiones, y mes misionero– con la Fiesta nacional de la China Popular que celebra la llegada del comunismo. Así se acusaba a la Santa Sede de provocación e insulto al pueblo chino, al que se quiere herir en su dignidad.

La verdad es que estos hombres y mujeres murieron solo por motivos religiosos. La canonización siempre exalta a los que supieron vivir el propio compromiso de fe con coherencia hasta dar la propia vida; en cualquier circunstancia, hace que brille, ante la Iglesia y ante las personas de buena voluntad, la luz de su fe en Cristo, salvador de todos los hombres. La del día 1 de octubre del año jubilar 2000 es una invitación a releer y revisar la historia de la Iglesia y de China con la mayor objetividad, teniendo en cuenta que el amor y la dimensión religiosa forman parte de la persona humana y no son sobreestructuras o máscaras políticas. La canonización no pretende emitir un juicio sobre una determinada coyuntura histórica (colonización); sí proclama las virtudes vividas en grado heroico de las personas a las que se rinde homenaje. Con ella ofrece el Papa el máximo reconocimiento que se puede tributar al catolicismo en ese inmenso país, tan marcado por la sangre.

La familia franciscana goza con sus mártires de Shanxi, muertos el 9 de julio del 1900: los obispos Gregorio Gras y Francisco Fogolla, los sacerdotes Elías Facchini y Teodorico Balat y el hermano Andrés Bauer. El día 7 de julio del mismo año agrupa a los mártires de Hunan Meridional encabezados por su obispo Antonio Fantosati y el sacerdote José María Gambaro (el sacerdote Fraile Menor Cesidio Giamantonio había sido martirizado unos días antes, justo el día 4): once mártires seglares entre los que se encuentran los cinco seminaristas Juan Zhang Huan, Patricio Dong Bodi, Juan Wang Rui, Felipe Zhang Zhihe y Juan Zang Jingguang; el catequista Simón Qin Cunfu, el sirviente Tomás Shen Jihe, el agricultor Francisco Zhang Rong, el obrero Pedro Zhang Banniu, Pedro Wu Anbang y hasta un neófito: Matías Feng De. Entre las franciscanas Misioneras de María fueron martirizadas María Ermellina de Jesús (Irma Grivot), María de la Paz (María Anna Giuliani), María Clara (Clelia Nanetti), María de Santa Natalia (Ana Moreau), María Adolfina (Ana Dierk) y María Amandina (Paula Jeuris). A ellas se añaden algunos cristianos chinos como el agricultor Santiago Yan Goudong, el sirviente Santiago Zhao Quanxin y Pietro Wang Eerman que era cocinero.

Los jesuitas añaden a los anteriormente mencionados los sacerdotes mártires Remigio Isoré –nacido en Bambecque (Francia) en 1852– y Modesto Andlauer –oriundo de Rosheim (Alsacia), donde había nacido el 22 de mayo de 1847–; ambos murieron martirizados en Ou-Y el 19 de junio de 1900. La Santa Sede había confiado a los jesuitas el Vicariato Apostólico de Sien-Hsien donde la revolución de los boxers hizo no menos de 5.000 mártires. Se tiene constancia de nombre e identidad de 3.069, y de ellos procede el mayor número de los canonizados el 1 de octubre del 2000: 52 seglares chinos cuyos nombres y edades pongo a continuación: María Zhu, de 50 años; Pedro Zhu Rixin, de 19 años; Juan Bautista Zhu Wurui, de 17 años; María Fu Guilin, de 37 años; Bárbara Cui Lian, de 51 años; José Ma Taishun, de 60 años; Lucía Wang Cheng, de 18 años; María Fan Kun, de 16 años; María Chi Yu, de 15 años; María Zheng Xu, de 11 años; María Du Zhao, de 51 años; Magdalena Du Fengju, de 19 años; María Du Tian, de 42 años; Pablo Wu Anju, de 62 años; Juan Bautista Wu Mantang, de 17 años; Pablo Wu Wanshu, de 16 años; Ramón Li Quanzhen, de 59 años; Pedro Li Quanhui, de 63 años; Pedro Zhao Minhzhen, de 61 años; Juan Bautista Zhao Mingxi, de 56 años; Teresa Chen Tinjieh, de 25 años; Rosa Chen Aijieh, de 22 años; Pedro Wang Zoulong, de 58 años; María Gou Li, de 65 años; Juan Wu Wenyin, de 50 años; Zhang Huailu, de 57 años; Marcos Ki-Tien-Siang, de 66 años; Ana An Xin, de 72 años; María An Guo, de 64 años; Ana An Jiao, de 26 años; María An Linghua, de 29 años; Pablo Liu Jinde, de 79 años; José Wang Kuixin, de 25 años; Teresa Zhang He, de 36 años; Lang Yang, de 29 años; Pablo Lang Fu, de 9 años; Isabel Qin Bian, de 54 años; Simón Qin Confu, de 14 años; Pedro Liu Zeyu, de 57 años; Ana Wang, de 14 años; José Wang Yumei, de 68 años; Lucía Wang Wang, de 31 años; Andrés Wang Tianquin, de 9 años; María Wang Li, de 49 años; Chi Zhuze, de 18 años; María Zhao Gou, de 60 años; Rosa Zhao, de 22 años; María Zhao, de 17 años; José Yuan Gengyin, de 47 años, Pablo Ge Tingzhu, de 61 años, y Rosa Fan Hui, de 45 años.

Además de los mártires mencionados hasta ahora, también murieron a manos de los boxers el sacerdote del Instituto Pontificio de las Misiones Exteriores de Milán Alberico Crescitelli († 21-julio-1900), y, años después, los miembros de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco Luis Versiglia –obispo– y Calixto Caravario –sacerdote–, martirizados el 25 de febrero de 1930, en Li-Thau-Tseul.

Agustín Tchao y sus compañeros mártires de tez pálida y ojillos rasgados se hacen modélicos paradigmas de la finura y delicadeza oriental hecha fortaleza hasta la muerte. En los momentos actuales en que los católicos son perseguidos brutalmente aún por su fidelidad a Roma, y obligados a vivir en la clandestinidad, Juan Pablo II les ofrece el ejemplo de otros hombres y mujeres, en su mayoría laicos, que fueron capaces de dar la vida por amor a Cristo. Y eso es optar por la esperanza.

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