Archiv para 11 octubre, 2017

Participar en el coloquio de Dios

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Son muchas las personas que manifiestan su dificultad para rezar. Es una historia antigua que, como vemos hoy, se remonta hasta los tiempos de Cristo. Los apóstoles le piden al Señor que les enseñe a orar. Es una petición valiente que, de por sí, ya es una oración. Rezar es hablar con Dios. Pero, ¿cómo hablar con Quien nos trasciende totalmente? Sólo el mismo Dios podía enseñarnos a hacerlo.

Ya en el Antiguo Testamento Dios había revelado el libro de los salmos. Son oraciones con las que rezaba el pueblo judío y que estuvieron en labios de Jesús. Al encarnarse Jesús nos enseña algo nuevo: llamar Padre a Dios. Si lo pensamos es tremendo.

En el Misal la invitación tradicional al Padrenuestro, dentro de las distintas fórmulas posibles, dice: “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”. Fijémonos en esas palabras. Por una parte decimos “nos atrevemos”. ¿Cómo llamar Padre a Dios si el mismo Dios no nos autoriza a hacerlo? Aún así, cuando esa palabra sale de nuestra boca y es dicha verdaderamente en nuestro corazón, sentimos que hay algo de osadía en ello. Pero Jesús nos ha dicho que debemos orar de esa manera. Y por eso se dice que somos fieles a lo que Él nos ha recomendado.

Por tanto, podemos decir que Jesús nos invita a introducirnos en el coloquio que mantiene con su Padre. Si lo pensamos un poco caemos en la cuenta de que eso es posible porque se nos da también la condición de hijos. Por eso cuando lo llamamos “Padre” no utilizamos un lenguaje metafórico sino verdadero. Somos hijos, por gracia, y por eso podemos hablar como lo hace cualquier hijo con su progenitor.

La Iglesia venera esta oración que nace del mismo corazón de Jesús y que nos han transmitido los apóstoles. San Agustín, y otros padres de la Iglesia, recuerdan que cualquier oración verdadera ya está contenida en el Padrenuestro. Por otra parte, nos damos cuenta de que la petición que aquel día realizaron los apóstoles mantiene su total actualidad. Ellos cayeron en la cuenta de que para hablar a Dios necesitaban de Cristo. Hoy sigue siendo igual. Por ello, toda oración al Padre, como enseña san Pablo, la hacemos a través de su Hijo Jesús.

No debemos preocuparnos por las muchas palabras, ni por hacer frases muy acabadas o bonitas. Lo que Dios mira es la pureza de nuestro corazón. Además, basta meditar un poco sobre la oración dominical para darnos cuenta de que en ella se nos abre directamente el acceso a Dios. Nos recibe directamente: como un padre a sus hijos. Es así porque somos hijos en el Hijo.

Que la Virgen María que enseñó a hablar a Jesús como hombre nos ayude a aprender de Él a hablar con Dios con la confianza de hijos.

Soledad Torres Acosta, virgen y fundadora (1826-1887)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santa Madre de Dios de Begoña. Santos: María Soledad Torres Acosta, fundadora de las Siervas de María; Sisinio, arzobispo; Nicasio, Germán, Eupilo, Nectario, Agilberto, Fermín, obispos; Quirino, Anastasio, presbíteros; Escubículo, Plácido, Ginés, Táraco, Probo, Andrónico, Sármatas, Zenaida, Filonila, Ampodio, Fausto, Enero, Marcial, Marcelo, Joviniano, mártires; Piencia, virgen y mártir; Emiliano, Gumaro, confesores; Plácida, virgen; Venancio, Canico, abades; Miguel, monje.

11/10/2017 – Miércoles de la 27ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Tú te compadeces del ricino, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad?
Lectura de la profecía de Jonás 4, 1-11

Jonás se disgustó y se indigno profundamente. Y rezó al Señor en estos términos:

«No lo decía yo, Señor, cuando estaba en mi tierra? Por eso intenté escapar a Tarsis, pues bien sé que eres un Dios bondadoso, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal. Así que, Señor, toma mi vida, pues vale más morir que vivir».

Dios le contesto:

«¿Por qué tienes ese disgusto tan grande?».

Salió Jonás de la ciudad, y se instaló al oriente. Armó una choza y se quedó allí, a la sombra, hasta ver que pasaba con la ciudad.

Dios hizo que una planta de ricino surgiera por encima de Jonás, para darle sombra a su cabeza y librarlo de su disgusto. Jonás se alegró y se animó mucho con el ricino.

Pero Dios hizo que, al día siguiente, al rayar el alba, un gusano, atacase al ricino, que se secó.

Cuando salió el sol, hizo Dios que soplase un recio viento solano; el sol pegaba en la cabeza de Jonás, que desfallecía y se deseaba la muerte:

«Más vale morir que vivir», decía.

Dios dijo entonces a Jonás:

«¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino?».

Él contestó:

«Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte».

Dios repuso:

«Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?».

Palabra de Dios.

Sal 85, 3-4. 5-6. 9-10
R. Tú, Señor, eres lento a la cólera y rico en piedad.

Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». R.

Aleluya Rom 8, 15bc
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». R

EVANGELIO
Señor, enséñanos a orar
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-4

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo:

«Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en la tentación”».

Palabra del Señor.

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