Domingo de la 31ª semana de Tiempo Ordinario. – 05/11/2017

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Comentario Pastoral

LAS DOS IGLESIAS

El evangelista San Mateo respira en esta perícopa evangélica la tensión que se daba entre la iglesia de la Sinagoga y la Iglesia Cristiana. Son dos conceptos de iglesia prácticamente incompatibles. El primero destaca por su tradicionalismo, sus complicaciones teológicas y sofismas religioso- jurídicos, por su imagen pública y signos externos religiosos (filacterias y franjas). Este concepto de iglesia, que tiene su clave judaica no ha desaparecido del todo ni en todos.

Pero existe una segunda Iglesia. La de aquellos que sinceramente se sienten pecadores, que necesitan convertirse, que viven la propia vida como relación con Dios Padre, que entienden la caridad como servicio y ayuda a los más necesitados, que no están obsesionados por los méritos de sus obras. A las puertas de esta Iglesia está Cristo, que nos invita constantemente a entrar
en ella.

Existen, pues, dos conceptos de Iglesia, dos perfiles de sacerdocio, dos perspectivas religiosas, dos empeños pastorales. Nunca la estructura debe ahogar el espíritu. El empeño principal es, y debe ser, anunciar la Palabra, orar y vivir la caridad fraterna.

Pero en la Iglesia de Jesucristo no estamos libres de defectos, que debemos
examinar y corregir, si es necesario.

El legalismo opresivo: La fe es ante todo alegría interior, adhesión, perdón, esperanza y paz. No se puede vivir la religión sólo como un cumplimiento de normas, leyes y preceptos.

La incoherencia. Jesús dice de los letrados y fariseos que “no hacen lo que dicen”. No basta decir “Señor, Señor”, para entrar en el reino de los cielos, no basta llenar la boca de textos oracionales aprendidos de memoria.

El exhibicionismo religioso. No hay que tomar la religión para escalar puestos, para acumular privilegios, para conquistar prestigios si hace al caso y el momento.

El autoritarismo. La eterna tentación de la autoridad es olvidar su papel de mediación y de ayuda y de convertirse en fin y en tiranía.

Andrés Pardo

 


 

Palabra de Dios:

Malaquias 1, 14-2, 2b. 8-10 Sal 130, 1-3
san Pablo a los Tesalonicenses 2, 7b-9. 13 san Mateo 23, 1-12

 

de la Palabra a la Vida

La coherencia de aquel que hace en su vida aquello que predica hace que uno se gane entre los que contemplan esa unidad un profundo respeto. Cualquiera de nosotros podemos encontrar ejemplos de esto y de lo contrario a nuestro alrededor. Dios manifiesta hoy, en la liturgia de la Palabra, una verdadera paternidad entre los hombres precisamente porque es y actúa tal y como se revela en su ser. Por el contrario, no sucede así con los sacerdotes y maestros de la Ley, cuyas palabras no van acompañadas, ni mucho menos, por sus obras. Por eso no pueden ser reconocidos como auténticos “padres” ni ser nombrados “maestros”.

Solamente en Dios se encuentra esa coherencia de la que hace partícipes a los hombres a partir de la humanidad de Cristo. Así, mientras que la coherencia de vida produce paz, y nos lleva a desear hasta tal punto que se dé en nuestra vida que pedimos a Dios en el salmo: “guarda mi alma en la paz”, la incoherencia de los personajes hipócritas del evangelio produce desprecio, tristeza y se convierte en piedra de tropiezo para los que buscan cumplir la Ley de Dios, la Ley entera.

¿A quién podremos, entonces, dar gloria, reconocer su coherencia entre ser y hacer? La gloria sólo se le puede dar a Dios, que no abusa del prójimo, que no quiere engañar, que no oculta su infidelidad entre palabras y normas, sino que se hace hombre y se entrega por amor a nosotros, enseñándonos, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus pasos, que dice el Nuevo Testamento.

¿Podremos nosotros alcanzar semejante perfección y coherencia? ¿cómo podremos ponerla en práctica? Nadie duda de nuestra buena intención cada día, de nuestro deseo de hacer según el Señor nos ha enseñado constantemente, pero esa perfección sólo está al alcance de Dios y sólo podemos recibirla de Él.

La liturgia de la Iglesia es un ámbito privilegiado en el que se advierte la coherencia y el poder de Dios: si nos fijamos bien en nuestros celebraciones, si ponemos atención en las cosas que se dicen de Dios, en los verbos que acompañan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, descubriremos que en ella Dios hace siempre aquello que decimos de Él. Entrando en comunión con Dios, por tanto, también nosotros recibiremos la fuerza de Dios para poder vivir esa coherencia: es necesario un corazón que no sea ambicioso ni altanero, que no busque elevarse por sí mismo sino que se deje elevar por el Señor, para descubrir su misteriosa capacidad.

¿Dónde experimento más dolorosamente la incoherencia en mí? ¿Busco en la humildad de mi vida ser fortalecido por el Señor y así ir ganando terreno a la tentación de vivir de la apariencia? La liturgia de la Palabra nos pone, además, sobre un ámbito en el que se manifiesta nuestra verdadera intención: si no busco despojar al prójimo de lo suyo, cargarle con lo mío, ocupar el sitio que es sólo de Dios, avanzo por buen camino. Si caigo en esa tentación, entro en el grupo de escribas y fariseos que Jesús critica.

Busquemos siempre esa coherencia que la Palabra de Dios hoy ensalza, coherencia por la cual es fácil reconocer en la vida a un verdadero “padre” que nos haga cercano a Dios, que nos haga desear vivir y ofrecer la paz del corazón generoso y humilde.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio para la solemnidad de Ntra. Sra. de la Almudena


En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar,
y proclamar tu grandeza en esta fiesta de la bienaventurada Virgen María.
Ella es Reina clemente que,
habiendo experimentado tu misericordia de un modo únido y privilegiado,
acoge a todos los que en ella se refugian, y los escucha cuando la invocan.
Ella es la Madre de la misericordia, atenta siempre a los ruegos de sus hijos,
para impetrar indulgencia, y obtenerles el perdón de los pecados.
Ella es la dispensadora del amor divino,
la que ruega incesantemente a tu Hijo por nosotros
para que su gracia enriquezca nuestra pobreza
y su poder fortalezca nuestra debilidad.
Por Él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente, gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces, cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 6:
Santos Pedro Poveda Castroverde e Inocencio de la Inmaculada Canoura Arnau, presbíteros, y compañeros, mártires. Memoria.

Romanos 11,29 -36. Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Sal 68. Señor, que me escuche tu gran bondad.

Lucas 14,12-14. No invites a tus amigos, sino a pobres y lisiados.

Martes 7
Romanos 12,5-16a. Existimos en relación con los otros miembros.

Sal 130. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Lucas 14,15-24. Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa.
Miércoles 8:
Dedicación de la basílica de Letrán. Fiesta (trasladada).

Ezequiel 47,1-2.8-9.12. Vi agua que manaba del templo, y habrá vida allá donde llegue el torrente.

o bien:
1Cor 3,9b-11.16-17. Sois templo de Dios.

Sal 45. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Juan 2,13-22. Hablaba del templo de su cuerpo.
Jueves 9:
Ntra. Sra. de la Almudena. Solemnidad.

Zacarías 2,14-17. Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

Jdt 13,18-19. Tú eres el orgullo de nuestra raza.

Apocalipsis 21,3-5a. Vi la nueva Jerusalén, adornada como una novia se adorna para su esposo.

Juan 19,25-27. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.
Viernes 10:
San León Magno, papa y doctor de la Iglesia. Memoria

Romanos 15,14-21. Ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, para que la ofrenda de los gentiles sea agradable.

Sal 97. El Señor revela a las naciones su salvación.

Lucas 16,1-8. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Sábado 1:
San Martín de Tours, obispo. Memoria.

Romanos 16,3 9.16.22-27. Saludaos unos a otros con el beso ritual.

Sal 144. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Lucas l6,9-15. Si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera


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