Archiv para 21 noviembre, 2017

Otro que tampoco ve…

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jesús sigue pasando. Ayer iba camino de Jericó y hoy por fin entra en la ciudad. Va atravesando aquella población…

Si ayer el ciego de nacimiento, al que se encontró de camino, no podía ver a Jesús, por su ceguera, hoy Lucas nos presenta a otro hombre que tampoco puede ver al Señor. Este, Zaqueo, propiamente no es ciego pero tampoco puede ver a Jesús. No le puede ver porque tiene impedimentos. Impedimentos propios e impedimentos ajenos. Es bajo de estatura y la gente le tapa y, por tanto, no puede distinguir a Jesús que pasa.

¿Qué cosas en mi vida me impiden ver a Jesús? Quizás sea algo mío que me hace estar más pendiente de mí mismo; quizás sean cosas externas, bienes, relaciones, amistades, cosas, etc.

Como el ciego del camino, también Zaqueo quiere ver a Jesús. Quiere verle y se pone manos a la obra. No es un querer el de este jefe de publicanos irreal, hipotético… quiere y pone los medios para ello: se sube a una higuera que estaba en el camino por donde iba a pasar Jesús.

No sólo lo vio sino que además fue visto. En nuestra vida cristiana es más importante saber que Dios me mira que mirarle a Él. Así podemos, entonces, definir la fe: como un cruce de miradas, la de Jesús y la de Zaqueo; la de Jesús y la mía.

Vemos en el Evangelio que a Zaqueo no le importa el qué dirán, y allí tenemos a todo un jefe de publicanos, a una persona con cierto estatus social, subido a una higuera… Es posible que el motivo de su deseo de ver a Jesús  sea sólo por curiosidad pero algo le dice que va a suceder… ¡Y sucede! Jesús se autoinvita a su casa. ¡Cómo le gusta a Jesús autoinvitarse!

Una vez más vemos que cuando Jesús entra en la vida de uno la transforma. Zaqueo descubre que en el fondo lo que le impide ver a Jesús no es su altura, que sea bajo de estatura, sino las riquezas que ha acumulado defraudando. Jesús le hace ver más: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

La salvación es esa transformación: Hoy a entrado la salvación a esta casa

Pidamos a la Virgen María que nos quite los complejos que nos impiden poner todos los medios para romper con aquello que no nos deja ver a Jesús y que con confianza y fidelidad dejemos entrar a Jesús en nuestra casa para que su salvación nos transforme.

Columbano, abad (c. a. 543-615)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

La Presentación de Nuestra Señora. Santos: Gelasio I, papa; Alberto, obispo y mártir; Mauro, Pápolo, obispos; Alejandro, Rufo, Romeo, confesores; Basilio, Auxilio, Saturnino, Celso, Clemente, Honorio, Demetrio, Heliodoro, Eutiquio, Esteban, Honorio, mártires; Digain, rey; Columbano, monje.

La Presentación de Nuestra Señora

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

La Presentación de Nuestra Señora. Santos: Gelasio I, papa; Alberto, obispo y mártir; Mauro, Pápolo, obispos; Alejandro, Rufo, Romeo, confesores; Basilio, Auxilio, Saturnino, Celso, Clemente, Honorio, Demetrio, Heliodoro, Eutiquio, Esteban, Honorio, mártires; Digain, rey; Columbano, monje.

21/11/2017 – Martes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Legaré un noble ejemplo para que aprendan a arrostrar una muerte noble, por amor a nuestra Ley
Lectura del segundo libro de los Macabeos 6, 18-31

En aquellos días, Eleazar era uno de los principales maestros de la Ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno. Le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo.

Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida.

Quienes presidían este impío banquete, viejos amigos de Eleazar, movidos por una compasión ilegítima, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey, para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración.

Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la ley santa dada por Dios, respondió coherentemente, diciendo enseguida:

«¡Enviadme al sepulcro! No es digno de mi edad ese engaño. Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado y si miento por un poco de vida que me queda se van a extraviar con mi mal ejemplo.

Eso seria manchar e infamar mi vejez. Y, aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no me libraría de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable ley».

Dicho esto, se fue enseguida al suplicio.

Los que lo llevaban, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar, cambiaron en dureza su actitud benévola de poco antes.

Pero él, a punto de morir a causa de los golpes, dijo entre suspiros:

«Bien sabe el Señor, dueño de la ciencia santa, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y que en mi alma los sufro con gusto por temor de él».

De esta manera terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes, sino a la mayoría de la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.

Palabra de Dios.

Sal 3, 2-3. 4-5. 6-7
R. El Señor me sostiene.

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
«Ya no lo protege Dios». R.

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo. R.

Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor; sálvame, Dios mío. R.

Aleluya 1Jn 4, 10b
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Dios nos amó y nos envió a su Hijo
como víctima de propiciación por nuestros pecados. R

EVANGELIO
El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó e iba atravesando la ciudad.

En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:

«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».

Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:

«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Pero Zaqueo, de pie, y dijo al Señor:

«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».

Jesús le dijo:

«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor.

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